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Intercambio epistolar

De vez en cuando le toca a uno ser testigo de un intercambio de opiniones inusualmente inteligentes.  Eso me pasó esta semana.

Dos personas que conozco intercambiaron mensajes electrónicos breves, pero jugosos.  La primera nota la envió una profesional americana, vinculada al Banco Mundial.  En ella hizo referencia a una serie de tiempo que reporta el centro de encuestas del consumidor de la University of Michigan sobre las expectativas de incrementos de ingresos de las familias americanas.

La serie de tiempo es trimestral.  La información se ha captado desde 1980.  Los datos
capturan las expectativas de los consumidores americano respecto de su futuro próximo.  La serie muestra que históricamente el estado de ánimo de las familias americanas ha sido relativamente optimista.  Durante la década de los ochenta, esperaban que sus ingresos crecieran alrededor de 3.5% al año.  En el periodo subsecuente revisaron sus expectativas a la baja, pero no mucho.  Entre 1990 y 2007, esperaban aumentos anuales de alrededor de 2.5 %.

Estas expectativas sentaron las bases de sus decisiones de consumo. Como esperaban que sus ingresos siguieran creciendo decidieron endeudarse para adquirir casas y bienes de consumo.

Pero la crisis económica cambió sus expectativas radicalmente.  A partir de 2008, sus expectativas de ingresos se derrumbaron y tres años después no se han recuperado;  fluctúan en torno a .2 % anual.  Esperan los mismos ingresos en el futuro que tienen hoy.  En los treinta años de la serie de datos, los consumidores americanos jamás habían estado tan pesimistas.
   
La autora de la nota original comentó que las empresas (y los países) especializados en la venta de bienes y servicios a los consumidores americanos deben tomar su pesimismo en cuenta al preparar planes de negocio.  Estoy totalmente de acuerdo con ella.

La respuesta de mi amigo mexicano fue igualmente inteligente.  Aprovechó estos para apuntar que una de las principales implicaciones es que para que las empresas mexicanas tengan éxito están obligadas a ganar participación de mercado en EUA.  Esto significa que están obligadas a mejorar su productividad y competitividad.  También estoy de acuerdo con él.

La crisis económica dio al traste con las viejas fórmulas de crecimiento.  Anteriormente, uno de los principales motores de la economía global era el consumo de las familias americanas.  Para que las exportaciones crecieran bastaba engancharse del crecimiento del consumo de las familias americanas.  Para ello, era suficiente que la oferta de productos fuera razonablemente competitiva.

Pero, las condiciones actuales de la economía global son mucho más exigentes.  La crisis está causando que los consumidores americanos sean más selectivos y cautelosos a la hora de tomar de decisiones de compra.  Lo mismo está pasando en Europa y en varias otras economías afectadas por la crisis mundial.  En un entorno global de menor crecimiento y menos oportunidades de negocio nuestros competidores se están esforzando por mejorar las condiciones de su oferta de bienes y servicios.  Saben que si no son competitivos serán desplazados por otros productores con mejores condiciones de venta.

La productividad de los trabajadores mexicanos ha estado estancada durante casi tres décadas.  Por ello, la economía ha crecido a ritmos muy bajos, inferiores al crecimiento que han logrado otras economías que si están logrando hacer que crezca la productividad de sus trabajadores.  Si las empresas y sindicatos (y los políticos que representan sus intereses) se aferran a las viejas estrategias que han obstaculizado el cambio, la productividad laboral seguirá estancada y perderemos presencia y participación de mercado en la economía global.

En la situación actual no queda otra opción.  O cambiamos como estamos organizados para producir o fracasaremos en la economía global. 

El pesimismo de los consumidores americanos está bien fundamentado.  Ellos saben que las perspectivas para su economía son pobres.  Por ello, están tomando decisiones de consumo más conservadoras: están consumiendo menos; se están des-apalancando y ahorrando y se están adaptando a un estándar de vida más modesto.  Pero una cosa es que esto suceda a una familia americanas con ingresos medios de 65 mil dólares al año; otro es que esto suceda a familias mexicanas que ganan menos de la cuarta parte de esa cantidad.  Para que el optimismo de las familias americanas se restablezca sus hábitos de consumo deben cambiar; para que optimismo de las familias mexicanas pueda recuperarse, las reglas de operación de nuestra economía deben cambiar.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C..  Las opiniones en esta columna son personales.