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La ciudad de Teodoro

Juan E. Pardinas | @JEPardinas
Un buen arquitecto es un optimista del paisaje. Sus proyectos parten de la convicción que con imaginación y trabajo se puede transformar el mundo. Por eso, la arquitectura es una metáfora perfecta para comunicar la visión de cosas y tiempos que hoy no existen. Sin embargo, el ejercicio de imaginación arquitectónica no sólo es una composición de muros, ventanas, varilla y concreto, sino una capacidad de vislumbrar la interacción entre las personas y los espacios. ¿Por dónde va a entrar la luz a la hora de la comida? ¿Cómo va a interactuar el edificio con el peatón y la muchedumbre con la plaza pública? Las grandes obras de arquitectura se construyen no con ladrillos sino con una aguda intuición sobre estas posibles interacciones. ¿Cómo construir fronteras fluidas y ambiguas entre el espacio público y los territorios privados?
Teodoro González de León era una de las personas más optimistas que me ha tocado conocer. Al igual que la mayoría de los mexicanos estaba muy indignado con la mediocridad de nuestros liderazgos políticos, pero su vocación por imaginar y construir le permitía ver el destello luminoso en los bordes de la nube más negra. Su figura imponía la talla de un nadador nonagenario. Sin embargo, su energía tenía una edad más próxima a la de un niño con los desafíos de la hiperactividad. Según la nota de Reforma (17-IX-2016), Teodoro nadó y trabajó hasta el último día de su vida.
Esa intensa vitalidad tiene un reflejo sobre las pasiones contradictorias que le despertaba la Ciudad de México. En una soberbia conversación con Ricardo Cayuela (Letras Libres, enero, 2007), Teodoro pinta y repasa a la urbe de sus inspiraciones: "La ciudad de México es complejísima, sucia, corrupta, pero de una intensidad inigualable. Puedes visitar ciudades europeas bellísimas que son pequeños cementerios, o ciudades americanas llenas de jardines con calles vacías".
"Transporte público y más transporte público". Esa fue la respuesta de Teodoro cuando apenas el mes pasado le pregunté sobre la ruta para salvar a la Ciudad de México del caos megaurbano. La próxima semana tenía yo la encomienda de buscar a Teodoro para pedirle ser parte del jurado de un concurso de arquitectura. La competencia busca imaginar qué ocurriría si se liberara la obligación normativa de tener un mínimo de cajones de estacionamiento por cada negocio, oficina, casa y hasta departamento de interés social de la Ciudad de México. Mientras haya más estacionamientos habrá más incentivos para moverse en coche y menos viabilidad para financiar el transporte público. El día que se detuvo el corazón de Teodoro, la aplicación de teléfono Waze clasificó al tráfico del antiguo DF como "miserable". Nuestra capital quedó en el lugar 135 entre 186 urbes donde se midió la frustración con el congestionamiento vehicular.
¿Cuándo se jodió la ciudad de México? Le pregunta Cayuela a González de León: "A partir de no creer que México fuera a crecer con esa velocidad, ni que fuera a acumularse en la primera etapa de crecimiento esa tremenda cantidad de gente nueva que no hubo manera de controlar. Luego están las patadas de ahogado que dio el régimen de Uruchurtu, que no creyó en la demografía tampoco, que quiso congelar el crecimiento con un decreto. Y que hizo que la ciudad creciera en su frontera con el Estado de México, dispersándose, en lugar de ir encauzando con planeación y naturalidad su crecimiento del centro a la periferia y no a la inversa, como sucedió".
Antes subestimamos el crecimiento de la población de personas, hoy subestimamos la explosión demográfica de vehículos. La mejor manera de honrar la memoria de este gran mexicano es empezar a imaginar y actuar para salvar ese paisaje urbano que fue el lienzo de sus visiones. Esa densa concentración demográfica de afectos y asombros, que sin perder su intensidad vital, puede ser un lugar menos gacho y una ciudad más amable.
Publicado por Reforma
18-09-2016