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La falacia y el mutismo

El destino económico de México se juega en un debate entre una mentira y un silencio. Un anuncio de radio del Partido del Trabajo propaga la falacia de una inminente privatización de Pemex, cuando nadie ha propuesto tal cosa. Ante la difusión masiva de este engaño, el gobierno de Enrique Peña Nieto responde con un disciplinado mutismo. Quien calla otorga. Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler, decía que una mentira repetida miles veces empieza a convertirse en verdad. A pesar de su premisa falaz, la campaña del PT ha sembrado dudas y cosechado conciencias. Ante millones de mexicanos, el gobierno está perdiendo esta discusión por default.

El debate más importante para una verdadera reforma energética no se dará en el Congreso sino en la plaza pública. Setenta por ciento de los votantes en la elección del 2012 sufragaron por candidatos que se manifestaron a favor de abrir el sector energético. En la Cámara de Diputados el PAN, el PRI y el Verde controlan el 71% de las curules. En el Senado, estos tres partidos representan más de 76% de los votos. Ambos quórums forman una mayoría suficiente para modificar la Constitución. Sin embargo, el problema resulta mucho más complicado que la simple aritmética de los escaños.

El petróleo y el gas son compuestos químicos y materias primas, no son símbolos patrios. La estrategia de una reforma deberá construir una narrativa para reemplazar la noción de que los hidrocarburos son un ingrediente fundacional de la mexicanidad. En 1938, la expropiación del petróleo se convirtió en un referente de dignidad y valentía ante los arrogantes abusos de las empresas de hidrocarburos. En el 2013, la reforma energética se debe plantear como una condición necesaria para que México supere las humillaciones impuestas por la pobreza y el mediocre crecimiento económico.

Esta semana, las redes sociales se indignaron ante la crueldad de un burócrata tabasqueño en contra de un niño indefenso que vendía golosinas y cigarros. ¿Ese infante mexicano tendría algo que ganar de una eventual reforma energética? Los programas más exitosos de lucha contra la pobreza son el crecimiento económico y el gasto púbico focalizado en la población marginada. En México, ni crecemos ni gastamos bien.

Nuestro potencial de crecimiento está frenado por la falta de energía barata. Para el banco Merrill Lynch, el costo de la electricidad para empresas instaladas en México fue 86% mayor al de EU en 2012. Según esta institución financiera, en la década que va de 2003 a 2013, el costo unitario de la electricidad en México se duplicó al pasar de 0.06 a 0.12 dólares kilowatt-hora.

La semana pasada la revista The Economist publicó un anuncio de la empresa Siemens, con la foto de un obrero trabajando en una fábrica. Acompañando la imagen aparecía la leyenda: "Hecho en Estados Unidos" está en el camino de regreso. El comercial narra varios ejemplos de cómo ha renacido la industria de la manufactura en EU. Algunos de esos empleos se hubieran podido haber creado aquí si tuviéramos acceso a un abasto eficiente de energía eléctrica.

La reforma energética también nos permitirá gastar mejor. En 2012, Pemex Refinación perdió cerca de 80 mil millones de pesos. Esto significa más de 700 pesos anuales de pérdidas por cada habitante del país. Si nuestro monopolio de refinación lograra salir tablas, sin ganar ni perder un peso, se podrían duplicar los presupuestos del programa Oportunidades y del Conacyt. México gasta más en cubrir las pérdidas de Pemex Refinación que en combate a la pobreza y desarrollo de ciencia y tecnología. La evidencia me permite suponer que el niño vendedor de dulces tendría mejores condiciones de vida con una verdadera reforma energética, pero de muy poco sirve que lo diga yo. Sin tibiezas, ni eufemismos, el gobierno tiene que entrarle al debate. Mientras esto no ocurra, el contenido y el alcance de la reforma energética será definido por aquellos que defienden el status quo como el mejor de los mundos posibles.

Twitter: @jepardinas