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La Formadora de Escépticos

Hay deudas de cariño que no se pueden saldar, ni aunque la vida nos durara 100 años. Hay historias de amor que ameritan ser contadas, porque se pierde mucha luz si se quedan guardadas en el pecho. Necesito tus ojos, lector, y también tus minutos, para pagar una deuda y contar una historia. Hay maestros privados de la virtud de la vocación. Hay otros profesores esforzados que se empeñan en transmitir el conocimiento de una generación a otra. En un grupo más pequeño están los mentores que convierten su oficio en una forma de excelencia. Luego, si uno tiene muy buena estrella, se encuentra a un profesor o profesora que te cambia el destino con su magisterio. Yo soy un tipo con mucha suerte, tengo el privilegio y la infinita fortuna de haber sido alumno de Lourdes Quintanilla Obregón. Después de haber dado clases por más de 40 años en la UNAM, la doctora Quintanilla ha anunciado su jubilación. Esta semana sus alumnos de la Facultad de Ciencias Políticas le organizaron un homenaje para reconocer su oficio de tocar vidas y cambiar destinos. El auditorio estaba lleno de discípulos con un rango de edades entre los 20 y los 60 años. Desde jóvenes post-adolescentes hasta profesores decanos, todos estaban ahí para manifestar una de las versiones más nobles de la felicidad: la gratitud. Unos estudiaron con Lourdes al México del siglo XIX, otros historia universal y algunos más filosofía clásica.

El hilo conductor del pensamiento de Lourdes Quintanilla es una rebelión contra los dogmas. Como afirmó el doctor Julio Bracho, sus alumnos de todas las generaciones y todas las materias quedamos conversos al escepticismo. La sabiduría de las dudas le da el gozo del descubrimiento al proceso de aprendizaje. La profesora Quintanilla usó los salones de la UNAM como un espacio para contagiar inquietudes y autores. Hay leyendas de caballería, donde príncipes valientes ataviados de armadura se enfrentan a terribles dragones. Sin percha de acero, esta menuda heroína se enfrentó a verdades absolutas que también lanzaban fuego por la garganta. La aguda ironía siempre ha sido su arma de preferencia para domar dragones y desinflar argumentos. Cuando el marxismo era ortodoxia en las ciencias sociales, ella era una orgullosa formadora de herejes. Cuando se quemaba la efigie de Octavio Paz como si fuera un judas, ella exigía a sus alumnos leer sus ensayos y poemas. A los ateos dogmáticos les sugiere leer con asombro los textos religiosos. A los creyentes atemorizados por la existencia de Dios, les receta una dosis empírica de placeres mundanos.

Las verdades incómodas nunca han tenido tanto carisma y elegancia como cuando brotan de su boca. Su curiosidad intelectual se renueva cada vez que sale el sol. Cerca de los 70 años de vida empezó a aprender el italiano por el puro gusto de leer a Roberto Calasso e Ítalo Calvino en su lengua original. Su estilo de magisterio no es tibio, ni barco, ni condescendiente. Cuando le dije, hace más de dos décadas, que quería dedicarme al periodismo, me respondió con una cita de Borges: "Para que valga la pena leer un periódico habría que editarlo cada 8 años". Después soltó la carcajada y me pidió que leyera a Ryszard Kapuscinski. Lourdes fue una maestra muy exigente con sus alumnos, porque sus ojos no veían lo que éramos sino lo que podíamos ser. Su forma de pedagogía ha estado más basada en la conversación que en la palabra escrita. Ojalá que su retiro de las aulas sea un buen motivo para acercarla a la pluma o al tablero de la computadora. Ernst Junger, uno de sus autores favoritos sobre el que escribió el libro La mirada de un siglo, siguió publicando textos pasados los 100 años de vida. Ojalá que ese empuje vital de Junger sea una musa renovada para la insaciable curiosidad intelectual de Lourdes. Mi deuda de cariño jamás podrá ser saldada, pero al menos aquí ha quedado explícita y afectuosamente reconocida.