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La frambuesa griega

Los analfabetas disfuncionales del siglo XXI, las personas que no sabemos leer o escribir programas de cómputo, tenemos una metáfora exculpatoria: no necesito saber de mecánica para poder manejar un automóvil. El teórico de la tecnología Douglas Rushkoff no está de acuerdo con esta analogía. No saber programar códigos de cómputo equivale a viajar en el asiento trasero de un automóvil, sin mapa y con la ruta predeterminada por el conductor del vehículo. Además, el chofer del coche es sordo y las ventanas del vehículo no te permiten ver hacia afuera.

De acuerdo con Rushkoff, una de las principales amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos es la falta de suficientes redactores de software. Los misiles, los aviones no tripulados, los satélites de defensa funcionan con base en lenguaje de cómputo. El Pentágono ya tiene estrategias para fomentar el aprendizaje de escritura de software. Alguna vez asistí a una conferencia cuyo título era: "los programadores son de venus y los politólogos y economistas son de marte". En el futuro estas profesiones tendrán que convivir en un mismo planeta. Los avances en campos como medicina o biología estarán determinados por la capacidad de doctores y biólogos para leer y escribir códigos de cómputo.

En 2006, el laboratorio de computación de la Universidad de Cambridge, en Gran Bretaña, detectó un problema grave. Cada año tenían más problemas en reclutar nuevos estudiantes y aquellos que se inscribían en los cursos tenían menos experiencia y habilidades en la programación de código. La educación de cómputo se ha enfocado en enseñar a usar programas de software como procesadores de palabras u hojas de cálculo, pero no en crear y programar nuevo software. Para intentar resolver el problema, el laboratorio de Cambridge se embarcó en un proyecto empresarial: crear una computadora muy barata y fácil de programar. Así nació la Raspberry Pi.

Sin tablero, sin monitor, la computadora minimalista es una plataforma de circuitos del tamaño de una tarjeta de crédito. Se puede conectar a una televisión o al tablero de otra máquina. Funciona con Linux, un sistema abierto de cómputo, por lo cual no hay necesidad de pagar costos adicionales de licencias. Desvestida de todos estos accesorios, la computadora tiene un precio de mercado cercano a los 400 pesos. Sus creadores esperaban vender 10 mil unidades el primer año y así poder crear una base social de futuros estudiantes de programación en Gran Bretaña. Los pronósticos de mercado les fallaron por mucho. En los primeros 12 meses vendieron más de un millón de unidades.

La computadora con nombre de frambuesa y letra griega es un pequeño laboratorio de experimentación. Un ingeniero de MIT usó la R-PI como cerebro para una rodilla robótica. Un joven holandés transformó la máquina en el sistema de control de fermentación para la fabricación artesanal de cerveza. Un climatólogo, la subió a un globo aerostático para crear una estación de monitoreo del estado del tiempo. Este tablero de circuitos es una plataforma para democratizar la innovación tecnológica. El hijo adolescente de una familia puede armar o desarmar la máquina sin poner en riesgo el hardware de la casa.

La SEP acaba de anunciar la compra de 240 mil laptops para igual número de niños de quinto y sexto de primaria. La herramienta convertirá a cerca de un cuarto de millón de infantes mexicanos en usuarios y consumidores de tecnología. Sería aún mejor transformar a esos chavitos en generadores de tecnología. Ya hay sistemas educativos para enseñar programación básica a infantes de entre seis y ocho años. Para estos niños, la programación de código será una herramienta tan obvia y elemental como la lectoescritura. El primer paso sería capacitar maestros en los fundamentos de programación básica. ¿Qué porcentaje de escuelas primarias en México enseñan programación (no a uso de computadoras)? De esa respuesta dependerá nuestra capacidad para innovar, crear y competir en la economía del mañana.