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La visita de Masiosare

El 31 de agosto del 2016 será una fecha que los mexicanos recordaremos como una deshonra. Ese miércoles, la pena ajena se transformó en una vergüenza propia y colectiva. Nuestro jefe del Estado asumió el papel de anfitrión dócil frente al mayor sembrador de odio en contra de México. Donald Trump ha convertido el desprecio a nuestra identidad y nuestra gente en un movimiento político. Hoy el racismo y la xenofobia del Ku Klux Klan ya no se disfrazan con sábanas y capuchas blancas, sino con gorras que dicen Let's Make America Great Again. Esa aspiración pasa por romperle la vida a millones de mexicanos que viven y trabajan en Estados Unidos. Este evangelista del encono es el nuevo autoproclamado amigou del presidente de México.

¿Hubo acaso un método detrás de este error diplomático? ¿Tenía una estrategia esta secuencia de ineptitudes? ¿Cuál fue el propósito de este despliegue de servilismo? La visita se hizo atendiendo los caprichos, agendas y prioridades de Donald Trump. Ni siquiera se tuvo consideración de que el momento del viaje de Masiosare era el sabotaje perfecto en contra del Cuarto Informe de Gobierno de Enrique Peña Nieto. El "día del Presidente" y la escenificación de un diálogo con jóvenes quedó opacada por el error de agosto. Como sostiene el experimentado diplomático Andrés Rozental: "Sólo faltó que pusieran banderas en Reforma y tocaran los himnos nacionales".

Cuando John McCain visitó México, en plena campaña presidencial del 2008, no hubo conferencia de prensa con Felipe Calderón, ni una aparición pública conjunta. El gobierno de Peña Nieto transgredió las reglas del protocolo para darle a un candidato el tratamiento reservado exclusivamente para jefes de Estado. La propia embajada de Estados Unidos en nuestro país desaconsejó la visita, por la desorganización y las prisas con que se ejecutó el periplo. Con una sola acción, Enrique Peña Nieto logró detonar la animadversión y desconcierto del gobierno de Obama y el equipo de campaña de Hillary Clinton. Esto sin contar la furia y el azoro de millones y millones de mexicanos que buscábamos darle una lógica a este absurdo. Al sexenio le faltan más de dos años de gobierno y al Presidente sólo le quedan tres pesos de capital político. ¿Por qué la urgencia de improvisar esta onerosa apuesta diplomática?

El motor más importante que mantiene a flote a la economía mexicana es el Tratado de Libre Comercio para América del Norte. Proteger el TLCAN debe ser asunto de máxima prioridad en la defensa de los intereses nacionales. El presidente Peña Nieto se refirió a cambios y mejoras hipotéticas al acuerdo comercial de una forma poco precisa. Esa ambigüedad genera una peligrosa incertidumbre. El gobierno de México debe plantear un mapa de ruta que permita preservar el texto original del Tratado, pero reformar la relación bilateral mediante acuerdos paralelos. Abrir la negociación del TLCAN equivale a destapar la caja de Pandora.

El mandato de Enrique Peña Nieto despierta ciertas nostalgias sobre los antiguos gobiernos del PRI. En tiempos de los presidentes De la Madrid, Salinas o Zedillo, México tenía un sistema político premoderno, pero al menos había un sentido de Estado en nuestro trato con el vecino. La relación con Estados Unidos se negociaba desde una posición de dignidad y respeto. En esos sexenios priistas, México negoció los Acuerdos de Paz en Centroamérica, el TLCAN y el rescate financiero de la crisis de 1995. Cada uno de estos gobiernos supo usar sus cartas para avanzar los intereses nacionales. Eso faltó en la desafortunada visita de esta semana. El 31 de agosto de 2016, la residencia presidencial de Los Pinos se convirtió en el patio trasero de Donald Trump.

Publicado por Reforma
04-09-2016