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La Oportunidad

Las condiciones de la economía global están a nuestro favor. Si aprovechamos el momento, podemos acelerar el crecimiento de la economía y cerrar la brecha que tenemos respecto de los ingresos de los habitantes de las economías más avanzadas. Oportunidades como la actual no se repiten frecuentemente; si desaprovechamos la oportunidad la culpa será enteramente nuestra.
La oportunidad actual es el resultado combinado de aciertos en la conducción de la economía (políticas fiscales y monetarias acertadas, el efecto acumulado de muchas pequeñas reformas administrativas y regulatorias que han mejorado la eficiencia de la economía, la salud relativa del sector financiero, etc.) y un poco de buena suerte (la depreciación del Peso con respecto al Yuan, la coyuntura de precios de hidrocarburos – gas natural barato y petróleo caro- la recuperación económica de Estados Unidos, etc.). Juntas estas condiciones configuran un escenario de crecimiento relativamente favorable para el País: Sin mucho esfuerzo, la productividad laboral de México debe crecer a un ritmo más alto que el de años anteriores. Si a estas condiciones intrínsecamente favorables se sumaran los efectos potenciales de las reformas estructurales, México podría superar la tasa de crecimiento de largo plazo que se prevé para la economía mundial (alrededor de 5 % anual), logrando con ello cerrar la brecha con respecto a las economías más avanzadas. Si la productividad laboral de México crece a una tasa anual de 3.0 % anual (en vez de la tasa de poco menos de 1 % anual que promedió durante la última década) el efecto acumulado en treinta años sería muy significativo: Los ingresos per cápita de los mexicanos crecerían casi tres veces y la participación de México en la economía global pasaría de alrededor de 2.2 % a más de 3.7 %. En consecuencia, los ingresos per cápita de los mexicanos pasarían de un nivel similar a la media de la economía mundial, a un nivel 50 % más alto que eso.
Pero para ello es indispensable asumir una postura proactiva ante el cambio. Si seguimos agazapados, evitando cometer grandes errores, e instrumentando solo los cambios de bajo costo político, entonces seguiremos siendo una economía con un ritmo de crecimiento mediocre, condenada a ser rebasada por los países cuyos gobiernos están dispuestos a enfrentar los retos de la modernidad con mayor valor.
Históricamente, México ha dejado pasar varias oportunidades para incorporarse al club de los países ricos. La primera vez fue durante la década de los setenta. Durante los sexenios de Echeverría y López Portillo el País tuvo la oportunidad de transformar su economía, apalancando su crecimiento y modernización en la disponibilidad de recursos petroleros. Lamentablemente, ninguno de los dos presidentes tuvo el valor de tomar el toro por los cachos, abriendo la economía cuando las condiciones económicas internacionales eran favorables para dar ese paso. En vez, los dos mandatarios rehuyeron al reto optando en vez por prolongar la vida del modelo de sustitución de importaciones, a pesar de las claras evidencias que había respecto de la caducidad de esa estrategia. La falta de valor político finalmente los motivó a implantar una estrategia populista que estaba condenada al fracaso por su inviabilidad financiera y económica.
El Presidente Salinas volvió a tener la oportunidad de instrumentar una estrategia franca de modernización y apertura económica. En vez de dar un paso audaz, instrumentó una estrategia de apertura parcial que dejó para un futuro indefinido la modernización de los mercados de bienes no comercializables. La decisión de hacer las cosas a medias tuvo consecuencias profundas que se hicieron evidentes poco después. Los sectores de bienes y servicios no-comercializables (telecomunicaciones, electricidad, hidrocarburos, transporte, educación y finanzas) se rezagaron con respecto al resto de la economía t se convirtieron en un lastre competitivo para el País.
La historia se volvió a repetir durante los sexenios de Fox y Calderón. Su timidez a la hora de instrumentar los cambios que se requerían se combinó con la decisión del PRI y del PRD de obstruir cualquier reforma, por modesta que fuera. Los, dos partidos supuestamente de “izquierda”, jugaron a favor de grupos de interés que lo que querían era prolongar el status quo.
Hoy, volvemos a tener la oportunidad para cambiar la trayectoria de la economía, instrumentando acciones que hagan a la economía más competitiva. Si repetimos el error y volvemos a optar por un camino que minimice los conflictos políticos de corto plazo, volveremos a posponer la transformación de la economía y prolongaremos el largo periodo de crecimiento económico lento, muy inferior a la tasa de crecimiento potencial de la economía. Ojalá que el siguiente gobierno venga armado de mayor valor político.
Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.Las opiniones que aparecen en esta columna son personales.