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Lance Armstrong y México

Hace una década la prensa financiera internacional se enamoró de China. “El gigante de Asia despierta”, “El dragón imparable de la economía internacional”, “La globalización se escribe en mandarín”. Estos eran los titulares de principios del siglo XXI. Un lustro y algunos años después Brasil se convirtió en el país de moda. “Dios es brasileiro”. La euforia verde amarela quedó sellada con una imagen: el Cristo del Corcovado, que hace las veces de símbolo religioso e insignia nacional, despegaba cual cohete propulsado por el combustible del optimismo. Después de China y Brasil, ahora, nos tocó a nosotros. Con cierta precaución y escepticismo se deben saludar a titulares como: “México: la nueva China”, “Somos potencia global en el sector automotriz”.

Esta ola de buen ánimo sobre nuestro país tiene cierto sustento en la evidencia. A principios de enero, México colocó deuda en los mercados internacionales a 30 años, con el interés más reducido de nuestra historia financiera. Una tasa de interés baja manifiesta un alto nivel de certidumbre sobre la capacidad de pago de los créditos. Esta importante demostración de confianza es una señal mucho más perdurable que los titulares de la prensa internacional. El gran reto de la economía mexicana es dejar de ser el “país de moda” para convertirnos en un ejemplo perdurable de crecimiento económico.

“Hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino”. Esa es la definición de la palabra Milagro, en el diccionario más importante de nuestro idioma. En una economía no hay lugar para la magia y el prodigio, ya que siempre hay una o múltiples explicaciones para esclarecer los motivos de la prosperidad y el estancamiento. Así como Lance Armstrong aceptó que no se pueden ganar siete competencias del Tour de France sin usar dopaje, México debe aceptar que no puede haber crecimiento económico sin un intenso proceso de reformas. Nuestro país no necesita esteroides, pero sí requiere de una buena dosis de doble sentido: el sentido común y el sentido de urgencia. Necesitamos actuar y pronto.

Si de verdad queremos crecer, hay que atender algunas cifras que diluyen al más sólido de los optimismos: en México, 6 de cada 10 empleados laboran en la informalidad. La nueva metodología del INEGI determinó que en 2012 había 29.3 millones de personas que no tienen un reconocimiento legal de su empleo. Las consecuencias de esto son devastadoras tanto para los individuos que la padecen, como para toda la economía nacional: los trabajadores formales ganan en promedio 38 pesos por hora, mientras que los informales no llegan a 25 pesos por cada 60 minutos. La brecha salarial entre los dos hemisferios económicos es del 35%.

Para enfrentar este desafío conviene leer un estudio de Santiago Levy, y otros dos coautores, titulado: (In)Formal e (In)productivo: los costos de productividad de la excesiva informalidad en México. Normalmente se asocia el problema de la informalidad con una baja recaudación fiscal, Levy cambia el énfasis para relacionar la economía informal con la productividad. Un peso asignado a la inversión o el empleo en el universo formal produce 28% más riqueza que el mismo peso invertido en la informalidad. Entre 1998 y 2008 creció el tamaño del mercado laboral informal en México. En esa década, en promedio, cada mexicano disminuyó su capacidad para detonar prosperidad. Durante 2013, el Congreso y el gobierno discutirán una nueva reforma fiscal para replantear la relación entre los contribuyentes y el financiamiento del erario público. Una de las preguntas determinantes sobre el éxito y las consecuencias de una reforma fiscal no será cuánto recauda el gobierno, sino cómo se reducen los incentivos a la informalidad. Si no logramos abatir esta condena a la improductividad, los vientos favorables que impulsan a la economía mexicana serán sólo un soplo pasajero.

Twitter: @jepardinas