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Las disculpas y los hechos

Carlos Monsiváis decía que en tiempos del presidencialismo mexicano había que ser muy valiente para criticar al presidente de la República, pero en el siglo XXI, había que ser muy valiente para defenderlo. Dispensando el halago en boca propia, creo que el presidente Peña Nieto hizo bien en ofrecer una disculpa por el asunto de la "Casa Blanca". El problema es que en las disculpas, como en el arte de contar chistes, el timing lo es todo. Los angloparlantes definen el concepto de timing como una administración estratégica del instante y la oportunidad. Cuando el contador de un chiste se tarda en soltar el gancho final de su cuento, la carcajada potencial desvanece su euforia en una tibia sonrisa. Si una disculpa se tarda mucho en llegar, el agravio se aferra y se amarga en el ánimo del agraviado.

Lo más importante del discurso presidencial al promulgar las leyes anticorrupción, no fue el recuento de los daños, ni la petición del perdón, sino el cierre de su mensaje: "Hasta no ver resultados contundentes, la ciudadanía verá en nuestros discursos solamente eso, discursos". La legitimación colectiva del Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) no vendrá de los diagnósticos de los expertos, ni de los eventos en Palacio Nacional, sino de un cambio de trayectoria de la impunidad. Sólo la legitimidad de los hechos y las acciones penales podrán forjar la esperanza de que sí podemos combatir la corrupción. La disculpa presidencial llegó 20 meses tarde. Ni el ciclo sexenal, ni la paciencia social tienen la opción de esperar tanto tiempo para ver resultados concretos.

El SNA es el plano jurídico-arquitectónico para salir del laberinto de la impunidad. Sin embargo, todavía falta un proceso complejo para nombrar a los cinco integrantes de su comité ciudadano, al nuevo secretario de la Función Pública y al fiscal anticorrupción. Una vez que estén definidos estos liderazgos se podrá empezar el proceso de construcción institucional. En el mejor de los casos, este proceso durará varios meses y la urgencia de la República demanda acciones inmediatas.

Jorge Suárez Vélez (El Financiero, 21-VII-2016) sugiere una ruta de salida inédita, pero viable. Horas antes de que se promulgaran las leyes anticorrupción, la prensa mexicana presentaba la noticia de que los condóminos de Woodlands en Houston, Texas, daban la bienvenida a un nuevo e impresentable residente: Javier Duarte, el futuro ex gobernador de Veracruz. Si un solo peso mal habido del erario público fue gastado dentro del territorio de EU, la justicia de ese país podría actuar en contra de las redes de corrupción organizada que operan en varios gobiernos estatales.

¿Qué sucedería si el gobierno mexicano pide toda la colaboración de Washington para combatir la corrupción en Sonora, Chihuahua, Veracruz y Quintana Roo? Este apoyo internacional le daría al SNA cierto oxígeno y una pausa necesaria para formar los recursos humanos y protocolos básicos de operación. Desde hace 10 meses el gobierno del Bronco en Nuevo León ha buscado todos los elementos para proceder penalmente contra el ex gobernador Rodrigo
Medina. Esa misma presión se posará sobre las espaldas de los hombres y mujeres que encabezan el SNA. La cooperación internacional podría reducir la carga al proceso de construcción institucional del SNA.

Más allá de lo que suceda en las elecciones de noviembre, en los pocos meses que le quedan a la administración de Obama, el presidente Peña podría solicitar la cooperación para resolver el mayor problema de nuestro país y de nuestra generación. Estados Unidos y México llevan décadas colaborando juntos en una guerra absurda contra las drogas, que no va a ganar nadie. ¿No sería el momento de que los dos países empezaran a cooperar por una batalla por la que sí vale la pena luchar?

Publicado por Reforma
24-07-2016