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Las carteras del sector energético

Tuve dudas sobre cómo manejar la discusión de los nombramientos del sector energético. Formalmente, el Secretario de Energía es la cabeza del sector, pero en la práctica los directores generales de Pemex y CFE en muchos temas tienen tanto peso político y económico como el Secretario del ramo. Además, el impacto del sector sobre las finanzas públicas es tan grande que en varias cuestiones económicas (v.gr la determinación de las tarifas eléctricas, las inversiones de las dos empresas, las negociaciones de salarios con los dos sindicatos) el Secretario de Hacienda pesa tanto o más que cualquiera de los encargados del sector. A lo anterior hay que sumar el hecho que tanto la Comisión Reguladora de Energía como la Comisión Nacional de Hidrocarburos tienen autoridad normativa sobre varios aspectos del funcionamiento del ramo, acotando aún más la influencia del Secretario del ramo y de los directores de las dos paraestatales. Y por si esto fuera poco, en los consejos de Pemex y sus subsidiarias participan consejeros independientes cuyo papel en el gobierno institucional es asegurar que la empresa rinda cuentas claras y que se protejan los intereses de los propietarios de las empresas, o sea, los intereses de los mexicanos.

La estructura orgánica del sector es compleja intencionalmente. Se establecieron los pesos y contrapesos con el fin de asegurar que las empresas del ramo operen a favor de sus dueños. Tal estructura sería altamente deseable y hasta indispensable si las empresas operaran con total autonomía del Gobierno federal, como ojalá suceda algún día, pero este todavía no es el caso. La estructura actual frecuentemente asume conductas que tienen efectos indeseables: si las partes del conjunto no se ponen de acuerdo en algún tema, las decisiones se politizan y la dinámica operativa del sector se deteriora. Para colmo, estas demoras no salvaguardan los intereses de los mexicanos. En la práctica, el diseño institucional tiene dos fallas graves: la primera es la estructura monopólica de las dos paraestatales. La posición dominante de ambas significa que frecuentemente asumen conductas que lesionan los intereses de los consumidores. Pero aunque las dos empresas se comportaran como santas, el otro defecto de diseño es que todo el ramo depende jerárquicamente del Presidente y cualquier conducta caprichosa puede llegar a reflejarse en el funcionamiento del sector, como en el caso de la terrible decisión de construir una nueva refinería. El diseño institucional está atorado a medio camino: tiene la complejidad administrativa y normativa de un sector de energía moderno en competencia, pero sin que las dos paraestatales tengan que competir o se hayan independizado del gran Tlatoani. El desempeño económico y operativo del sector es función de las prioridades del Ejecutivo y de la atención que preste el Presidente (o a quien delegue en esta función) al manejo del ramo.

Esta estructura, burocráticamente formal pero estructuralmente vertical, se puede aprovechar para hacer cambios significativos, aunque ciertamente no tan profundos como sería deseable para transformar y modernizar el ramo. Hay muchísimos ejemplos que muestran las deficiencias del marco institucional actual. Pero de lo que no hay duda es que el determinante básico del desempeño del ramo es la voluntad política y la atención que preste el Presidente al manejo del sector.

Por lo anterior, la decisión más importante que el Presidente electo debe hacer es definir cuál es la prioridad funcional a la que quiere dar mayor peso. Si su prioridad es maximizar la eficacia funcional del ramo, debe dar prelación al nombramiento de un equipo que opere en forma estrechamente coordinada para lograr los objetivos que se les dé, especialmente si se decide a hacer cambios transformacionales al sector. Para coordinar el funcionamiento de este equipo, el Presidente debe designar a una persona como el jefe del equipo con la autoridad requerida para eliminar obstáculos y alinear conductas. Por contra, si el Presidente decide que desea equilibrar fuerzas y mantener equilibrios políticos en el ramo, entonces puede (y debe) hacer nombramientos individuales, sin nombrar un titular de facto del equipo. En este caso, el jefe único de todos sería el mismo Presidente.

En mi opinión, la agenda económica y política que confronta el Presidente electo es tan compleja que si yo fuera él, me inclinaría a favor de formar un equipo. Para asegurar su funcionamiento, delegaría autoridad política y económica en uno de ellos. Los candidatos naturales para encabezar un equipo de esta naturaleza son el encargado de la Secretaría de Energía o, en su defecto, alguna persona que manejara la cartera sectorial desde Los Pinos. Pero ya veremos.

Roberto Newell G. Es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.

Las opiniones que aparecen en esta columna son personales.