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Las encuestas no cambian los resultados

La tormenta que se armó la semana pasada relacionada con el comentario del Presidente sobre los resultados de una encuesta es ilustrativa de lo muy primitiva e inmadura que es nuestra cultura política.  A nadie debería alarmar ni sorprender que el Presidente participe en la vida política del País.  En todos los países con regímenes electorales es normal que el Presidente públicamente manifieste sus preferencias políticas.  El Presidente es miembro del PAN; lo raro sería que no favoreciera a los candidatos de su partido.  Me imagino que lo mismo sucederá en algún momento futuro con otros presidentes de otros partidos.

Tampoco es raro que los presidentes tengan disponible información de encuestas.  Este tipo de información sirve para interpretar la opinión pública y para orientar las decisiones de los que ocupan puestos ejecutivos.  Las encuestas son útiles para evaluar el estado de ánimo y la reacción de un público a diversas ofertas comerciales; también sirven para conocer la reacción del mercado a una oferta comercial o política y para saber qué aspectos de la oferta se deben ajustar para hacerla más atractiva a la población. 

Para que las encuestas sean útiles deben brindar información fidedigna.  Las encuestas no son otra cosa que un levantamiento sistemático de información para orientar la toma de decisión.  Para que una encuesta sea útil es indispensable asegurar que la información recogida sea una muestra estadística representativa de la población cuyas opiniones se quieren conocer.  Para lograr este propósito se entrevista a la muestra más pequeña posible cuyas actitudes y opiniones sean un reflejo fiel de la población total. Lo que buscan las encuestas es evitar tener que entrevistar a todos los miembros de una población para conocer sus opiniones.  El costo de entrevistar a una población tan grande como la de todos los mexicanos con derecho a votar sería carísimo; afortunadamente, las actitudes de esta población se pueden conocer levantando una muestra mucho más pequeña, siempre que la muestra y el cuestionario tenga un diseño técnico adecuado.  Como se trata de un ejercicio técnico cuando un encuestador prepara una encuesta cuyos resultados son incorrectos, el impacto sobre su reputación es enorme, independientemente de cuál sea la razón por la cual los resultados están distorsionados.

A ningún encuestador serio le conviene levantar una encuesta amañada: Esto se debe a que los encuestadores no están solos en el mercado; tienen competidores que pueden reproducir el ejercicio estadístico.  Si logran demostrar que los resultados no son confiables el golpe para la reputación del encuestador (y el que hace pública la información) es devastador.

Pero dejemos a un lado si la encuesta cuyos resultados comentó el Presidente está bien hecha o no.  En vez, preguntemos si el hecho que el Presidente haya publicado estos datos durante el período pre-electoral tendrá efectos transcendentes sobre los resultados de elección.  Me puse a investigar esta esta cuestión consultando las publicaciones de expertos en la materia.  La respuesta a esta pregunta, es simple: lo que el Presidente hizo no tendrá efecto alguno, sobre todo estando tan distante la fecha de la elección. 

Hay varias investigaciones que muestran que publicar los datos de encuesta durante períodos pre-electorales no afecta los resultados finales de una elección.  Por ejemplo, Ana Cristina Covarrubias publicó un ensayo al respecto en Este País en 1997 para el caso mexicano.  Dudo mucho que la situación haya cambiado de entonces a la fecha.  Durante el período pre-electoral las encuestas solo sirven para reflejar las opiniones de la población.  Puede ser que estas opiniones cambien en la medida en que los mensajes de los candidatos afectan el estado de ánimo y las opiniones de los votantes, pero normalmente esto no sucede de un día para otro, ni siquiera cuando un personaje tan importante como el Presidente es el portador de la nueva información. 

Es probable que la distribución de votos a favor de los principales candidatos cambie durante los próximos meses, pero estos cambios no se deberán a que el Presidente publicó los resultados de una encuesta cuestionable cuatro meses antes de las elecciones. 

El gran drama que acabamos de presenciar es una muestra ilustrativa del ruido que acompañará la contienda electoral.  Los ánimos están tan crispados y las facciones tan enardecidas que cualquier comentario (inocente o intencional) puede desatar una andanada de comentarios histéricos en respuesta.  Qué flojera, y qué lástima, porque si los principales protagonistas no moderan el tono de sus comentarios el resultado probable será un sistema político aun más polarizado y disfuncional.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.