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Lecciones no aprendidas

Todos los años, por estas fechas, los medios publican notas sobre los efectos del desbordamiento de un río o el deslave de una montaña. En ellas, reiteradamente se destacan los mismos errores: se construyeron asentamientos en zonas propensas a inundaciones; la tala inmoderada de árboles causó derrumbes que destrozaron viviendas e infraestructura; las autoridades civiles no comunicaron que se aproximaba una tormenta; llegaron tarde los apoyos para los damnificados; la distribución de apoyos estuvo influida por intereses políticos, etc.

La temporada de huracanes pega con previsible intensidad en varias partes del País: el Usumacinta se sale de su cauce casi todos los años; consecuentemente, las zonas bajas de Tabasco, incluyendo Villahermosa, se inundan con alarmante frecuencia. Igual sucede en el litoral del Pacífico: la zona de la montaña de Guerrero sufre deslaves todos los años; el área pantanosa de la Laguna de Tres Palos se desborda anualmente cuando llega la temporada de lluvias y los ríos que bajan de la Sierra Madre se convierten en caudalosos afluentes que arrasan todo lo que hay en su camino: casas, vehículos, personas e infraestructura.

Estos patrones no son nuevos. La temporada de huracanes llega con monótona regularidad desde hace siglos. Tampoco parece haber cambiado la disposición de los moradores de estas regiones a jugar al tú por tú con la naturaleza. Todos los años, las tormentas arrasan con todos los bienes de miles de pobladores de estas regiones que tercamente insisten en edificar sus viviendas en los lechos de ríos y en las laderas de cerros que sólo esperan una buena tormenta para venirse para abajo.

La regularidad de estas tragedias es frustrante y alarmante; parece que lo único que está cambiando es la intensidad de las tormentas, que cada vez es mayor, debido al cambio climático. Consecuentemente, el número de personas que pierden su vida y propiedades está creciendo, así como el costo que la sociedad asume para reparar los daños.

Si ya se sabe que es mala idea construir en los lechos de ríos o en otras zonas de riesgo, ¿a qué se deben estas tragedias recurrentes? ¿Cuál es la falla de cálculo que causa que eventos tan previsibles como cualquiera de los citados anteriormente tome por sorpresa a tantas personas, incluyendo a las autoridades encargadas de evitar estas catástrofes?

Nadie sabe a ciencia cierta cuál es la principal causa de estas catástrofes. Recientemente, se ha discutido mucho el efecto que la corrupción pudo haber tenido sobre la decisión de los gobiernos locales de autorizar asentamientos en zonas de alto riesgo. No dudo que mentiras y engaños influyeron en las decisiones que tomaron muchas de las víctimas que adquirieron casas en la ribera del rio xx, pero esto no explica la conducta de muchas otras personas que decidieron asentarse donde hace poco tiempo se habían desbordado ríos o colapsado montañas. Es probable que parte de la explicación de las conductas de estas personas se encuentre en las investigaciones de Daniel Kahneman (Premio Nobel de Economía 2002) sobre percepción de riesgos.

En mi opinión, parte de lo que puede haber sucedido lo tenemos en dos errores de razonamiento lógico muy comunes que afectan la evaluación de riesgos que hacen las personas. El primero de estos, denominado falacia de los apostadores, es suponer que si en un lugar recientemente ya hubo un evento desafortunado, entonces lo que "toca" es un periodo de eventos favorables que equilibrarán la balanza.

El problema con este razonamiento es que si los eventos son estadísticamente independientes, cada evento tiene la misma probabilidad de ocurrir. En consecuencia, si una familia decide asentarse donde recientemente hubo una inundación, pensando que en ese lugar ya no se repetirá una tragedia durante varios años, se equivoca, puesto que la probabilidad de que se repita el año próximo es exactamente la misma que la anterior.

El otro problema de razonamiento que se percibe en la conducta de los pobladores de las zonas de alto riesgo es preferir la esperanza de que no ocurra nada malo a pagar el costo de un seguro que compense ese riesgo. Esta disposición a vivir sin cobertura es irracional, sobre todo si se toma en cuenta la historia de siniestros de las zonas en cuestión.

Un último punto al respecto, la conducta del Estado también juega un papel en la toma de decisión de los pobladores de estas zonas. El uso de fondos públicos para cubrir las pérdidas materiales de las víctimas de desastres las incentiva a pensar que no tienen que prevenir los riesgos, puesto que sus pérdidas serán cubiertas por el Gobierno. Resulta que, a veces, una conducta menos generosa del Estado puede estimular mejores decisiones individuales.

Roberto Newell G. es economista y vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.

Las opiniones expresadas en esta columna son personales