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Lecciones de la tragedia de Japón

Ningún país ha invertido tanto en infraestructura y sistemas de prevención y seguridad como Japón.  Esto se debe a que las islas japonesas están ubicadas donde confluyen tres placas tectónicas.  Los movimientos de estas placas hacen que el litoral japonés sea una de las zonas geológicas más activas del mundo.

Todos los años hay sismos en Japón.  La mayoría no provoca daños materiales, pero los sismos motivan a la población a estar preparada para enfrentar un movimiento peligroso.  El riesgo sísmico también ha influido las normas de construcción de ese país: los expertos coinciden en que las normas japonesas de construcción son las más rigurosas del mundo.  Adicionalmente, el gobierno ha invertido en diques y rompe-olas que protegen a la población de tsunamis.   

Ningún país se ha preparado más cuidadosamente para una emergencia que Japón.  A pesar de ello, la magnitud del sismo fue tan grande que rebasó muchas de las previsiones de seguridad.  El tsunami arrasó las prefecturas rurales situadas al noreste de Tokio.  Ahí los sistemas de alarma fueron menos efectivos y los diques no lograron evitar que las olas se internaran varios kilómetros, arrasando con todo lo que encontraban en su camino.

Las imágenes de video que se han difundido son estremecedoras.  Es fácil imaginar que bajo el lodo encontrarán los cuerpos de miles de personas que fueron alcanzadas por las olas de mar.  Conforme avancen las tareas de rescate, se irá formando un cuadro más objetivo de la magnitud de la tragedia.  Los expertos estiman que cuando se totalicen las cifras, estaremos hablando de decenas de miles de personas muertas. 

La zona afectada es predominantemente rural (Sendai es la única ciudad grande afectada), pero aun así, los costos económicos probablemente serán mayores que los del terremoto de Kobe.  Ese movimiento costó alrededor de 100 mil millones de dólares; este probablemente costará dos o tres veces más. 

Japón es un país rico.  No obstante lo anterior, las consecuencias económicas de la tragedia serán significativas.  Esto se debe a que aun cuando los ingresos de los japoneses son altos, la capacidad de respuesta del gobierno de Japón es relativamente pobre porque el estado está  sumamente endeudado.  Estamos ante una paradoja interesante: el gobierno previó la posibilidad de un gran terremoto.  Pero no anticipó que requeriría finanzas públicas sanas para hacer frente a los costos de reconstrucción.  Estamos ante un caso similar al de una persona que contrató un seguro para su auto, pero sin prever que en caso de un accidente probablemente requeriría cubrir gastos médicos con el incidente.

En todo esto hay lecciones para México. Si una tragedia comparable golpeara al País, los costos en vidas e infraestructura destruida serían comparativamente mayores a los costos que enfrenta Japón.  Esto se debe a varias razones:  Primero, porque la construcción en nuestro País es de menor calidad que en Japón.  Segundo, porque nuestra población está menos preparada para enfrentar una emergencia comparable.  Durante los años posteriores al sismo de 1985, el gobierno federal puso gran empeño en mejorar los estándares de construcción y preparar a la población para emergencias civiles, pero durante los últimos años se perdió esta disciplina. 

Por otra parte, la capacidad financiera del gobierno federal y de los estados tampoco es tan robusta como sería deseable.  Es cierto que el gobierno federal no está tan endeudado como el japonés, pero la captación de ingresos fiscales es menor de lo que sería deseable para enfrentar una crisis comparable.  Si sufriéramos una tragedia como la que acaba de golpear a Japón nos veríamos obligados a dedicar una proporción elevada del gasto público simplemente a reponer lo perdido.  Una crisis comparable interrumpiría el desarrollo del País y debilitaría su desempeño económico; las consecuencias para el bienestar de los mexicanos serían muy serias. 

Las fábulas con las cuales educamos a nuestros niños son fuentes inagotables de sabiduría.  El Estado mexicano se comporta como la cigarra que imaginaba que todos los días serían soleados y bondadosos.  Es hora que los gobiernos de los estados y el federal adopten conductas análogas a las de las hormiguitas previsoras.  Urge que aprovechemos la abundancia relativa actual para construir infraestructura e instituciones que minimicen los riesgos físicos que enfrentamos por estar ubicados en el Círculo de Fuego.  Tambíén es indispensable que dediquemos sumas importantes a la construcción de un fondo que nos permita enfrentar este tipo de emergencias sin perder el rumbo y sin hipotecar el futuro. 

En la fábula, la colonia de hormigas sobrevive el invierno; la sociedad de las cigarras se colapsa.  Esto no nos debe pasar a nosotros. 

Roberto Newell G. es economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad.  Las opiniones en esta columna son personales.