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Legado trágico

En una encarnación profesional previa participé en varios proyectos de consultoría en Venezuela. Durante 2 años de los noventas, viajaba todas las semanas a Caracas para participar en proyectos cuyo fin era mejorar el desempeño de la empresa telefónica, en ese entonces recién privatizada. CANTV manifestaba muchos problemas que debían ser corregidos: las fallas de servicio eran frecuentes y los tiempo de respuesta de las áreas de mantenimiento eran largos; los clientes tenían que esperar meses y hasta años para obtener una línea telefónica; la calidad de las llamadas era mala y el servicio que se prestaba a los clientes en las áreas comerciales era terrible.

A partir de la privatización de CANTV, la mayoría de los indicadores de operación empezaron a mejorar. Cuando yo la conocí, todavía no alcanzaba el nivel de desempeño que tenían las mejores empresas del mundo, pero la brecha se estaba cerrando. Durante estos años, CANTV y muchas otras empresas venezolanas -entre ellas las del sector petrolero- crecían y reportaban mejores resultados económicos y operativos. La economía venezolana tenía muchos retos por resolver, pero caminaba en la dirección correcta.

Lo que no mejoraba era el sistema político. La población aborrecía a los dos principales partidos políticos. Lo que más les ofendía era la corrupción. Por ello, el respaldo político de los gobiernos de Acción Democrática y COPEI no era sólido. Los votantes iban a las urnas a escoger al candidato menos ofensivo de una lista de personas que no entusiasmaba a nadie. El descrédito de los partidos tradicionales era tan grande que aparecieron nuevos partidos políticos liderados por candidatos con credenciales democráticas muy cuestionables. Chávez era uno de ellos.

La victoria de Chávez en las votaciones de 1998 se debió al hartazgo de los ciudadanos y a la conexión que Chávez logró establecer con un segmento grande de la población. Lo más destacado de esa campaña presidencial fue la total falta respeto de Chávez a la verdad y su disposición a asumir posiciones extremas que coincidían con el hartazgo de la población con la manera tradicional de hacer política. En la campaña de 1998, Chávez estableció un estilo de liderazgo que ya no abandonaría: culpaba a los “oligarcas” y a Estados Unidos de todo lo que no estaba bien en Venezuela. Contaba una mentira tras otra, y si alguien cuestionaba sus declaraciones, contraatacaba con más mentiras, difamando al que tuviera la temeridad de cuestionarlo. Se tenía que ser muy valiente para enfrentarlo.

El principal talento de Chávez era su habilidad para relacionarse con el “pueblo”. Reforzó esta conexión haciendo uso de todos los recursos disponibles. Durante los tres lustros de Chávez, el gobierno gastó una fortuna en programas diseñados para reforzar su popularidad, causando que perdiera el control de las finanzas públicas.

Como fue consolidando en el poder, Chávez instrumentó medidas más radicales: reformó la Constitución para poder reelegirse indefinidamente; expropió un gran número de empresas que su gobierno consideraba estratégicas (entre ellas CANTV). Declaró la guerra a los empresarios y confiscó los bienes de muchos que no lo respaldaban. Esto causó que las condiciones económicas se deterioraran rápidamente y que los particulares dejaran de invertir.

Por ello, Venezuela actualmente depende más que nunca de las exportaciones de petróleo. Pero ni así se pudo financiar la borrachera populista. Actualmente escasean muchos de los productos de la canasta básica; la tasa de cambio del bolívar es una ficción insostenible y la inflación es la más alta del continente. Chávez dejó la economía en ruinas.

Pero el mayor daño que Chávez causó fue a las instituciones políticas. Aprovechó su popularidad para crear un régimen político que puso todas las riendas del poder en sus manos. La desinstitucionalización que Venezuela ha sufrido es enorme. Ya casi no queda nada del tejido institucional y político que había cuando Chávez llegó al poder. Todo esto se destruyó para establecer un culto a la personalidad política (y tropical) de Chávez.

El sistema resultante es sumamente vulnerable y frágil. Su legitimidad depende totalmente de la popularidad de un líder ahora ausente. En las filas del sistema bolivarianas no hay otro líder que logre mantener el respaldo político que tuvo Chávez.

Por ello, las cosas no pintan bien para Venezuela. Es probable que los años que vienen se caractericen por el caos político y económico. La crisis que viene puede ser menos intensa y más corta si Capriles gana las elecciones, pero este resultado no es probable. Venezuela quedó a la deriva, como Argentina después de la muerte de Perón. Ojalá que su crisis institucional sea más breve.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.