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Legados de la Revolución

La segunda fecha conmemorativa de este año, 20 de noviembre, recuerda la publicación del Plan de San Luis en el cual Francisco Madero llamó a los mexicanos a levantarse en armas para derrocar al dictador Porfirio Díaz.

Díaz se había eternizado en el poder. Durante su gobierno se crearon varias de las principales instituciones económicas del País como Banco Nacional de México y Banco de Londres y México (hoy, Banco Santander), se impuso paz en todo el territorio y se sentaron las bases para construir la infraestructura de comunicaciones y transporte que hoy tenemos; pero independientemente de lo anterior, el régimen no estaba diseñado para sobrevivir a su creador. Para mantener la paz y eliminar competidores, los que retaban al Presidente corrían el peligro de morir, de ir a la cárcel o de ser exiliados.

Así, la fórmula de control político de Díaz, resultó ser la principal vulnerabilidad del Estado que había construido. Ningún régimen que se basa en la autoridad autocrática de un mandamás puede sobrevivir a su creador. La supervivencia de los regímenes políticos depende de que existan fórmulas institucionales aceptables para las mayorías que legitimen la sucesión en el poder. En la ausencia de tal proceso, la transferencia del poder es incierta y el resultado final generalmente depende del uso de la fuerza.

La violencia que desató la muerte de Madero es una clara muestra de que en el País no existían las instituciones requeridas para resolver quién debía dirigirlo. La mayor parte del legado económico e institucional de Díaz se esfumó en un paroxismo de violencia y crueldad que duró casi una década. La Revolución que conmemoramos fue la antesala de un cambio de régimen catastrófico que costó cientos de miles de vidas mexicanas y destruyó la mayor parte de la riqueza que se había acumulado durante las décadas anteriores. Cambios como este no convienen a los habitantes de un país.

El régimen pos-Revolucionario encontró la forma de resolver el reto de sucesión política. A partir de Calles, las transiciones han sido pacíficas. Pero aparte de este gran legado y muchos más (incluyendo nuestra identidad cultural y nacional), dejó otros que actualmente causan problemas. Por ejemplo:

• El Estado mexicano pos-Revolucionario no supo encontrar una fórmula para disolver el vínculo entre ser parte de la población rural y ser pobre. La mayoría de los diagnósticos apuntan a que el ejido y las relaciones clientelares que derivan de esta forma institucional son algunas de las principales causas de la pobreza rural. Pero en el imaginario colectivo el ejido sigue siendo una forma inmaculada de propiedad de la tierra. El legado de los gobiernos pos-Revolución pesa tanto en la psique nacional que es casi imposible adoptar esquemas de propiedad más modernos y productivos.
• Algo parecido sucede con el petróleo. Los gobiernos, incluyendo los del PAN, están atrapados en una retórica nacionalista que hace imposible razonar fríamente y calcular cómo maximizar el valor de la riqueza del subsuelo.
• Tampoco han logrado renovar las instituciones que regulan el funcionamiento del mercado laboral. La mayoría de los sindicatos no responden a los intereses de los trabajadores (v.gr. el SME o el SNTE), pero lejos de reconocer esta verdad públicamente y trabajar para hacer algo al respecto, los partidos políticos son cómplices de líderes ilegítimos y gustosamente participan en negociaciones económicas y políticas cuya naturaleza es inconfesable y cuyos resultados deforman el funcionamiento de nuestra sociedad.
• Los gobiernos que han dirigido al País a partir de la Revolución también son culpables de arreglos y acuerdos políticos y económicos que protegen los intereses de empresarios que cotidianamente extraen rentas económicas de los consumidores.
• Gobiernos responsables, también, del atraso relativo del sistema judicial y de la fragilidad de las instituciones que regulan la economía.

Por esto y más razones, creo que en vez de conmemorar el Centenario de la Revolución con una fiesta deberíamos hacerlo con votos para que el próximo siglo de historia nacional sirva para corregir estos yerros.

No soy de los que piensan que revoluciones como la que sufrió México sean eventos gloriosos que se deben celebrar. La forma apropiada de recordar esa gran tragedia nacional es construyendo instituciones capaces de motivar cientos de cambios pequeños que permitan al País y a sus estructuras evolucionar a la par del entorno político, económico y social. Si dentro de cien años todavía estamos celebrando la existencia del ejido o el monopolio de PEMEX deberíamos vestirnos de luto.

Espero que el próximo centenario sirva para recordar cien años compuestos de miles de pequeños ajustes políticos y económicos que gradualmente fueron creando una sociedad rica en logros materiales, culturales, sociales y justicia. Nuestro mantra debe ser: rechazamos más cambios dramáticos; queremos pequeños ajustes que nos den paz, orden, progreso y justicia para todos los mexicanos.

Roberto Newell G. es Economista y Director General del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.