Artículo

Lento que tengo prisa

Antes de escribir esta columna quise estar seguro de a quién debía atribuir la expresión: "vísteme lento que tengo prisa". Tenía la impresión que el autor original era Napoleón, pero no quise confiar en mi memoria. Resulta que hay incertidumbre al respecto. Algunas fuentes la atribuyen a Carlos III, otras a Fernando VII. Muchas más a Napoleón y hay quienes piensan que el autor original fue el Emperador romano Augusto a quién se le atribuye la instrucción "apúrate lentamente." Todo esto viene al caso porque conviene al Gobierno "apurarse lentamente".

La elección de Trump creó gran incertidumbre sobre el futuro de la relación comercial de México con EUA. Esa incertidumbre ha tenido consecuencias significativas; destacan la volatilidad del tipo de cambio, la reducción de exportaciones automotrices, el repunte de la inflación y la baja del ritmo de inversión en el País. Por ello, un grupo influyente de analistas y empresarios ha aconsejado al Gobierno a iniciar discusiones con representantes del gobierno americano a la brevedad posible con el fin de abreviar el periodo de incertidumbre. Su apuesta parece ser que los cambios que vienen serán relativamente pequeños y que por ello lo más importante es acelerar las negociaciones para evitar que la incertidumbre cause más daño a la economía.

Estaría de acuerdo con su propuesta si confiara que los cambios que vienen serán pequeños. Lamentablemente, no comparto su optimismo. Estamos entrando en un periodo que puede ser relativamente largo de jaloneo entre dos escuelas de pensamiento en EUA: los que desean preservar la esencia del TLCAN porque están comprometidos con la postura tradicional de EUA a favor del comercio internacional, y un grupo más pequeño (pero muy influyente, puesto que entre ellos figura el Presidente americano y la mayoría del personal de la Casa Blanca) que cree que México ha obtenido ventajas "injustas" del acuerdo comercial.

Los que están a favor de que subsista el TLCAN no lo hacen por su amor desinteresado por México. En sus filas están miles de empresas manufactureras y de servicios que se benefician del acuerdo comercial. Para muchas de ellas el TLCAN es parte fundamental de la manera en que operan. Su situación competitiva y económica se vería afectada si se hacen cambios profundos y disruptivos al TLCAN.

Para estas empresas lo deseable es que los cambios que se hagan sean relativamente pequeños y que corrijan aspectos del TLC que no funcionan óptimamente, como son, la mecánica de resolución de disputas y la protección de propiedad intelectual.

Estos cambios ya estaban contemplados en el TPP, pero al descartar el Presidente Trump la participación de EUA en ese acuerdo multilateral, los que están a favor de modernizar pero no descartar el TLCAN desean que estas mejoras sean el meollo de los cambios que se hagan al TLCAN. Como México ya había aceptado estos cambios cuando decidió participar en el TPP, estas reformes deben ser aceptables para el País. Lo que es más, si de mi dependiera, sumaría a la agenda de modernización la adopción de las leyes americanas relacionadas con el combate a la corrupción. Tal cambio obligaría a las empresas exportadoras a someterse a un régimen de anticorrupción que tiene dientes muy afilados y brazos muy largos.

Pero esto no es lo que quiere la Casa Blanca. Lo que busca el Ejecutivo americano es eliminar el déficit comercial de EUA con México. Ese propósito parece inalcanzable mientras subsista el TLCAN o si EUA sigue siendo parte de la OMC. Para eliminar el déficit comercial las empresas que exportan desde México tendrían que dejar de vender una parte significativa de lo que producen. Como actualmente no existe un mercado alternativo para esta producción, parece cumplir el objetivo de Trump las empresas exportadoras tendrían que reducir su presencia en México, abriendo fábricas en EUA. Pero esto no sucederá naturalmente. Lo que falla en el cálculo de Trump es que eso reduciría la rentabilidad de las empresas afectadas, puesto que muchas no podrían producir rentablemente en EUA.

Por todo lo arriba expuesto es importante que el Gobierno no se acelere. El Gobierno de México debe ir lento, porque tenemos prisa. Si actúa con paciencia gradualmente el juego se inclinará a favor de México, puesto que eso dará tiempo para que los partidarios de TLCAN se organicen y transformen el debate político americano. Quién sí tiene prisa es Trump, porque su capital político se está erosionando velozmente. Si el proceso se acelera favorecerá los intereses del mandatario americano.

Lo que conviene a México es un proceso de negociación ordenado y pausado en el cual se puedan escuchar los argumentos de las partes e introducir cambios que mejoren y den estabilidad a la relación comercial bilateral. El TLCAN ha sido bueno para los consumidores de los dos países. La mejor estrategia para proteger el acuerdo comercial es incorporar a las partes que han extraído beneficios materiales del acuerdo. Esto no se logrará si los gobiernos se aceleran y tratan de resolver el futuro de la relación precipitadamente.

Publicado por Reforma
16-02-2017