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Lo que México necesita

La semana pasada participé como panelista en la Cumbre de Negocios en Guadalajara. Me tocó estar en un panel en el que discutimos el impacto que podría tener la creación del Ifetel y la restructuración de la Comisión Federal de Competencia Económica. El panel funcionó bien, pero no creo que hayamos dicho nada excepcional.

En mi participación destaqué que todavía era demasiado temprano para hacer pronósticos puntuales sobre los efectos de esta reforma, puesto que apenas estaban iniciando las operaciones de las nuevas instituciones y todavía no se conocían los contenidos de la nueva ley de competencia ni las facultades de los órganos colegiados que gobernarán el funcionamiento del sector de telecomunicaciones y de otros sectores regulados por estos organismos.

También manifesté que no tengo duda alguna sobre la capacidad técnica de los nuevos Comisionados de Comisión de Competencia, pero comenté que toda vez que se hace un cambio institucional tan profundo como este, se asumen costos que pueden ser altos. Crear una nueva institución es como mudarse a una nueva casa: aunque el número de habitaciones sea el mismo, cualquier cambio implica riesgos y costos ocultos que no se habían contemplado.

Y puede que me quede corto con esta analogía, puesto que es probable que la nueva Comisión aborde temas del sector de energía e hidrocarburos que la previa no veía. Para colmo, la nueva "casa" será ocupada por un grupo de profesionales que nunca han trabajado juntos anteriormente y que apenas se están conociendo.

Mi mayor contribución al panel fue manifestar que la costumbre del Estado mexicano de constantemente hacer cambios institucionales profundos tiene costos que con frecuencia subestimamos. Comparé los cambios a Comisión Federal de Competencia Económica a los que recurrentemente sufren los gobiernos municipales y planteé al público la pregunta de si alguien pensaba que esa fuera la mejor manera de hacer las cosas.

La pregunta que hice fue retórica. Por ello, me sorprendió un poco que Julio Millán aprovechara la ocasión para decir que estaba totalmente de acuerdo en que tantos cambios como este no convenían al País, puesto que interrumpían la marcha de instituciones que apenas estaban despegando. Millán elaboró, diciendo que, en su opinión, una de las principales debilidades del País era la calidad tan baja de sus gobiernos. Planteó que un ejercicio útil sería crear un índice que permita hacer comparaciones internacionales sobre la calidad y eficacia de los gobiernos de México. Durante la conferencia fue imposible aclarar si hablaba solamente del Gobierno federal o si se refería a los tres niveles de gobierno. Conozco un poco cómo funciona su mente y estoy seguro de que su crítica corresponde a los tres niveles de gobierno.

Es probable que los lectores que siguen esta columna sepan que comparto plenamente su opinión. Los tres niveles de gobierno tienen tremendas fallas que causan que sus intervenciones sean muy costosas y poco confiables. Esto ha quedado documentado objetivamente en las evaluaciones que hace Imco sobre la Eficiencia y Eficacia de los gobiernos en los tres niveles.

La evidencia empírica de Imco muestra que la hipótesis de Millán es válida. El desempeño de los gobiernos en los tres niveles es muy pobre. Los gobiernos que tenemos son caros, pero no tanto por lo que gastamos en ellos, sino por la baja eficacia con la cual cumplen sus funciones. Su eficacia es tan baja que los mexicanos acabamos asumiendo costos de oportunidad elevadísimos en todas las áreas que tocan: educación, salud, infraestructura, servicios públicos, seguridad, producción y distribución de gasolinas, etc.

En mi opinión, la mayor debilidad de nuestros gobiernos es a nivel municipal, donde la falta de continuidad institucional causa que cada trienio sea necesario volver a empezar, casi desde cero. Esto también sucede a nivel de los gobiernos estatales, y la disrupción es especialmente grave cuando al concluir el sexenio cambia la filiación política del Ejecutivo estatal, pero el daño puede ser mayor cuando lo que se hace es interrumpir el funcionamiento de instituciones claves del Gobierno federal.

No tengo duda alguna de que al cabo de un rato, los nuevos comisionados de Ifetel y de la Comisión de Competencia lograrán estabilizar las operaciones de sus respectivas instituciones y agarrarán un ritmo operativo aceptable. Pero el periodo de aprendizaje puede ser largo con costos de oportunidad que golpearán el bienestar de los mexicanos. Hacer cambios no es malo, sobre todo cuando los cambios se requieren para remover obstáculos y crear nuevas oportunidades. Pero hacer cambios sólo por el gusto de cambiar es una práctica que se debe evitar.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.