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Los músculos del payaso

FOTO: PRESIDENCIA/CUARTOSCURO.COM

No es raro escuchar en estos tiempos que a México ya se lo cargó el payaso. Las noticias nos dicen diario que el payaso es muy fuerte, y que hay que buscar refugio en donde sea. El psicoterapeuta, los antidepresivos y los datos convencen a esta columna que el payaso no puede cargarse a México.

No es raro escuchar conversaciones (por videoconferencia, en tiempos de pandemia) donde mucha gente expresa el deseo de irse, frustración por la venezuelización de México, pesar por el deterioro veloz de las instituciones y la polarización de la sociedad. Un conjunto limitado de mexicanos puede emigrar, pero también muchos que podrían hacerlo, no lo han hecho. Hay quien dice que somos la rana cuya temperatura en la olla aumenta tan lentamente que no se da cuenta de su situación hasta que está cocida. Otros, pensamos que México es una sociedad que se ha sobrepuesto a muchas crisis económicas y políticas, que es un país donde aún hay oportunidades, una nacionalidad generosa. La hemos librado en crisis anteriores, y vamos a salir bien de esta.

¿De dónde viene este escepticismo sobre qué tan fuerte es el payaso? Aquí hay tres razones que documentan nuestro optimismo:

La Constitución está intacta. No ha habido una reforma constitucional que haga que los cambios de la presente administración sean permanentes. Hay quien dirá que no le demos ideas a los legisladores del gobierno. Sin embargo, un ímpetu legislativo reformador de la Carta Magna implica un diálogo amplio y una discusión empantanada como la que tuvo el país desde la administración del presidente De La Madrid hasta la fecha. La discusión de las reformas estructurales, como quiso hacerse bien, tomó décadas, y el gobierno actual no quiere que su transformación tome tanto tiempo. Como al gobierno actual le corre prisa por implementar sus cambios, ha decidido hacer que sus dichos, reglamentos y estructuras burocráticas y políticas sean las que instrumenten los cambios. Eso implica que tales cambios no podrán ser tan duraderos. Incluso cambios legislativos, como las modificaciones a la Ley de la Industria Eléctrica, pueden esperar largas batallas litigiosas y de interpretación constitucional y de tratados internacionales.

El régimen no tiene claro un norte ideológico. No hay cohesión de pensamiento en el régimen. Esto ya ha creado fracturas que significan conflictos futuros. Algunos políticos y funcionarios actuales son socialistas-comunistas históricos, pero esas ideas no las comparten todos. En Morena, como en el PRI antiguo, conviven reformadores, progresistas, social-liberales, socialistas, nacionalistas-corporativistas, autoritarios y demócratas. Todos ellos se han aglutinado alrededor del liderazgo del presidente, pero eventualmente ese crisol de especies tendrá que resolver sus contradicciones.

No hay herederos de las políticas presidenciales en la siguiente generación. Por su edad, la gran mayoría de los colaboradores del presidente no seguirán participando en la vida pública después de 2024. Algunos de ellos están enteros, y se les desea larga vida; pero no así a sus ideas, porque estas deben enfrentarse a ideas mejores, y sí hay mejores ideas afuera. Ojo: también hay una transición generacional trunca en otros ámbitos. No entusiasman los políticos jóvenes de los partidos de centro y derecha. Los grandes empresarios tampoco han empoderado a sus hijos, nietos, socios y ejecutivos jóvenes. Ese es el reto: quienes serán los grandes políticos, intelectuales, empresarios y líderes de la sociedad en el futuro cercano. ¿Igual y no hay, y ese es el comienzo de una sociedad más democrática?

En un artículo del 2004, Mulligan, Gil y Sala-i-Martin encuentran que no hay diferencia entre las políticas económicas de gobiernos democráticos y autoritarios. Gobiernos autoritarios, como el de China, han realizado reformas pro-mercado. Gobiernos democráticos, como el de Estados Unidos o la Unión Europea, han tomado decisiones autoritarias en lo político y en lo económico. Quizá solamente hay diferencias en cómo se elige a gobernantes y funcionarios, el respeto a los derechos humanos, y el militarismo.

Lo dijeron Luis de la Calle, Valeria Moy y Luis Rubio en un coloquio el año pasado: el déficit mexicano es más democrático que económico. En una de esas el gobierno nos sorprende, y destruye tanto lo político como lo económico. Lo económico es más perdurable y tiene sus propios mecanismos de defensa. En lo democrático, tenemos todo por construir.

Publicado por El Financiero.
24-02-2021