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Los pronósticos mayas

Los mariachis callaron y los mayas fallaron. El pesimismo apocalíptico de nuestros antepasados peninsulares no se confirmó en incidentes que lamentar. Si las encuestas yerran en los números de la elección presidencial, los pronósticos del clima anticipan sol en una mañana lluviosa y las proyecciones económicas se ajustan cada trimestre, ¿por qué deberíamos suponer que nuestros antepasados milenarios habrían de tener mejor puntería sobre el destino? Una cosa es inventar el cero y otra muy distinta es atisbar el fin de los tiempos.

En descargo del oráculo maya podemos afirmar que el mundo no se acabó, pero sí es un lugar muy distinto al que era antes. El esfuerzo por entender los cambios globales no puede ocurrir desde la abullonada quietud de un sofá. Las premisas que ayer sostenían nuestra noción de la realidad hoy tienen más cuarteaduras que una estela prehispánica.

Hace un par de años, la prensa financiera internacional estaba enamorada de Brasil. Portadas, titulares y adjetivos ensalzaban el potencial de una economía que basaba su prosperidad en la exportación de materias primas. Hoy México le gana a Brasil en futbol y en crecimiento económico. En 2011 y 2012, nuestro país tuvo una economía mucho más dinámica y con una inflación menor. Un motivo para generar desasosiego e inquietud es que las porras que hace dos navidades recibía Brasil, hoy endulzan las perspectivas económicas de México. No hay que dejar de celebrar los logros de nuestro país, pero que el optimismo postapocalíptico no nos convoque a echarnos una siesta en los laureles.

Donald Rumsfeld, el ex secretario de Defensa de Estados Unidos, pasó a la historia de las obviedades filosóficas por la autoría de un sugerente epígrafe: “Hay cosas que sabemos. Hay cosas que sabemos que no sabemos. Hay otras que no sabemos que no sabemos”. El mundo que sobrevivió al cataclismo de los mayas estará marcado por esa categoría de fenómenos sobre los cuales ignoramos todo o sabemos muy poco.

Por ejemplo, el oleoducto Keystone. Esta tubería tiene el potencial de cimbrar el orden político y económico en varios rincones del planeta. Sus implicaciones pueden provocar insomnio al secretario de Hacienda, Luis Videgaray, pánico a Hugo Chávez y trastornar las rutas de narcotráfico en América del Norte. El oleoducto de Keystone XL podría conectar los yacimientos de hidrocarburos en Alberta, Canadá, con las refinerías de crudo pesado en Texas. La conexión completa de la tubería, de más de 3,400 kms, todavía requiere del visto bueno de la Casa Blanca. ¿Qué sucedería si en los primeros meses de 2013, el presidente Obama aprueba la construcción de este oleoducto?

Para el año 2014 o 2015, las refinerías de Texas podrían trabajar con el sobreabundante crudo canadiense. ¿Quién es hoy el principal proveedor de esas refinerías? Venezuela. El 40% de las exportaciones de hidrocarburos del régimen de Hugo Chávez acaban en automóviles de EU. Si el presidente-comandante no encuentra un mercado alternativo para su economía mono-exportadora, su régimen tendrá que soportar un enorme descontento social. Después del cáncer, el oleoducto de Keystone es el mayor problema que tiene Chávez. Si hay un terremoto político en Venezuela, ¿cuántos días pasarán antes de que un tsunami transformador llegue a las costas de Cuba? Si hay una transición caótica del poder en Cuba, ¿por dónde será más fácil transportar drogas a EU, por el Caribe o por la frontera con nuestro país? Si hay una sobreoferta de hidrocarburos en América del Norte, ¿cuánto tiempo durará el crudo mexicano por encima de los 86 dólares por barril?

No tengo las respuestas a tantas preguntas, pero ante tanta incertidumbre sí le doy el beneficio de la duda a los mayas. Si el ayer no se parece a la realidad donde vivimos hoy, no hay precedente ni evidencia para suponer que el presente tendrá semejanza con el mañana. No es el apocalipsis, pero sí es el “fin del mundo tal como hoy lo conocemos”. REM, Op. Cit.

@jepardinas