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Malos augurios

*Las opiniones expresadas en esta columna son personales.

La historiadora económica Deirdre McCloskey argumenta que las sociedades que no valoran la vocación y el esfuerzo empresarial tienen un enorme obstáculo para alcanzar la prosperidad. La hipótesis de McCloskey pareciera confirmarse si uno compara el dinamismo empresarial en distintos estados de la República. En Nuevo León hay 22 empresas registradas en el IMSS por cada mil adultos, en Chiapas sólo hay cuatro. En Guerrero y Oaxaca el sector privado también es modesto y despoblado.

Los cuatro estados más pobres de México son también las cuatro entidades con mayor nivel de empleo informal. Como un espejo de alto contraste, los estados con mayor capacidad de generar empleo formal son también los estados con menores niveles de pobreza. El motor más poderoso de creación de empleos formales es la empresa privada.

En México y otros países, los políticos y candidatos se vanaglorian por las cifras de nuevos empleos, como si ellos los hubieran creado. La verdad es que los políticos tienen mucha mayor capacidad de destruir que de forjar nuevas fuentes de trabajo. En este campo, el mayor mérito de un gobierno es proveer los bienes públicos y las condiciones de certeza que permitan el flujo de la inversión privada. Después de la inversión, llega la creación de empleos legales con plenos derechos para los trabajadores.

De acuerdo a cifras del INEGI, el 57% de la población ocupada trabaja en la informalidad. El mayor problema económico de México es el tamaño del empleo informal. Los niveles de pobreza o el bajo crecimiento económico están directamente provocados por la carencia de empleos formales. Según cálculos del economista Santiago Levy, un mexicano que labora en la informalidad es 40% más improductivo que sus pares formales. Estar condenado a la improductividad es estar condenado a la pobreza. Que los informales no sean contribuyentes cautivos en los registros del SAT es un asunto menor. El problema no es que evadan impuestos. La verdadera crisis es que las personas que sobreviven en la informalidad no tienen ni la formación, ni las herramientas, ni el capital para dedicarse a actividades verdaderamente productivas. Sólo la multiplicación y fortalecimiento del sector privado puede romper esas cadenas que sabotean el potencial de los individuos y el conjunto de la economía nacional.

¿Cómo sería México si Chilpancingo tuviera la misma densidad de empresas que Querétaro? ¿Cómo sería el cinturón de pobreza del sureste si Oaxaca y Chiapas tuvieran el mismo nivel de informalidad laboral que Coahuila?
La expectativa de sobrevivencia de una empresa es proporcional a su tamaño. Al igual que en el reino animal, los elefantes viven mucho más tiempo que los insectos. Las microempresas son mucho más vulnerables a la bancarrota que sus pares de mayor escala. La prosperidad de México depende de que las empresas pequeñas se vuelvan medianas, las medianas grandes y las grandes puedan conquistar mercados globales.

Según todas las encuestas, Andrés Manuel López Obrador va en primer lugar de la competencia presidencial. Sin embargo, en una mala tarde, AMLO tiene los modos y los dichos de un perdedor desesperado. Las acusaciones de esta semana en contra de miembros del sector empresarial no reflejan el mínimo común de ecuanimidad de un hombre que aspira a ser jefe de Estado. Explicarle a una persona el papel de la inversión en la generación de empleos es como explicarle la importancia del agua para la navegación. Usar a los empresarios como proyectil de un discurso que busca la polarización social, no son buenos augurios para AMLO y no son referentes auspiciosos para lo que puede venir.

Publicado por Reforma
06-05-2018