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Malos modales

El fin de semana pasado fue mi cumpleaños, lo cual debería ser absolutamente irrelevante para los propósitos de este espacio, pero la íntima normalidad del onomástico se rompió con un inesperado tweet del gobernador de Quintana Roo, Roberto Borge: "Le mando un gran abrazo y mis felicitaciones por su cumpleaños a Juan Pardinas @JEPardinas, Director General de @imcomx". Lo primero que sentí fue vergüenza: "Yo no conozco a este señor". El afable texto de felicitación me pareció un grave riesgo reputacional.

La cortesía es una forma de civilización, una elegancia del alma que ennoblece a quien la profesa y quien la recibe. Sin embargo, el mensaje del gobernador Borge me inspiró a guardar las buenas maneras en el cajón y, por la vía del Twitter, deslindarme de aquel abrazo: "Gobernador @betoborge Usted y yo no tenemos nada que ver. No me amargue mi cumpleaños con sus falsos parabienes".

Quien tenga una visión romántica sobre los aires de renovación que ofrece la juventud, le conviene revisar la evidencia provista por una generación de gobernadores que asumió su cargo a sus treinta y pocos años: Beto Borge en Quintana Roo, Javier Duarte en Veracruz, Manuel Velasco en Chiapas. El divino tesoro de la juventud se convirtió en una amenaza al menguante tesoro del erario público. Algo se pudrió en la transición a la democracia en México, si estos mandatarios estatales son los rostros más conspicuos del sistema político. El origen de esa infección es la impunidad casi perfecta en la que operan las cleptocracias regionales.

Hoy los controles para prevenir y castigar la corrupción sancionan a los despistados, pero absuelven e ignoran los casos más ofensivos para la integridad pública. Tomás Granados era gerente editorial del Fondo de Cultura Económica hasta hace pocos días. Granados es un crack en la edición de libros que ama su oficio y lo ejecuta con una pasión diligente. El matemático editor tuvo que dejar su cargo porque fue inhabilitado por un año, bajo la acusación de haber "usurpado las funciones" de otra persona. Las reglas anti-corrupción que tenemos vigentes dejan impunes a gobernadores y miembros del gabinete presidencial, pero inhabilitan a un editor de libros que no generó daños al patrimonio público, ni aprovechó su cargo para obtener beneficios personales.

La Secretaría de la Función Pública castiga a sus subalternos por pagar con el erario sus lujos gastronómicos, pero bendice el tráfico de influencias y el conflicto de interés en Los Pinos y Hacienda. La PGR debería cambiar sus siglas por PGI, Procuraduría General de la Impunidad. En los hechos, lo único que se procura con éxito rotundo es la falta de castigo. La Auditoría Superior de la Federación denunció que 97% de las denuncias por corrupción que se han presentado desde 1998 han quedado impunes.

En un país donde las leyes e instituciones efectivamente combaten la corrupción, el rechazo social se vuelve menos importante, ya que la autoridad se encarga de aplicar escarmientos en lugar de indulgencias. En México la transa sin castigo tiene dos dimensiones: la impunidad de las instituciones y la tolerancia de la sociedad.

El ejercicio de la cortesía debería ser una regla con sus respectivas excepciones. Esta virtud propia de las cortes reales debería ser un atributo negociable según las circunstancias y los personajes involucrados. Sin insultos, ni estridencias, se puede marcar una línea clara para distinguir lo saludable de lo intolerable. En la biología, el asco cumple una función que permite la continuidad de la especie. La repulsión de alimentos descompuestos o malolientes nos protege de la enfermedad y la muerte. En México, la corrupción es un veneno que tomamos sin hacer muchos gestos. Deslindarse de una felicitación de cumpleaños puede ser una muestra de malos modales o un reflejo instintivo de sobrevivencia.

Publicado por Reforma
28-02-2016