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Mayordomía

Los exo-biólogos hablan de una región en torno a las estrellas en las cuales existen las condiciones de la niña de los rizos de oro: ni demasiado calor, ni demasiado frío.  Dentro de esta zona, las condiciones térmicas son adecuadas para que existan las condiciones químicas y físicas requeridas para que surjan organismos vivos como los que hay en la tierra.
 
En el mundo de los sectores económicos regulados también existe una zona que satisface las condiciones de la niña de los rizos de oro: la regulación no es tan excesiva como que sofoque el desarrollo de los mercados, ni tan laxa que favorezca la presencia de participantes que practiquen conductas predatorias.

El justo medio existe.  Muchos países han pasado por períodos económicos largos sin sufrir los descalabros que derivan de insuficiente supervisión, ni sentir el agobio de una autoridad sofocante que destruye los incentivos económicos para la acumulación de riqueza.

Esto es particularmente importante en el caso de la intermediación financiera.  Como la reciente crisis ha mostrado cierto nivel de regulación es indispensable para evitar que haya conductas irresponsables y predatorias.  Corresponde a las autoridades evitar que los intermediarios financieros operen fuera de la zona de los rizos de oro.  Un ejemplo de lo anterior tiene que ver con las reglas de apalancamiento de los intermediarios.  La norma para los bancos comerciales es mantener un peso de capital por cada diez pesos de activos en riesgo (ajustados por el valor esperado de recuperación).  La experiencia empírica muestra que cuando los bancos se sujetan a este nivel de apalancamiento las cosas generalmente van bien.  En el caso de la crisis financiera actual, varios de los principales intermediarios financieros de Wall Street y The City en Londres, operaban con niveles de endeudamiento de 45 a uno.  A ese nivel su exposición al riesgo los hacía muy vulnerables.

Exceder los niveles de apalancamiento dispuestos en la regulación significaba asumir riesgos inaceptables.  Esto lo sabían los gerentes que operaban estas instituciones; también lo sabían sus   gobiernos corporativos; y las empresas calificadores de riesgo; y los inversionistas institucionales y las autoridades.  Como los incentivos estaban alineados para que los agentes económicos olvidaran la responsabilidad fiduciaria que tienen con los depositantes, era indispensable que los reguladores estuvieran alertas y dieran instrucciones para reducir el nivel de riesgo en cartera.

En este momento, los liberales archi-puristas quizá estarán pensando -¿Qué te pasa Newell?, corresponde a los inversionistas determinar cuál es el nivel de riesgo aceptable para una empresa.-  En general estaría de acuerdo con ellos,  siempre y cuando haya flujos de información adecuados que permitan a los inversionistas y los depositantes juzgar el nivel de riesgo al que están expuestos para poder actuar en consecuencia.  Lamentablemente, en la vida real ni unos ni otros tienen esa información. 

De cara al futuro es indispensable asegurar que los reguladores impongan reglas y estén dispuestos a intervenir si una institución (o un conjunto de instituciones) se sale de la zona de los rizos de oro.  Para eso existe la regulación prudencial; por eso se paga sus salarios a los reguladores.  Pero esta solución tampoco me satisface.

Hoy ya casi nadie habla de la mayordomía, pero es un concepto que me encantaría que los banqueros adoptaran.  La mayordomía era una práctica común que asumían ciertas comunidades.  Pedían a un grupo de personas altamente respetadas y responsables que se responsabilizaran de la administración y cuidado de un bien público (que podía ser la propiedad de una iglesia, o un bien que fuera propiedad de la comunidad).  La función de estas personas era celosamente cuidar que el manejo que se hiciera de los recursos de los ahorradores fuera prudente y conservador.  Su primer objetivo conservar el valor de los recursos.  Para cumplir esta función tenían que asegurar que los recursos se invirtieran en negocios seguros que estuvieran dentro de la zona de la niña de los rizos de oro: ni muy arriesgados, ni muy pasivos.  A veces los mismos banqueros cumplían esta función.

Hoy, tenemos que cuidarnos de los banqueros.  Abandonaron el rol de mayordomía.  También tenemos que cuidarnos de los inversionistas institucionales y de las calificadoras de riesgo.  Ninguno es estos parece entender o aceptar el papel que tienen preservando el valor de los recursos del público ahorrador.  Hoy, la función de mayordomía corresponde primordialmente a los reguladores.  Me pregunto si comprenden el tamaño de la responsabilidad que esto entraña, o si tienen la estatura para cumplir el reto que enfrentan.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.  Las opiniones en esta columna son personales.