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Mercado, democracia, y Estados Unidos

¿Qué fue primero, el mercado o la democracia? Con toda seguridad primero fue el mercado. Es muy posible que las transacciones mutuamente convenientes para las partes hayan surgido mucho antes que el gobierno del pueblo.

Las democracias del continente americano nacieron como respuesta política a fenómenos de mercado. Las reformas borbónicas del Siglo XVIII, degradaron a la América española al nivel de colonia, cuando antes era parte del reino. El otro caso es el de los colonos del norte de América, las trece colonias originales que dieron lugar a los Estados Unidos, que estaban muy enojados con Jorge III por sus impuestos excesivos y monopolios comerciales.

Dentro de los sistemas políticos democráticos de nuestro hemisferio, había uno excepcional: el de los Estados Unidos de América. Alexander de Tocqueville vio, en el país nuevo que surgió en 1776, un sistema político nuevo, construido alrededor de la libertad, la igualdad del individuo ante la ley, la responsabilidad individual, la democracia representativa y los principios económicos de libre competencia y libre concurrencia a los mercados. Dice Lipsey en 1996: “Los principios organizacionales y las instituciones políticas fundacionales de los Estados Unidos son cualitativamente distintos a los de otras naciones occidentales. Por ello, los Estados Unidos se desarrollaron excepcionalmente”. Lipset dice que los canadienses se comparan con Estados Unidos para definir qué son. Los mexicanos hacemos lo mismo. Todos los países nos comparamos de una u otra forma con los Estados Unidos.

En efecto fue un sistema excepcional: floreció durante la mejor parte de los 240 años que transcurrieron entre 1776 y 2016, hasta que llegó Trump.  Un presidente con poco respeto a las instituciones de su propio país y a las internacionales, las mismas que dejó la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial y que lograron mantener paz y estabilidad desde 1945 hasta 2016.

En una conversación,Valeria Moy, del IMCO, le preguntó a Arturo Sarukhán y a Ana Paula Ordorica si se había acabado el excepcionalismo americano. Cierto, antes de Trump hubo otros presidentes con instintos autocráticos. Hay que recordar a Andrew Jackson. En los años 1830, varios Estados de la Unión Americana pasaron leyes para quitarle sus tierras a los nativos americanos, violando varios tratados celebrados entre ellos y las naciones originarias. La Suprema Corte se opuso. Jackson dijo que la Suprema Corte carecía de tropas que le permitieran sostener sus resoluciones. La decisión de la corte sería como un recién nacido muerto, notó en 1832, y así se operó el despojo institucional contra los nativos.

Otra era de oscurantismo fue la del senador Joseph McCarthy, en los años 40 y 50 del s. XX. Fue algún tipo de fascismo, ya que usaba los mecanismos del Estado (notablemente el FBI de Edgar J. Hoover) para desprestigiar a ciudadanos y opositores políticos.

Quizá el excepcionalismo estadounidense está en que esa nación nunca sucumbió al autoritarismo. No se volvió el elemento definitorio de su carácter. Los estadounidenses entendieron que la competencia e innovación que construyen mercados dinámicos pueden aplicarse a la política y a la construcción de instituciones. Así como los productos y las empresas mejoran en el tiempo, o se transforman en nuevas empresas y nuevos productos, una república democrática puede siempre reconstruirse a sí misma.

En la elección estadounidense están en concurso la decencia de Biden contra el cinismo de Trump. Cierto, a Biden de repente “se le va el avión”, pero está detrás de posiciones políticas correctas. Por ejemplo, Biden dijo en el último debate, que no hay lugar para subsidios públicos a las energías fósiles. Según Trump, sin esos subsidios, la industria energética estadounidense fracasará. Biden se mostró preocupado por los niños no acompañados en la frontera. Trump demostró que el tema no le importa.

Federico Reyes Heroles dijo recientemente en una conferencia que la democracia no es para elegir ángeles que nos gobiernen. De la democracia no surgirán líderes perfectos. La democracia nos permite deshacernos de la peor opción. El viejito gagá que se le confunden las cifras es preferible al empresario del espectáculo. Ojalá la sociedad estadounidense elija la decencia por encima del cinismo. Al hacerlo, le quitará la licencia a los autócratas del mundo de compararse con el país excepcional y pensar, equivocadamente, que en realidad no están tan mal.

Publicado por Animal Político
05-11-2020