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México necesita una Reforma Laboral

El principal activo de la gran mayoría de los mexicanos es su tiempo. Por ello, que todos podamos aprovecharlo plenamente en actividades remuneradoras debe ser la prioridad de los políticos, sobre todo de aquellos que se precian de ser cercanos a las causas populares. Sin embargo este casi nunca es el caso, sobre todo entre los líderes que se formaron en el régimen anterior.

Urge modernizar la Ley Federal del Trabajo. Las últimas reformas que se hicieron datan de los años setenta. Cuando el PRI estaba en su apogeo y no enfrentaba oposición política institucional alguna. Lo que tales reformas buscaban (v.gr creación del INFONAVIT, establecimiento de FONACOT, reformas a la forma de operar del IMSS) era recompensar al movimiento obrero por su fidelidad al régimen político, sobre todo después de los conflictos que el movimiento estudiantil había causado. El gobierno federal quería cerrar filas con grupos organizados que lo pudieran retar, y de estos, los más importantes eran las organizaciones sindicales.

El objetivo de esas reformas era cien por ciento político. Las consecuencias económicas de estas medidas eran sacrificables, porque la economía del País estaba cerrada. Los efectos inmediatos de las reformas de los setenta fueron encarecer el empleo formal e inclinar la balanza a favor de los trabajadores en negociaciones con patrones, fueran empresas privadas o particulares.

A partir de esas reformas el funcionamiento del mercado laboral se hizo mucho más rígido y el empleo en los sectores formales se tornó menos sensible a las condiciones económicas. Si la economía crecía, el empleo formal respondía muy lentamente, y cuando las condiciones económicas eran adversas, era casi imposible ajustar el nivel de empleo al nivel requerido para evitar un descalabro financiero grande.

La rigidez del empleo en el mercado laboral se convirtió en un tema aun más significativo cuando la economía del País se abrió. Entre 1990 y 2007, el empleo formal (medido con los datos de filiación al IMSS) creció al 2% por año mientras que la economía creció al 2.6%. Pero los efectos no fueron iguales en todos los sectores. Algunos como el automotriz y de autopartes, lograron adaptarse a las nuevas condiciones de la economía. El éxito en estos casos estuvo en que los empresarios del sector encontraron la forma de aprovechar métodos modernos de producción para hacer crecer la productividad a ritmos que superaban el costo integral de remuneración de los trabajadores. Hubo pocos casos aunque debieron haber sido muchos, puesto que la dotación relativa de factores hace que México tenga una ventaja comparativa en las manufacturas.

Manuel Molano (IMCO), ha mostrado que la mayoría de los sectores de manufacturas no lograron superar el reto de la apertura económica. Paradójicamente a los que mejor les fue son sectores intensivos en capital y tecnología. De hecho, solamente el 25% de los trabajadores en las manufacturas están en sectores que pueden remunerar a todos los factores de producción, y que por ello generan crecimiento económico.

Los pobres resultados de los demás sectores manufactureros se explican por muchas causas. Destacan las condiciones generales de competitividad del País, la escala de operación de las empresas manufactureras mexicanas, la tecnología con que producen y la gestión de los empresarios que las dirigen, pero la evidencia también apunta a que la LFT y la conducta de los líderes sindicales y autoridades contribuyeron a los resultados obtenidos.

Las principales ventajas comparativas de México se encuentran en sectores relativamente intensivos en mano de obra, y sobre todo en manufacturas y servicios. En estas ramas se enfrenta una competencia de costos de producción (v.gr. China e India). Los márgenes de nuestras empresas en estos ramos son pequeños y altamente sensibles a la eficiencia de operación y crecimiento de la productividad de los factores empleados. Por lo mismo, son frágiles ante las condiciones económicas en que operan y sobre todo a la tasa de cambio y fase del ciclo económico. Para que las empresas formales mexicanas de estos ramos sobrevivan es indispensable que puedan adaptarse rápidamente a los retos que el entorno les depara. Si las condiciones institucionales imparten rigidez a las decisiones de empleo y productividad, el efecto sobre la rentabilidad de las empresas será inmediato y directo y la tasa de sobrevivencia de las empresas muy baja.

La reforma a la LFT implica un importante cambio de paradigma: la estabilidad del empleo sustentada en liderazgos políticos y sindicales, por estabilidad en mérito de los trabajadores. Esta y muchas otras razones sobre las que abundaremos en las próximas columnas, hacen indispensable reformar la LFT.

Roberto Newell G. es Economista y Director General del instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.. Las opiniones en esta columna son personales.