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México y el despertar de los árabes

Los cinco países del litoral africano del Mediterráneo tienen una población de 165 millones de personas; 55 millones más que México.  Son bastante más pobres que nosotros: sus PIB’s suman alrededor de 700 mil millones de dólares, unos 350 mil millones menos que México. Los ingresos de sus habitantes son bastante más bajos que los nuestros,  alrededor de la tercera parte de lo que ganamos nosotros. 

El norte de África pesa poco en la economía global- ciertamente menos que México- pero la revolución de estos pueblos tiene en vilo a la economía mundial y ha causado que la cotización del barril de petróleo ligero rebase los100 dólares.  Ese nivel representa una especie de barrera psicológica; cuando el barril del petróleo lo rebasa, empiezan las especulaciones sobre si se acerca una nueva crisis económica en Occidente, o si habrá una nueva guerra en Medio Oriente. 

La convulsión política reciente puede marcar el despertar político de los países árabes en dirección de la modernidad. Si fuera el caso, lo que estamos presenciando marcaría un hito comparable en importancia con la caída del muro de Berlín o la transformación que Deng desató en China. Si la energía transformadora de la ola revolucionaria se agota o se frustra, el resultado podría ser solo un ajuste político parcial que afectará exclusivamente a los países del norte de África, que son los que tienen una mayor relación histórica y política con Europa y Estados Unidos y donde más se han diseminado las ideas modernizadoras de Occidente. 

Si la ola de cambio se agota en el norte de África, las consecuencias de largo plazo no tienen por qué ser espectaculares.  Si bien hay mucho que mejorar, la forma en que operan los sistemas políticos y económicos de Marruecos, Argelia, Túnez y Egipto, las instituciones y estructuras económicas de estos países ya caminaban en dirección de las formas institucionales y métodos de operar de las economías occidentales.  Por ello, es plausible pensar que el efecto final de estos cambios puede acelerar los que ya se estaban dando, pero sin que éstos se extiendan a las monarquías de la Península Arábiga o a las dictaduras de Estado de Siria y Yemen.

Si ese fuera el caso, debemos esperar que venga un período breve de convulsiones económicas y políticas.  Después de esto las cosas gradualmente regresarían a un estado similar en sus manifestaciones externas a las condiciones que prevalecían anteriormente, pero con mejores perspectivas de crecimiento y estabilidad derivadas de las reformas institucionales resultantes.  En mi opinión, este es el escenario político/económico más probable,  sin perder de vista que las condiciones de los sistemas políticos y económicos de los demás países árabes pueden causar que la ola revolucionaria se extienda, con consecuencias mucho más graves e inciertas para la economía global. 

Hay dos posibles vehículos del contagio revolucionario hacia el resto de la región.  Uno de ellos podrían ser los fundamentalistas religiosos que controlan a facciones de organizaciones como la Hermandad Islámica.  Si los fundamentalistas compiten exitosamente por el poder en Egipto (y otros países del litoral mediterráneo) es fácil imaginar que se contagien las poblaciones de otros países de Medio Oriente, sobre todo en la Península Arábiga. 

La ola transformacional también puede extenderse (con o sin la participación de los fundamentalistas) en países donde las instituciones son débiles y corruptas.  En esta situación están Siria, Yemen, Jordania y Palestina. En estos casos, lo que suceda en Libia será el mejor ejemplo de lo que puede suceder.  El vacío de instituciones seculares hace que estos entornos sean un caldo de cultivo ideal donde pueden reproducirse   organizaciones sociales y políticas radicales, como la de Libia actual, o sociedades teocráticas como la de Irán. 

La falta de instituciones seculares autónomas en la región hace casi imposible pronosticar qué vendrá si la ola de cambio toca al resto de los países árabes, y sobre todo si acaba con el Estado actual de Arabia Saudita.  Cualquier cambio que venga indudablemente será  profundo y es casi imposible imaginar que los resultados sean versión árabe de las sociedades liberales de Occidente. 

La ausencia de instituciones seculares autónomas hace que las estructuras emergentes sean dominadas por una combinación de militares y grupos religiosos fundamentalistas, como los que controlan a Pakistán.  Es probable que un conjunto de estados compuestos de estos ingredientes no favoreciera los intereses de Occidente y causaría un largo período de turbulencia en la economía global.

Esta turbulencia no favorecería a México y probablemente conduciría a precios altos de petróleo, inestabilidad cambiaria y tasas de interés elevadas.  Ojalá que la ola de cambio pierda su ímpetu en Medio Oriente.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.