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Michoacán como paradigma

¿Qué podemos esperar de la intervención del Gobierno federal en el Estado de Michoacán? Eso dependerá de qué tan efectiva sea la estrategia de intervención. Hay ejemplos exitosos, como los de Ciudad Juárez, Monterrey y Tijuana. Pero también abundan los fracasos: Tamaulipas, Guerrero, Morelos, Sinaloa y Veracruz.

Los resultados de la primera fase de intervención son relativamente predecibles. En relativamente poco tiempo, se percibirá que llegó un periodo de paz, ganado con base en el despliegue de una fuerza militar inconmensurablemente mayor que la de los Templarios. Su presencia permitirá recuperar control de vastas zonas urbanas y rurales. Después vendrá un juego de gato y ratón entre las fuerzas federales y los Templarios. Probablemente también habrá enfrentamientos con los grupos de autodefensa, sobre todo si el Ejército trata de desarmarlos antes de que se reestablezca el orden en la zona.

Habrá gran confusión sobre quiénes son los buenos y quiénes los malos; también habrá un debate acalorado sobre si la intervención está siendo exitosa. Esta incertidumbre causará que la actividad económica siga deprimida. Pero la disminución de la violencia causará que gradualmente se recupere la actividad comercial y se reestablezca el tráfico comercial interurbano, aunque con rendimientos bajos para los negocios y con pocos incentivos para invertir.

El sector rural será el último en recuperarse, puesto que ahí es donde la presencia de la fuerza pública es menor y donde la fuerza relativa de los Templarios es mayor. En esas zonas seguirá la lucha entre los grupos de autodefensa y la delincuencia organizada, con la participación eventual de las fuerzas armadas.

Si la misión de las fuerzas del orden es simplemente estabilizar la región, una vez que se haya reducido la amenaza de los Templarios, el Ejército y las policías se replegarán. Los rivales de los Templarios aprovecharán la menor presencia de las fuerzas armadas para tomar control de la región, y si el Gobierno retira el Ejército, al cabo de unos pocos años se volverá a repetir el ciclo de violencia. Esto ya sucedió anteriormente y seguirá sucediendo hasta que no se establezcan nuevas instituciones a las que se pueda confiar la seguridad de Michoacán.

La presencia actual de las fuerzas armadas en Michoacán es condición necesaria, mas no suficiente, para asegurar la paz a largo plazo. Para mantener la estabilidad de la región se tendrá que instrumentar un plan multianual que consta de varias fases. Uno de los primeros pasos a dar será evitar que los Templarios huyan del Michoacán a otras regiones. El Ejército actualmente está estableciendo un cerco para evitar que esto suceda. Dentro de poco sabremos qué tan efectiva resultó esta estrategia.

Luego, para asegurar que no regrese la violencia al Estado será indispensable enviar una señal a los demás grupos delincuentes que les comunique que el primero que quebrante el orden público pagará muy caro. La idea es crear incentivos que induzcan a las demás mafias a estarse quietas. Para que esta amenaza sea creíble, el Estado debe responder con gran energía contra cualquier grupo que se brinque las trancas.

Para evitar generar nuevos conflictos, las fuerzas federales deben diferenciar entre los grupos criminales y los grupos civiles de autodefensa. La consigna debe ser actuar con el apoyo y participación de la población local, estableciendo estrategias coordinadas con los grupos civiles más confiables. Esto significa entablar buenas relaciones con las comunidades locales, respetando sus derechos civiles y sus propiedades.

Sobre estas bases será posible iniciar la reconstrucción del tejido institucional de Michoacán. Tal programa constará de varios pasos, principiando por reordenar las policías municipales, rotando mandos, sometiendo a todos los policías a pruebas de confianza y creando nuevos modelos de conducta basados en cero-tolerancia a transgresiones de derechos humanos y corrupción.

También se tendrá que reformar y limpiar el sistema judicial local. La meta de mediano plazo debe ser la creación de un sistema judicial cuya calidad supere la media del País. En las condiciones actuales, una propuesta menos ambiciosa sería insuficiente, puesto que no permitiría recuperar la confianza de la población de Michoacán.

Alcanzar los objetivos planteados tomará varios años. Pero la única manera de vencer el miedo y la desconfianza de los michoacanos es instrumentando una solución ejemplar, que también sea un modelo útil para el resto del País,

La crisis de Michoacán se debe aprovechar para crear un modelo paradigmático de intervención. Michoacán no es el único Estado con condiciones precarias. Necesitamos una estrategia de intervención exitosa que se pueda replicar en otras partes del País.

Roberto Newell G es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.

Publicado por Periódico Reforma

23-01-2014