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Muro mexicano

El muro ya existe. La absurda propuesta de Donald Trump todavía no ha cobrado forma de ladrillos y cemento. Tal vez esa pared de concreto jamás se edifique, pero en el discurso político y en una parte del ánimo social de EU, ya hay una muralla que divide y fractura el proyecto de Norteamérica. La interdependencia comercial entre los dos países seguirá su curso, pero la racionalidad económica tendrá que sortear el obstáculo insalvable de la estupidez política. Tenemos que defender la interacción con la economía del vecino, pero también debemos pensar en estrategias para aumentar el dinamismo de la inversión nacional y el mercado interno.

La Inversión Extranjera Directa (IED) es una importante fuente de innovación y una llave de acceso para las exportaciones mexicanas. Sin embargo, la IED es una fracción modesta de la inversión total en nuestra economía. En 2015, como proporción del PIB, la inversión privada nacional fue cerca de seis veces más grande que la IED. Sin ordeñar a los consumidores nacionales con barreras proteccionistas, ¿qué podemos hacer para hacer más atractiva la inversión en la economía mexicana? Va una idea: una reforma fiscal para ampliar las rutas de acceso a la clase media y fortalecer el empleo formal.

En el IMCO llevamos cerca de seis meses trabajando en esta propuesta. La idea es bajar casi a cero las tasas de Impuesto Sobre la Renta para personas asalariadas que ganen entre 7,500 y 14,000 pesos mensuales. En países como Brasil, Colombia o Chile, el ISR es un impuesto que sólo pagan los deciles de más altos ingresos. En México, nuestra escalera de tasas efectivas de ISR empieza con personas que ganan alrededor de 7,500 pesos mensuales. Un profesionista mexicano que gana 11 mil pesos mensuales ya le entrega un 10% de sus quincenas al SAT; en Chile, una persona con un ingreso semejante no le pagaría nada al fisco por su ingreso.
Obvio que la propuesta no despertaría muchas simpatías en la SHCP, ya que la medida significa una pérdida de ingresos tributarios. El SAT no ha hecho públicas las bases de datos anonimizadas de personas físicas. Resguardando el secreto fiscal y el derecho a la privacidad de los contribuyentes, estas bases de datos podrían servir para hacer un cálculo preciso de este sacrificio tributario. Con los datos disponibles, el IMCO calcula que la pérdida por recaudación fiscal rondaría los 50 mil millones de pesos. Esta cifra no son cacahuates pero tampoco es un monto inmanejable para las finanzas públicas. Tan sólo el fondo de moches que administran los diputados tiene 9 mil millones de pesos. Con ese dinero ya se recuperó cerca del 18% de la hipotética baja de impuestos. Si el presidente Peña Nieto hiciera un ayuno o dieta moderada de eventos públicos en 2017, de ahí, Presidencia se podría ahorrar otra lanita.

El dinero también podría venir de los excedentes de recaudación fiscal. En 2015, la diferencia entre la recaudación de impuestos presupuestada y la que realmente ocurrió durante el ejercicio fiscal significó un superávit de 390 mil millones de pesos. Con este ingreso inesperado alcanzaría a cubrir varios años de una baja de impuestos para los deciles medios de ingresos.
El muro más grande que nos margina de la prosperidad no es el que quiere construir Trump, sino el que separa a los mexicanos entre los hemisferios de la economía formal e informal. Las mayores desigualdades de ingreso y oportunidades no están sólo entre "ricos y pobres" sino entre los empleados formales y los supervivientes informales. La mayor perversidad de la informalidad no es la evasión fiscal sino la condena de familias y generaciones a sobrevivir en trabajos con bajos niveles de productividad.

El muro de la informalidad no se va a demoler con un solo golpe de política pública. Sin embargo, reducir el ISR de los deciles intermedios puede ayudar a preservar el empleo legal, nutrir el mercado interno y fomentar la creación de nuevas empresas. ¿Quién toma esta bandera?

Publicado por Reforma
29-01-2017