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Muros y puentes

¿Si pudieras regalarle un libro a Donald Trump, qué título le darías? El próximo presidente de Estados Unidos no parece un hombre dado a la introspección propia de la lectura. Sin embargo, me encantaría obsequiarle un ejemplar de Connectography, un libro sobre ese mundo globalizado que entró en estado de coma el 9 de noviembre, cuando se hizo oficial el resultado de la elección presidencial en EU. Parag Khanna, el autor, argumenta que la conectividad es destino. La cartografía del siglo XXI no está determinada por las líneas que dibujan fronteras y los contrastes de color que distinguen a los territorios nacionales. Un mapa que busque reflejar al mundo de hoy tendría que delinear los flujos de pasajeros aéreos, la intensidad de los cruces fronterizos, los cables submarinos de internet, las carreteras, los puertos y los gasoductos.

Trump amenaza con borrar ese mapa de interacciones humanas e intercambios económicos para fundar una cartografía donde el país más poderoso del mundo es una isla delimitada por murallas, prejuicios y océanos. Los muros generan la ficción de que un país ha recuperado el control de su territorio, su seguridad y su destino. Sin embargo, estas infraestructuras de piedra y cemento que buscan frenar el movimiento de personas, siempre acaban en la obsolescencia. Como sostiene Alexandra Novosseloff, estas grandes barreras físicas terminan convertidas en atracciones turísticas, ya sea la Gran Muralla China, el Muro de Adriano en Inglaterra o su pariente de Berlín.

Es imposible saber con exactitud qué tanto las promesas del candidato Trump se convertirán en las políticas del presidente Trump. Sin embargo, tenemos que planear estrategias con los peores escenarios en mente. Si el republicano se quiere reelegir en el 2020 tendrá que cumplir algunos de los irreverentes compromisos que definieron su agenda de campaña. Para México, defender el TLCAN implica proteger la mayor turbina que mantiene a flote a la economía nacional. Con su temperamento y conducta en los últimos 18 meses se puede inferir que el estilo de negociación del presidente Trump estará más basado en amenazar y avasallar a su contraparte, que en un esfuerzo de conciliación.

A pesar de la evidente asimetría entre las dos economías, México no está atado de manos. Como lo reconoció el mismo Trump en su campaña, nuestro país tiene entre los arquitectos del TLCAN a algunos de los mejores negociadores comerciales del mundo. México es el segundo mercado global de las exportaciones de EU, sólo detrás de Canadá. Si la economía mexicana crece más rápido que la de nuestros socios canadienses, sería muy probable que en pocos años nuestro país se convierta en el primer destino de las exportaciones estadounidenses. En 2015, México compró más productos gringos que Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia, Holanda y Bélgica juntas.

Para Estados Unidos entrar en una guerra comercial con México sería darse un escopetazo en el pie. El problema es que para nuestra economía ese disparo sería directo al corazón. El 15% de sus exportaciones las compramos nosotros, pero ellos adquieren cerca del 78% de las nuestras. Para Trump cumplir sus promesas de campaña con respecto al TLCAN implicaría sacrificar empleos, utilidades e ingresos fiscales en su propio país. Falta ver si la evidencia y la realidad servirán para inyectar un poco de sobriedad y templanza al próximo habitante de la Casa Blanca.

Con Brexit y Trump la globalización ha perdido dos batallas clave, pero aún es temprano para emitirle su acta de defunción. Los flujos comerciales globales han generado desequilibrios entre regiones y personas, pero suponer que la solución a estas inequidades está en secar los flujos comerciales equivale a apagar un incendio con un bidón de gasolina. En una época de muros, a México le tocará construir puentes.

Publicado por Reforma
20-11-2016