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Nacionalismo y testosterona

La última vez que publiqué un texto en Reforma, Crimea era una región de Ucrania. Eso ocurrió en el lejano siglo del domingo anterior. En un mundo que cambia tan rápido, la semana pasada parece un tiempo distante. Hasta hace pocos días la mayor amenaza para Europa era la incipiente recuperación económica. Ahora Vladimir Putin ha convertido a la testosterona en la substancia principal de la política exterior rusa. El ex espía de la KGB sacó su lápiz y goma para redibujar las fronteras de Europa.

Ucrania está a ocho husos horarios de distancia de México. Sin embargo, la agresión de Moscú tendrá consecuencias en distintos rincones del orbe. Con su valentonada, Vladimir Putin se ha convertido en un héroe involuntario en la lucha por reducir las emisiones de carbono y el calentamiento global. La causa a favor de las energías menos contaminantes debería erigirle un monumento al aspirante a Zar. Rusia es el tercer productor de petróleo y el primer exportador de gas del mundo. Putin usa su capacidad de producción de energía como un mecanismo de presión geopolítica, igual que sus antecesores soviéticos utilizaban las armas nucleares. En 2006 y 2009, Rusia cortó sus exportaciones de gas a Ucrania para poner contra la pared a su vecino. En medio del invierno, millones de personas se quedaron sin calefacción en Europa del Este. Gazprom, el monopolio de gas ruso, perdió recursos importantes con este boicot a sus clientes pero las pérdidas financieras fueron un sacrificio en este ajedrez estratégico.

Alemania es el principal consumidor del gas ruso. El motor industrial de Europa y la cuarta economía más grande del planeta están a merced de los caprichos de Putin. Los alemanes eran una potencia en producción de energía nuclear. Sin embargo, a la postre del accidente de Fukushima en Japón en 2011, el gobierno germano decidió dejar fuera de operación toda su capacidad de generación de energía nuclear para el año 2022. Esta misma semana, varios países europeos se reunieron para discutir alternativas para reducir la dependencia de las importaciones rusas de combustible. La eficiencia energética ya no es sólo un tema de protección al medio ambiente sino de seguridad continental.

A principios de 2014, el prestigiado centro de investigación Brookings le envió al presidente Obama un memorándum solicitándole levantar la prohibición legal que tiene Estados Unidos para exportar petróleo. El impedimento a exportar crudo está disperso en legislaciones distintas que buscaban proteger a la economía de EU de boicots internacionales y periodos de escasez. Estas normas fueron diseñadas más para el shock petrolero de 1973 que para la revolución energética del siglo XXI. En conjunto, Estados Unidos y Canadá tienen garantizado el abasto de buena parte del consumo de hidrocarburos de ambos países. De acuerdo con Brookings, el paso lógico a este nuevo orden energético es que EU se convierta en un exportador de petróleo. En materia de gas, Estados Unidos sólo tiene una terminal, en Alaska, que permite transformar el gas en líquido, reducir su volumen y así facilitar la exportación por barco. Sin embargo, ya hay 25 solicitudes para construir igual número de plantas de este tipo. Las plantas diseñadas para importar gas ahora tendrán que ser reconvertidas para el proceso inverso de exportación. Esta reingeniería tomará algunos años, pero los hechos y dichos de Putin han generado el clima político para meterle el acelerador a los cambios. Las ambiciones territoriales de Rusia han catalizado una serie causas y consecuencias que apenas empezamos a entrever.

Publicado por Periódico Reforma
23-03-2014