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NAFTA a los 20 años

DE CONVICCIÓN LIBERAL. Si el Gobierno hubiera reformado las reglas de operación del sector energético y de otros sectores, al momento de firmar el TLC, la economía habría crecido a un ritmo sostenido mucho más alto que el observado.

Veinte años fueron suficientes para transformar la economía del País. La apertura económica (que inició con la entrada al GATT) se potenció con el TLCAN. Veinte años después, la economía de México es otra. La relación económica con Canadá y Estados Unidos permitió aprovechar la disponibilidad de mano de obra y la situación privilegiada en logística. El resultado fue el establecimiento de clusters de empresas manufactureras hípercompetitivas organizadas a lo largo de la frontera y del corredor México-Laredo.

El TLCAN transformó la vida de los mexicanos: Creó oportunidades de empleo para millones de personas; multiplicó la variedad de mercancías y bienes disponibles para los consumidores; causó que se abaratara la dieta de los mexicanos, y debido a la disponibilidad de proteínas y calorías más baratas, tuvo un impacto directo sobre el bienestar de las familias más pobres del País.

La integración comercial con los países vecinos aceleró la transformación integral del País. Por ejemplo, creó circunstancias que obligaron a modernizar la infraestructura logística y la forma en que operan las empresas de transporte. También creó incentivos para transformar el sector de telecomunicaciones y para acelerar el crecimiento de la oferta de energía eléctrica. Las nuevas reglas del juego de comercio internacional hicieron obvio que urgía establecer instituciones para regular la banca y las telecomunicaciones y para evitar que empresas dominantes abusaran de su poder económico.

Algunos de los cambios institucionales fueron sumamente exitosos. Por ejemplo, el haber otorgado autonomía al banco central y focalizado a la institución en la estabilidad de precios condujo a niveles de inflación más bajos y al establecimiento de un mercado de divisas en el cual flota el peso, garantizando la estabilidad de la economía. Como este ejemplo hay varios otros menos vistosos que han contribuido a que la economía opere sobre bases más sólidas y modernas.

Otros cambios fueron menos exitosos. Por ejemplo, retrospectivamente es obvio que el principal defecto de la desestatización de Telmex fue hacerlo sin construir un andamiaje institucional robusto para regular las operaciones del sector, sobre todo en la presencia de una empresa dominante como Telmex. El Gobierno se habría ahorrado muchos conflictos y la economía habría crecido más velozmente, si se hubiera invertido lo necesario para crear capacidades regulatorias del tamaño y calidad requeridos.

Pero los principales errores que se cometieron no tuvieron que ver con lo que sí se hizo, sino con lo que se dejó de hacer. Si el Gobierno hubiera reformado las reglas de operación del sector energético y de otros sectores, como el de telecomunicaciones, educación básica y salud, al momento de firmar el TLC, la economía habría crecido a un ritmo sostenido mucho más alto que el observado.

También faltó invertir mucho más en la transformación institucional del País. Retrospectivamente, es obvio que una de las principales áreas de subinversión fue en la modernización del sector judicial, y sobre todo en lo que atañe a la operación del sistema de procuración de justicia de los estados y municipios. Las reformas que instituyó Zedillo fortalecieron la autonomía de la Suprema Corte y el funcionamiento de los tribunales federales, pero el impulso renovador fue mucho menor a nivel estatal y municipal, con las consecuencias que están a la vista.

También se invirtió de menos en el fortalecimiento de la operación cotidiana de los gobiernos municipales. Actualmente, la gran mayoría de ellos siguen siendo incapaces de cumplir las tareas que les corresponden como proveedores de servicios municipales. Por ello, la gran mayoría de nuestras ciudades enfrentan problemas de todo tipo: la infraestructura urbana es inadecuada, los servicios públicos son deficientes, la seguridad pública es frágil y las finanzas públicas municipales son vulnerables e insuficientes para fondear las inversiones requeridas. Por ello, la oferta urbana de la mayoría de las ciudades del País dista mucho de las condiciones requeridas para atraer y retener inversiones y talento.

En suma, el 20 aniversario del TLCAN sirve para recordar los grandes frutos que derivaron de esta iniciativa modernizadora, pero también nos recuerda que la tarea de modernización económica e institucional todavía está incompleta.

El camino que se empezó a trazar a partir de la apertura del País es el camino correcto a seguir. Pero todavía estamos lejos de alcanzar la meta de ser economía competitiva, de clase mundial. Las recientes reformas constitucionales deben servir para despejar obstáculos, pero la tarea de instrumentación de estos cambios apenas inicia. Si aprovechamos inteligentemente los siguientes 20 años, podemos construir una sociedad más moderna, desarrollada y equitativa. Es hora de cambiar.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.

Publicado por periódico Reforma 

16-01-2014