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No a la rendición

Mañana 1º de septiembre el Presidente entregará su Cuarto Informe de Gobierno al que está obligado por la Constitución. No se presentará ante el Congreso a hacer el resumen del recuento del estado que guarda su administración ni dirigirá un mensaje político a la nación en el cual se puedan vislumbrar sus opiniones sobre cómo va el país ni tampoco su proyecto para los próximos dos años y dos meses que restan a su gobierno. No hay, se dirá, las condiciones para hacerlo. No las hubo el año pasado ni el antepasado ni en las anteriores desde que los legisladores de oposición impidieron a Vicente Fox ingresar al recinto legislativo para entregar su último Informe de Gobierno. Entonces el hoy ex-presidente dijo: “Ante la actitud de un grupo de legisladores que hace imposible la lectura del mensaje que he preparado para esta ocasión, me retiro de este recinto”.

Se inauguró entonces la época de la entrega por escrito del informe y una alocución en local y día alterno frente a los medios y a un grupo restringido de miembros de la élite económica, política, social e internacional siempre salpicado, a manera de decoración, por algunos grupos que no pertenecen a ella.

Hoy el Presidente ha anunciado un nuevo ejercicio. Lo hace en un contexto en el que en sus propias palabras el humor social no anda bien, en el que a decir suyo las buenas noticias no se cuentan, en el que su popularidad es la más baja de la historia para un Presidente en su cuarto año de gobierno y en el que las expectativas hacia el futuro son más bien pesimistas.

Personalmente, me parece un error haber acabado con el día del Presidente. No me engaño, el Informe de Gobierno nunca ha sido un ejercicio de rendición de cuentas. Decir lo que has hecho y lo que harás desde la tribuna legislativa no califica como rendición de cuentas ni en el sentido más light de la palabra. Aun así, me parece que la presentación del Presidente “ante la nación” es parte de una institucionalidad saludable que pone énfasis en las prioridades, da pistas sobre el futuro inmediato, problematiza la situación por la que atraviesa el país, llama a la unidad nacional, que con suerte contiene una dosis de autocrítica y que propone las formas de resolver los retos inmediatos. Igualmente importante es el post-informe. Cuántas personas lo vieron, qué opinaron, cuál fue la reacción de la oposición y de la opinión publicada ante el mensaje. Éstas mediciones son una especie de termómetro sobre la credibilidad del Presidente.

Nada de eso tendremos mañana.  En su lugar tenemos y tendremos dos cosas. Tenemos ya una propaganda gubernamental abrumante centrada en el mensaje de que “las buenas noticias no se cuentan” y de que “lo bueno cuenta mucho”. Un mensaje difícil de comunicar cuando el gobierno federal reprueba estrepitosamente ante la mayoría de las preguntas sobre desempeño en la mayoría de los campos que miden las encuestas: violencia, inseguridad, educación, crecimiento, corrupción, etc. Aunque haya algunas buenas noticias, ¿cómo vender que se avanza en los cinco ejes de gobierno —un México próspero, incluyente y en paz con responsabilidad global y educación global— cuando los signos van en sentido contrario?

Tendremos también un experimento basado en la tradición anglosajona de lostown hall meetings que son reuniones públicas informales  abiertas a una comunidad en la que los asistentes se hacen oír, externan sus preocupaciones y opiniones, exponen ideas y cuestionan a los funcionarios públicos. En esta ocasión, esta comunidad estará compuesta por jóvenes representantes de diferentes sectores de la sociedad.

Suponiendo que el que presenciaremos el 1º de septiembre sea un ejercicio sin censura y aceptando que es positivo que el Presidente escuche a los jóvenes, en ningún sentido puede sustituir la idea de que se dirija a todos los mexicanos y explique por qué estamos cómo estamos y cómo se propone cambiar el rumbo.

Haciéndose cargo de la difícil situación por la que atraviesa el país y del rechazo hacia Peña Nieto y su gabinete, creo que al no arriesgarse a dar un mensaje político pierde la oportunidad de dar la esperanza de que su administración puede corregir el rumbo. Un mensaje que logre lo impensable: el reposicionamiento de su gobierno.

Sé que no son momentos de optimismo, pero no dejo de pensar que a Peña Nieto le quedan más de dos años al frente de la Presidencia y que no puede rendirse, ni capitular, ni resignarse. Que ese lapso es la mitad del término del que dispone un presidente en EU y que dos años antes de dejar la presidencia Obama estaba en uno de sus peores momentos de desaprobación, pero hoy logró invertir esa percepción para situarse en el 51% de aprobación.

Publicado por Excélsior
31-08-2016