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No me gusta el marcador

La semana pasada escribí sobre el conflicto comercial entre México y Brasil. Advertí en esa columna que debido a la falta de un tratado de libre comercio entre los dos países éramos rehenes de los caprichos del Gobierno brasileño y de sus aliados en el sector privado y los sindicatos. La economía de Brasil es un tejido de intereses en el que las instituciones casi no figuran. En cuestiones comerciales su atraso es enorme. El ACE 55 supuestamente establecía las condiciones para el libre comercio de vehículos ligeros entre los dos países, pero la debilidad competitiva del sector automotriz brasileño causó que su déficit comercial creciera a niveles, para ellos, inaceptables. Por ello, el Gobierno brasileño unilateralmente decidió exigir la renegociación de los términos de ese Acuerdo. Su postura de negociación fue: o aceptan cuotas de importación o cancelamos el Acuerdo. Asumieron una posición equivalente a la de un niño que decide cambiar las reglas del juego porque no le gusta el marcador.

Después de un mes de negociaciones, el Gobierno y sector automotriz mexicano cedieron ante la presión brasileña y aceptaron cuotas que reducirán las exportaciones a ese país cuando menos durante 3 años. Se supone que al cabo de ese periodo se restablecerán las condiciones pactadas en el ACE 55, pero como cedimos ante el chantaje brasileño, temo que cuando se cumpla el plazo insistirán en mantener las cuotas, quizás hasta en niveles más bajos. Como no tenemos un acuerdo comercial más amplio que involucre otros sectores con los cuales podamos presionarlos (como en el caso del cruce fronterizo de unidades de transporte de carga a EU), hay poco que se pueda hacer para obligar al Gobierno de Brasil a cumplir lo acordado.

Para que el comercio bilateral entre los dos países crezca y se mantenga estable necesitamos un Tratado de Libre Comercio que establezca amarres jurídicos más robustos que los que se establecen en el ACE 55. Por lo pronto, la conducta del Gobierno brasileño fue tan ventajosa que hizo políticamente inviable lograr un tratado comercial más amplio en un futuro próximo.

Aun antes de este conflicto comercial, en México ya había resistencia a negociar un tratado comercial más amplio con Brasil. Varias organizaciones del sector privado mexicano se resistían a un acuerdo más amplio por diversas razones.

El organismo empresarial que montó la resistencia más visible fue el CNA (Consejo Nacional Agropecuaria). Lo que motivaba a esta organización eran los intereses económicos de algunos de sus agremiados, particularmente los productores de carne. Un acuerdo comercial con Brasil hubiera intensificado la competencia para estos productores. Desde la perspectiva de los consumidores esto no hubiera sido malo. El efecto neto de mayores importaciones de carne hubieran sido precios de carne más bajos, con los consecuentes efectos sobre el bienestar de los consumidores.

Otras organizaciones presentaron argumentos más sutiles y sofisticados. Varias organizaciones expresaron el temor de que un acuerdo comercial general con Brasil se instrumentara en forma sesgada, puesto que el Gobierno brasileño tiene un largo récord de aplicar barreras no-arancelarias (como las cuotas que acaba de imponer a la producción de autos de México) para obstruir las exportaciones de otros países. La conducta del Gobierno brasileño forzando que se establecieran cuotas parecería confirmar la tesis de los organismos mexicanos.

Pero su argumento no me convence, ni siquiera a la luz de los eventos recientes. Tarde o temprano vamos a querer mantener flujos comerciales más grandes con Brasil, China, India y Rusia que también son economías mercantilistas. Para que este comercio esté sobre bases equitativas y confiables tendremos que vencer los obstáculos que estos países indudablemente pondrán en el camino. La mejor fórmula para ellos será negociando acuerdos comerciales amplios que definan reglas claras y establezcan mecanismos para la resolución de disputas.

México juega un juego institucional en la economía mundial. Cambiar esta conducta por una conducta carente de principios y convenenciera, del tipo que aplican Brasil y las demás economías citadas en esta columna, no nos conviene. A lo largo de los últimos años, gradualmente hemos vencido los obstáculos que otros gobiernos han puesto para proteger a sus empresas locales. Cada una de estas victorias (v.gr. aguacate, transporte transfronterizo, atún, jitomate, para citar sólo algunas) ha servido para establecer un precedente y ha allanado el camino para otros sectores en situaciones similares. En estas disputas la mejor defensa ha sido contar con acuerdos comerciales amplios que establecen reglas claras y prevén mecanismos para la resolución de conflictos. Con los BRICS establecer acuerdos que contengan reglas claras para evitar abusos será aun más importante.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.