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Noruega y Nigeria

La reforma energética tiene el potencial de grandeza para transformar a México.

Esta semana el Congreso logró el cambio constitucional más difícil de imaginar, ahora falta lo más difícil de hacer: convertir a la reforma energética en un detonador de crecimiento económico. La siguiente versión del Mexican moment no debe durar un instante, sino una generación.

La gran mayoría de países que han implementado reformas semejantes se han beneficiado del cambio en el status quo, pero toda regla tiene su excepción. El caso más exitoso es Noruega, donde la reforma detonó inversión, empleo, cadenas de producción y modernizó a Statoil, su empresa paraestatal de energía. El ejemplo más desastroso es Nigeria, donde la voracidad cleptocrática y las debilidades institucionales concentraron las ganancias en muy pocas manos. Otros ejemplos, como Brasil y Colombia están más cercanos al éxito del país nórdico que al infortunio de la nación subsahariana. Para evitar el camino de Nigeria se requiere garantizar mecanismos de transparencia y rendición de cuentas. El combate a la corrupción ya no sólo es un asunto de probidad y buen gobierno, sino de sustentabilidad de las finanzas públicas.

No será fácil explicar que los beneficios de las inversiones deberán ser proporcionales a los riesgos. Un proyecto que necesite mucho dinero para desarrollarse y tenga un alto nivel de incertidumbre o complejidad geológica, requerirá de primas atractivas para atraer inversionistas. Cada contrato necesitará de una explicación clara de sus condiciones específicas y de protocolos rigurosos de transparencia. Una de las formas más rápidas para deslegitimar la reforma, y de paso fortalecer políticamente a sus adversarios, será clasificar como reservada o confidencial la información relativa a un contrato o un yacimiento. Será necesario utilizar referentes internacionales, de Brasil, Colombia y Noruega, como parámetro de las condiciones contractuales. Uno de los mayores retos será la auditoría y fiscalización de los costos de producción que inevitablemente tendrán un impacto en los márgenes de utilidad del Estado mexicano.

La condición principal para que funcione la reforma es forjar una agencia reguladora del sector energético con capacidad técnica para entender las circunstancias del mercado, pero suficiente músculo para representar el interés nacional. La mayor debilidad de la reforma es no haberle otorgado autonomía constitucional a la Comisión Nacional de Hidrocarburos (CNH). Supongamos, sin conceder, que el presidente Peña Nieto es un hombre institucional que respetará firmemente las deliberaciones de la CNH. El problema es que su gobierno termina en cinco años y no sabemos quién será titular del Ejecutivo a partir de 2018. ¿El diseño aprobado esta semana aguantaría un eventual Presidente o Presidenta emanados de las filas de las izquierdas mexicanas? No tengo una respuesta clara a esta pregunta, pero estoy seguro que la CNH resistiría mejor los vaivenes propios de la democracia con un mayor blindaje jurídico. El ciclo de maduración de una inversión en un proyecto de aguas profundas rebasa los horizontes de un sexenio. La mejor prueba de que esta reforma sí funcionó es que en el año 2019 nadie tenga la idea o necesidad de plantear otra ronda de cambios constitucionales en materia energética.

Es clave atender los detalles y la ejecución operativa de la reforma. Sin embargo, también es tiempo de reconocer la magnitud transformadora de los cambios que se aprobaron esta semana. Nuestra democracia dio una tregua a las mezquindades para construir un acuerdo que parecía imposible. Son días para reescribir la historia. Esta reescritura es motivo de indignación y agravio para muchos, para otros es un alineamiento de nuestras instituciones con el sentido común. El petróleo, como la reforma energética, son sólo medios para alcanzar un fin mucho más trascendente que nuestras propias filias y fobias.

Publicado por Periódico Reforma (15-12-2013)