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Nueva Ortodoxia

En ciencias, la manera sencilla de cometer errores es aceptar sin cuestionamiento las premisas clave de un argumento analítico. Aun cuando gradualmente se ha ido forjando un consenso respecto del cambio climático y sus posibles consecuencias, hasta la fecha un grupo de científicos cuestiona la calidad de la evidencia disponible. Sobra decir, que si no hay consenso respecto de la validez de estos datos, tampoco lo hay respecto de los diagnósticos y propuestas de abatimiento de gases de efecto invernadero (GEI) que se debaten actualmente en Cancún.

La COP 16 tiene como objetivo acordar metas nacionales de reducción de emisiones cuyo punto de partida son las conclusiones que alcanzaron los científicos comisionados por la ONU.  El documento que más influyó las percepciones de los gobiernos es el Informe Stern, que recoge y sintetiza las conclusiones alcanzadas por los científicos y propone a la humanidad invertir el 1 % de PIB global en la reducción de emsiones para evitar que la temperatura media global suba más de 2ºC durante este siglo. 

Las recomendaciones del Informe Stern se han convertido en una nueva ortodoxia.  Los burócratas internacionales reunidos en Cancún parten del supuesto que el mundo está amenazado por el calentamiento global que provocan los GEI como sub-productos de la actividad industrial. Creen que para evitar catástrofes derivadas de los cambios en la atmósfera es indispensable reducir el crecimiento de las emisiones de dióxido de carbono, aunque muchos economistas y ambientalistas cuestionan si esta forma de atacar el problema es la más sensata.  Hoy hay mayor acuerdo entre los burócratas sobre qué hacer para contener el calentamiento, que entre los científicos, ambientalistas y economistas que han estudiado el problema.

Mi posición al respecto es agnóstica. Los modelos que se usan para hacer las proyecciones del calentamiento global son sumamente complejos y descansan sobre premisas que irán variando conforme avancen los conocimientos científicos. Pequeños cambios en sus premisas frecuentemente significan grandes cambios en los resultados proyectados; la varianza de los resultados crece aún más cuando estos se usan para cuantificar los efectos del cambio climático. 

Lo más importante incluso por resolver, es cuál es el conjunto de estrategias económicamente óptimas para reducir el calentamiento global. Es probable que conforme avance la ciencia la respuesta a esta pregunta vaya cambiando.  Por ello, antes de agarrar grandes compromisos económicos sería útil despejar las principales cuestiones que aún se debaten.

Ojalá que la mayoría de los funcionarios públicos reunidos en Cancún piensen como yo. Hay mucho que no sabemos sobre cómo enfrentar este reto. Compromisos demasiado rígidos pueden conducir a decisiones económicas irracionales.  Como no hay certidumbre sobre cuál es el conjunto de tecnologías de abatimiento económicamente óptimas es preferible adoptar una estrategia que conste de muchas pequeñas decisiones recursivas que se vayan afinando conforme avancen nuestros conocimientos.  La mejor forma de transparentar cuáles estrategias son las más convenientes es mediante el establecimiento de un mercado global de emisiones.  La medida más eficaz para inducir conductas económicamente racionales es con incentivos económicos que transparenten el costo de las externalidades de los GEI.

Para atenuar las consecuencias del calentamiento global también es indispensable seguir invirtiendo recursos en investigación básica sobre los fenómenos climáticos. El calentamiento global no debe combatirse como una crusada religiosa, sino como un reto cuyas características solo se podrán descifrar en la medida en que estas se analicen más profundamente.

La falta de acuerdos entre China y Estados Unidos hace poco probable que la Cumbre de Cancún concluya con acuerdos vinculantes. Esto quizá sea una bendición. Espero que una de las principales conclusiones de la Cumbre sea destinar más recursos a despejar las dudas que aún no resuelve la comunidad científica.  Tan importante como esto será contar con recursos para diseñar tecnologías verdes con costos competitivos con las fuentes energéticas tradicionales.

Para México lo que sigue está muy claro. Dado que una elevada proporción de los proyectos de abatimiento de emisiones de GEI tiene tasas internas de retorno privadas positivas, se debe poner en marcha un esfuerzo nacional para sistemáticamente identificar y capturar estas oportunidades. Nuestras empresas (y economía) ganarán eficiencia en la medida que esto se haga y generaremos menos emisiones contaminantes.  La agenda de trabajo resultante nos debe mantener ocupados durante varios años, mientras se despejan muchas de las dudas arriba planteadas.

Roberto Newell G. es Economista y Director General del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna, son personales.