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O sea...

Espero que a la hora que usted lea esto Hillary haya ganado. Las elecciones presidenciales estadunidenses son un evento prácticamente único. Son nacionales porque de ellas surgen un presidente y vicepresidente para todo el país. Son estatales porque dado el extraño sistema electoral de EU los candidatos tienen que ganar no el voto de la mayoría de los electores a nivel nacional, sino de los estados de la Unión Americana. Son globales porque quien llegue a la Presidencia hace una gran diferencia para el futuro de muchos países del mundo.

En todo caso, son muchos los aprendizajes y lecciones que arrojan. No importan las características del sistema electoral, la clave es que los contendientes, partidos y votantes lo acepten como válido. Recomiendo un libro espléndido de Robet Dahl (How Democratic is the American Constitution) que es la mejor reflexión que haya leído sobre el carácter antidemocrático de la Constitución americana. Independientemente de cuántos votos populares obtenga el ganador, el futuro presidente de Estados Unidos puede llevarse la Presidencia ganando la mayoría simple de los votos emitidos en tan sólo 12 estados. O sea, el problema no son las reglas que siempre pueden mejorarse, sino su aceptación.

La inédita balandronada de Trump, en el sentido de que no estaba seguro de reconocer los resultados de la elección si perdía, fue rápidamente reemplazada por la afirmación de que agotaría los recursos legales para cuestionar los resultados. O sea, el problema no es litigar, sino acatar lo que dicten las autoridades competentes en lugar de deslegitimar el sistema.

No es una excepción que el candidato que va perdiendo reclame que las elecciones están siendo manipuladas desde diversos frentes. Los villanos favoritos siempre son el gobierno en funciones y los medios, seguidos por los encuestadores. Esto pasa en todo el mundo. O sea, la culpa nunca es mía, sino de los otros.
El apoyo del gobierno en turno es (y debe ser) válido siempre y cuando no involucre recursos públicos. Que Obama diga que Trump es un peligro para la nación o que no es apto para ocupar la Presidencia no es motivo para “reconvenirlo” ni mucho menos para pedir la anulación de una elección. O sea, los gobiernos en turno tienen el derecho a la libertad de expresión y el de apoyar al candidato de su elección.

Muchas veces escandaliza la cantidad de dinero que fluye en las elecciones de Estados Unidos, prácticamente todo de origen privado. Según un reporte de la BBC, el voto de cada uno de los ciudadanos de ese país habrá costado 11.67 dólares. El mexicano costó en 2012 —sin contar la organización de las elecciones ni el dinero “negro”— aproximadamente 25 dólares por ciudadano (Reforma06/11/2016). O sea, sí se puede abaratar nuestra democracia.

Las preferencias son volátiles. Ni siquiera en una elección bipartidista se puede descartar a algún contendiente porque a tres semanas de la elección tenga una ventaja de dos dígitos. Hechos insospechados, el voto oculto o el cambio en la estrategia pueden voltear los resultados de una elección. O sea, la ventaja de un candidato no es una constante y hay explicaciones —más allá del fraude— de por qué el puntero durante un largo tiempo puede al final perder la elección.

Las campañas son procesos “sucios”, llenos de violencia verbal y de mentiras. El recurso a las descalificaciones, el demérito, el descrédito o la deshonra suele superar a las propuestas en cantidad y efectividad. La búsqueda insaciable de la mugre es un arma poderosa en donde un candidato revela lo que el otro quiere ocultar. Lo mismo ocurre con las mentiras. El famoso fact checking al que recurrimos periodistas y analistas no suele más que arañar la reputación de un candidato. O sea, la coherencia y consistencia en política ni abundan ni suelen ser valoradas ni pavimentan el triunfo.

Los errores y las barbaridades se superan. No sabemos cuántas mujeres que fueron vulgarmente agraviadas por las expresiones de Trump y que son la mitad del electorado votarán por él. Si la mitad de ellas lo castigaran, no podría llegar a ser presidente. No sabemos cuántos de los 55 millones de latinos en EU, que representan el 17% de la población (de ellos 63% mexicanos), ven con simpatía a Trump. Hasta hace un tiempo, 25.4 millones se habían registrado para votar y muchos más lo podrán hacer el día de la elección (Pew Research Center). Su voto puede frenarlo, pero no está claro que tal cosa ocurra. O sea, ni cuando un candidato va claramente contra los supuestos intereses de un grupo de votantes se garantiza su oposición.

Las “evidencias evidentes” de que el triunfo de Trump sería una catástrofe no lo sacó de la contienda. Va contra la integración, contra la igualdad, contra las oportunidades, contra el multiculturalismo propio de la sociedad norteamericana, contra el comercio, contra la competencia, contra la justicia, contra la paz, contra los derechos humanos, contra… O sea, puede ganar quien propone un retroceso en el esfuerzo civilizatorio de los valores de liberales y democráticos.

Todo eso podemos aprender de las elecciones de Estados Unidos.

Publicado por Excélsior
09-11-2016