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Otra interpretación

En la columna de la semana pasada examiné los acontecimientos en Crimea y Ucrania desde una óptica geopolítica. Concluí esa columna con la siguiente oración: "el Gobierno de Rusia está actuando como si hubiera decidido regresar al escenario geopolítico. Bienvenidos al pasado". Durante esta semana he estado leyendo una historia de la Guerra de Crimea escrita por Orlando Figes que ha despertado inquietudes sobre lo que podría estar sucediendo en Crimea y Ucrania.

En esta columna exploro una interpretación alternativa que, de ser la correcta, tendría implicaciones muy diferentes para la toma las decisiones de los líderes de Occidente.
La geopolítica es una rama especializada de la teoría de juegos interactivos. Uno de los supuestos básicos de la teoría de juegos es que los actores en el juego basan sus decisiones en cálculos de costo-beneficio para determinar los resultados esperados de los movimientos que hacen en el tablero estratégico. La lógica de la mayoría de estos juegos es sencilla y reproducible matemáticamente: si una jugada aporta beneficios superiores a los costos resultantes, entonces conviene hacerla, si no, no.

La guerra fría que se libró entre la Unión Soviética y los países de la OTAN es un buen ejemplo de este tipo de juego. Ni los rusos ni los aliados de Occidente estuvieron dispuestos a agredirse mutuamente, puesto que sabían que independientemente de quién iniciara el conflicto, su muerte (y la extinción de la humanidad) estaba asegurada. Ese hecho moderó la conducta de los protagonistas y los motivó a explorar otras vías para resolver sus diferencias. La racionalidad triunfó; prueba de ello es que aquí estamos.

Si las acciones de Putin están motivadas por este tipo de objetivo, entonces basará sus decisiones en una evaluación de costos y beneficios relativamente clara: el premio para Rusia será equivalente al valor presente de los recursos que logre controlar con su intervención, y para obtener estos beneficios tendrá que asumir ciertos costos, los cuales se deben restar del beneficio para determinar el beneficio neto de la incursión. Saldría ganando si el valor de su jugada excede los costos.
En este contexto, la manera de contrarrestar la ofensiva rusa es elevando los costos que Rusia debe pagar hasta el nivel necesario para inducir un cambio de conducta de los rusos. Pero en todo esto hay un caveat: esta lógica sólo aplica si la función objetivo de Rusia es fundamentalmente económica. Si este no fuera el caso, el cálculo de beneficios y costos es mucho menos obvio y la evaluación de opciones a considerar es más compleja y sutil.

El recuento que hace Figes de la guerra de Crimea (1853-1856) ilustra las consecuencias potenciales que tiene jugar una partida en la cual la función objetivo de uno de los actores, en este caso el Zar Nicolás, es compleja e inusual.
Figes basa su interpretación de los acontecimientos de la guerra contra Turquía (y los aliados occidentales que la apoyaron) en documentos originales que muestran que la principal motivación del Zar era religiosa. El objetivo que perseguía el Zar, más allá de cualquier objetivo estratégico cuantificable, era prestar apoyo y protección a la población cristiana ortodoxa que vivía en territorios del Sultán. La visión del Zar era mesiánica y comprendía crear un imperio pan-eslávico donde predominara la religión oficial de Rusia. La tesis de Figes es que la convicción religiosa del Zar era tan profunda que estaba dispuesto a arriesgarlo todo para alcanzar ese objetivo.

Los costos en términos de muertes y recursos perdidos que Rusia pagó fueron mucho mayores que los beneficios geopolíticos que podría haber alcanzado cuando invadió la región del Danubio. La derrota de Rusia prolongó la vida del Imperio Otomano medio siglo más y es probable que si Nicolás no hubiera muerto inesperadamente, la guerra se habría extendido varios años más. Quien negoció el fin de la guerra fue su heredero, que no compartía la visión mesiánica de su padre.

Regresemos ahora al conflicto actual en Crimea y preguntemos: ¿qué si lo que motiva al líder ruso actual es un sentimiento nacionalista exacerbado? ¿Qué si lo que busca resolver es un sentimiento profundo de humillación derivado del desmembramiento de la Unión Soviética? Si este fuera el caso, ¿qué costo estaría dispuesto a pagar el Presidente de Rusia para recuperar la dignidad perdida? ¿Hasta dónde estará dispuesto a llegar?

Estas preguntas son imposibles de contestar sin conocer íntimamente las motivaciones del líder ruso, pero si resulta que la competencia no es puramente material, sino emocional, es posible que costos del conflicto actual resulten mucho más elevados de lo que un simple economista se hubiera imaginado.
Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.

Publicado por el periódico Reforma 
13-03-2014