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Pesadillas y utopías

Varios protagonistas de las izquierdas mexicanas han propuesto destrabar el debate de la reforma energética mediante un referéndum o una consulta directa a la sociedad sobre los cambios constitucionales en materia petrolera. El PRD ve con buenos ojos las consultas públicas si, y sólo si, le sirven para avanzar su propia agenda política. En 2007 y 2009, Marcelo Ebrard tomó la valiente decisión de impulsar dos causas muy controversiales: la interrupción legal del embarazo y el matrimonio de personas de mismo sexo.Ambos temas despiertan la intensa animadversión de amplios sectores de la sociedad. Hace seis años, el Colegio de Abogados Católicos entregó a la Asamblea Legislativa del DF (ALDF) 36 mil firmas de ciudadanos, que pedían un referéndum antes de legislar sobre el aborto. A pesar del vendaval y el costo en votos, Ebrard determinó que esta agenda de ampliación de derechos era el corazón ideológico de una izquierda liberal. Dos años más tarde, los representantes del PAN en la ALDF intentaron descarrilar la reforma para homologar el derecho al matrimonio, sin importar la preferencia sexual de las personas. ¿Qué método buscó el PAN para sabotear las bodas gay? Propuso un referéndum. Sin embargo, la minoría albiazul acabó por acatar la superioridad numérica del sol azteca en la Asamblea Legislativa. El PRD no cedió al chantaje demagógico del PAN y cerró la puerta a la consulta pública. En esa ocasión nadie se quejó del "mayoriteo" de la primera fuerza, simplemente se ejerció la superioridad aritmética que dictaron los ciudadanos en las urnas.

Si el PRD hubiera cedido a las presiones de someter estas decisiones a un referéndum, hoy probablemente las mujeres y las personas homosexuales tendrían limitados sus derechos individuales en la Ciudad de México. Con frecuencia, gobernar implica tomar decisiones que no siempre tienen el aplauso de la plaza pública.

El dictador chileno Augusto Pinochet dejó el poder gracias a la voluntad popular expresada en un plebiscito en 1989. Sin embargo, con este mismo mecanismo de participación popular, Adolfo Hitler impulsó la remilitarización de Alemania, en 1936, y la anexión de Austria, en 1938. En la Alemania de la postguerra, los plebiscitos a nivel federal quedaron profundamente desacreditados por su vinculación histórica con el periodo Nazi. Benito Mussolini pavimentó el camino de la Italia fascista con dos consultas populares, en 1929 y 1934, para integrar un parlamento a modo. El camino utópico al ágora de la antigua Atenas también pasa por el Berlín de la suástica y la Italia de las camisas negras.

Los sueños de la democracia directa, con frecuencia, acaban convertidos en pesadillas. La crisis financiera que ha vivido el estado de California en EU tiene su raíz en un fervor por las consultas populares. Los ciudadanos californianos se abrogaron el derecho de determinar tanto las alzas de impuestos como las asignaciones de gasto público. Bajo la quimera de que se puede recaudar poco y gastar mucho, los votantes de California convirtieron a su estado en un ejemplo global de anarquía fiscal.

Si la izquierda mexicana tiene éxito en su empeño por frenar la reforma energética mediante una consulta popular, le harían un favor enorme a Enrique Peña Nieto. El actual gobierno ha dado pésimos resultados económicos. El PRD le regalaría al presidente Peña la excusa perfecta para justificar un mal desempeño de la economía. Los ejercicios de democracia directa rompen la cadena de rendición de cuentas entre los gobernantes y sus actos. El responsable del rumbo de la economía ya no es el Presidente o el secretario de Hacienda, sino la multitud anónima en la plaza pública. En una democracia existen mecanismos periódicos de consulta directa a los ciudadanos, se llaman elecciones. Si el gobierno se equivoca con su decisión de impulsar una reforma energética, ya habrá oportunidad de pasarle la factura al PRI en los comicios del 2015 y 2018.

 

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