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Petróleo: Conflicto de interés

“Los bienes pueden ser males, dependiendo de quién juzga” – Suzy Kazem

El Estado mexicano tiene un conflicto de interés con el resto de la nación. Las actividades productivas de la mayoría de los mexicanos están en los servicios, manufactura y agricultura. Esas son las actividades que más aportan al PIB y al empleo. Todas ellas son industrias consumidoras de energía, no productoras de energía.

México es un país consumidor de energía, pero su Gobierno es productor de energía no renovable. Ya no somos un país petrolero porque hemos diversificado nuestra economía, pero nuestras finanzas públicas aún dependen de los ingresos por hidrocarburos. Los precios bajos del petróleo son una buena noticia para la mayoría de las industrias y consumidores mexicanos, pero mala para el Gobierno y para su empresa petrolera.

El pasado lunes, los precios futuros de ciertas calidades de petróleo cayeron a números negativos por primera vez en la historia. La caída en la demanda de petróleo y sus derivados, a partir del confinamiento masivo de la humanidad por el coronavirus, no tiene precedentes.

La demanda por electricidad no ha caído de manera tan importante como la de petrolíferos. Después de todo, desde nuestras casas o desde los negocios que han escapado a la cuarentena, necesitamos electrones que mantengan funcionando nuestros refrigeradores y computadoras. Un informe de la Agencia Internacional de Energía (EIA, por sus siglas en inglés) revela que en economías que han tomado medidas para el confinamiento de la población, la reducción en el consumo eléctrico es solamente del 15 por ciento.

La red eléctrica es el futuro del abastecimiento energético de la humanidad. En ella, el petróleo no tiene tanto futuro como las fuentes renovables: viento, sol y el movimiento de las olas marinas. El informe de la EIA revela que las redes eléctricas en California y España, construidas con base en energía renovable, han sido resistentes a los cambios en las horas pico que impone el confinamiento.

Los precios bajos y hasta negativos del petróleo han replanteado las posibilidades del sector de energía. Si bien estas cifras son una anomalía, porque nunca se habían juntado una caída de la demanda tan grande y escasez de la capacidad global de almacenamiento, a los precios actuales, muchos de los yacimientos de petróleo del mundo no son viables.

Nos podríamos haber ahorrado la llamada de la secretaria Nahle con la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP): de cualquier manera México tiene que reducir al menos 20 por ciento de su producción, quizá hasta la mitad, porque el precio de cada barril no cubre los costos de extracción. Hoy nos sale más caro producir que dejar el hidrocarburo en el subsuelo.

Hace unos meses, la recomendación de IMCO de rescatar a Pemex era posible, con los precios que tenía el mercado petrolero. En este momento, el Estado mexicano debería recibir las señales de la crisis, detener obras como la de Dos Bocas, cerrar otros complejos de refinación, negociar con el sindicato paros técnicos, y contener el efecto que la deuda de Pemex va a tener en las finanzas públicas nacionales.

Dicen los que saben de petróleo que no es posible abandonar totalmente un pozo, porque se echa a perder. Hasta qué punto sea posible mantener los pozos operando, dada la crisis en la que estamos, es una pregunta abierta.

Por otra parte, a las familias e industrias mexicanas les conviene mucho más que los precios de los energéticos se mantengan en niveles bajos porque son consumidores. En este sentido, el desplome de los precios del crudo es una buena noticia.

Sin embargo, los ingresos petroleros ayudan a las finanzas públicas. Los precios bajos van a limitar enormemente la capacidad del Estado para atender las necesidades urgentes del sector salud y para financiar un plan de reactivación económica que beneficie a millones de familias y pymes que no han gozado históricamente de todas las ventajas que ha tenido Pemex.

Si no hay cambios sustantivos en la manera de llevar el sector petrolero, tal vez el Estado mexicano tendría que deshacerse de ese negocio completamente y dejar las decisiones de producción a privados cobrándoles un impuesto alto por lo que extraen.

Hoy, los incentivos del Gobierno no están alineados con los del resto de la sociedad y su estructura productiva. Es momento de que sus decisiones de política energética sean más razonables. Pemex necesita reformas que cambien la manera en que opera y toma decisiones, así como ser más independiente de la ideología o capacidad técnica del gobernante en turno.

Publicado por El Financiero
22-04-2020