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Política de identidad

Una de las amenazas más graves para las sociedades liberales modernas es la fragmentación de la población en grupos de interés cuya primera filiación es con un subconjunto social específico. Cuando en un país proliferan grupos de personas que profesan ser, primero, feministas, gays, hombres blancos, católicos o lo que sea, y solo secundariamente ciudadanos del país en que viven, están presentes condiciones que pueden conducir a la desintegración de la sociedad. La política de identidad, que es como se conoce este fenómeno, es un caldo de cultivo para la desintegración de los países.

Hay muchos ejemplos de países que se han desmembrado porque no encontraron fórmulas para contener y canalizar las fuerzas centrífugas que derivan de la diversidad. Históricamente, una de las causas de desintegración más comunes ha sido la búsqueda por grupos religiosos minoritarios de autonomía suficiente para poder observar sus creencias y preservar su identidad cultural y religiosa.

Un ejemplo icónico de lo anterior son las colonias británicas en el continente americano, las cuales fueron fundadas por grupos religiosos que buscaban crear espacios donde pudieran profesar sus creencias libremente. La tolerancia de la corona británica hacia las comunidades religiosas establecidas en el nuevo continente funcionó adecuadamente durante un siglo, pero cuando el gobierno inglés quiso restablecer su autoridad central cobrando aranceles a sus súbditos coloniales, el resultado fue una rebelión armada que culminó con la independencia de las colonias americanas. Jorge III descubrió demasiado tarde que los colonos americanos ya no se sentían súbditos de la corona británica, sino que su identidad era como miembros de las comunidades que habían establecido en el nuevo continente.

La política de identidad acaba de asestar otro duro golpe al gobierno británico; parecería que los políticos de esa nación todavía no entienden las lecciones de su propia historia.

El voto del Brexit reveló que la identidad británica ya no aglomera y cohesiona a los habitantes de Reino Unido, como antes. Las poblaciones de dos de las cuatro nacionalidades que conforman a Reino Unido -ingleses y galeses- votaron en favor de salir de la Unión Europea. Pero los habitantes de Escocia e Irlanda del Norte expresaron que querían seguir siendo parte de Europa. El voto del Brexit reveló que Reino Unido está fracturado; en su lugar, reaparecieron las cuatro identidades nacionales tradicionales.

Todo apunta a que los escoceses volverán a votar para ver si siguen siendo parte de Reino Unido. El último voto fue en 2014. En esa ocasión, 55 por ciento de los votantes estuvo a favor de seguir en Reino Unido, pero con el Brexit todo cambió. En 2014, el mensaje que transmitió Bruselas a los escoceses fue: para que su voz e influencia sea mayor, les conviene seguir siendo parte de Reino Unido.

Pero a partir del voto a favor de Brexit la Unión Europea necesita encontrar la manera de disuadir a los políticos populistas de otros países de celebrar referendos como el realizado por los británicos. Una manera de enviar ese mensaje a Madrid, París y La Haya, es comunicando que la Unión Europea quizá siempre sí estaría dispuesta a considerar la membresía de Escocia en la Unión.

El efecto de tal mensaje sería un arma de doble filo: disuadiría a líderes populistas que buscan proyectarse a nivel nacional de caer en la trampa en que cayó Boris Johnson, quien en su afán por llegar a Primer Ministro de Gran Bretaña acabó apestado políticamente, cuando los costos y consecuencias del Brexit fueron más obvios y visibles. Por contra, si el mensaje resulta demasiado generoso y positivo el efecto puede ser motivar a líderes de grupos de identidad en Cataluña, Valonia y varias otras regiones, a buscar la independencia de sus regiones.

En todo esto hay muchas lecciones que absorber. En estos días fuimos testigos de los efectos tóxicos que tiene el populismo y la política de identidad nacionalista y racista. También observamos un caso que ilustra los peligros de los procesos democráticos directos, sobre todo cuando en ellos participan políticos sin escrúpulos (como Nigel Farage o Boris Johnson, y más cerca de México: Trump y AMLO), quienes en su afán por llegar al poder están dispuestos a todo: difundir mentiras, crear escándalos y calumniar a políticos honestos.

Todavía es temprano para juzgar las consecuencias de largo plazo de Brexit para Reino Unido y el resto del mundo, pero el voto reveló que los riesgos no son simétricos. La probabilidad de que la población de Reino Unido acabe pagando costos económicos y políticos elevadísimos es mucho más alta que la probabilidad de que todo salga bien. Hace poco escribí que si los británicos votaba a favor de Brexit, seguramente encontrarían la manera de corregir ese error. Hoy no estoy tan seguro.

Publicado por Reforma
30-06-2016