Artículo

Por el otro partido, aunque sea un bandido

Discutía con un amigo si lo que presenciamos el pasado domingo electoral fue un voto de castigo a la corrupción. Los argumentos jalaban para los dos lados, pero yo me inclinaba a pensar que no había tal voto de castigo. Que la corrupción estaba en los actuales gobernantes, pero que el electorado sabía que también la habría con las alternancias.

Duarte en Veracruz, Egidio Torre en Tamaulipas y Gabino Cué en Oaxaca incurrieron en actos de corrupción gravísimos, pero las trayectorias de Miguel Ángel Yunes, García Cabeza de Vaca y Alejandro Murat auguran más de lo mismo. Un tercer amigo (Carlos Heredia) zanjó la discusión con una frase lapidaria: “por el otro partido, aunque sea un bandido”.

Las elecciones dejan algo qué celebrar y mucho qué lamentar.
Para celebrar. La competencia fue real y la incertidumbre de los resultados –clave de la democracia– se mantuvo hasta que las autoridades electorales dieron los resultados del PREP. Elecciones que en sus inicios se veían poco competidas acabaron siendo las más competidas de la época reciente. No hubo mayores incidentes de violencia el día de la jornada. La participación electoral fue nutrida. La pluralidad siguió en pie e incluso se expandió.

Para lamentar: El lastimoso desempeño de los OPLES incapaces de producir resultados a cuatro horas de cerradas las casillas. Los candidatos y partidos se comportaron como siempre al violar las normas electorales que se impusieron y juraron cumplir. No hubo quién respetara los topes de campaña. Los recursos públicos fluyeron en su abundancia acompañados, también en abundancia, por dinero debajo de la mesa cuyo origen desconocemos. La gran mayoría de los candidatos y sus partidos ignoraron su obligación de reportar los gastos de campaña en tiempo real y quedaron impunes. La prohibición de la calumnia fue ignorada por todos y castigada por nadie. No hubo diferencias en las ofertas políticas, la calidad de los candidatos fue lamentable y la pobreza del debate público quedó evidenciada. Se repitió el ritual de que cada candidato se declaró ganador de forma tal que en algún momento de la noche teníamos, al menos, 24 gobernadores para 12 gubernaturas.

Los resultados electorales dejaron también sorpresasinterrogantes y lecciones. Los datos dados a conocer por las encuestas al cierre de las campañas, el miércoles 1 de junio, en poco se parecieron al resultado final. Las encuestas de salida también confundieron. A las tres de la tarde e, incluso, a las 8 de la noche los analistas aventurábamos una distribución del poder político regional que a la medianoche había cambiado por completo. Casi todas las encuestas daban una mayoría de triunfos al PRI para el que se auguraban entre siete y nueve gubernaturas. Al salir las primeras encuestas se hablaba de empates. Al día de hoy las diferencias entre el primero y el segundo lugar alcanzan márgenes desde 2% hasta 16%.

Se esperaba un cambio en la geografía política de los estados, pero no de la magnitud que constatamos. En ningún año electoral previo hubo tantos estados con alternancia. Nueve de doce cambiaron de partido o coalición. Cinco de ellos conocieron la alternancia por primera vez en su historia. Hoy ya sólo quedan cuatro estados de la República que viven en la excepcionalidad del monopartidismo: Hidalgo, Campeche, Edomex y Coahuila. El PAN, solo o en coalición, se llevó siete de las doce gubernaturas en disputa colocándose como el claro ganador de 2016. Hoy el PAN gobernará en 12 estados, el PRD en cuatro y el PRI en 15. La última está en manos de un independiente. La inesperada derrota del PRI es sólo equiparable a la del 2000 cuando perdieron la Presidencia o a la de 2006 cuando cayó a tercera fuerza electoral en la Cámara de Diputados.

La alternancia derrota la idea de que las elecciones son robadas por los gobiernos en funciones y esto es muy sano. Pero esto no exime a los opositores de los dos vicios sin los cuales no hay triunfo posible en el sistema político mexicano: estructura territorial y dinero, mucho dinero. Las estructuras se transforman en clientelas. El dinero empeña no sólo principios sino que genera deudas y compromisos para los gobiernos entrantes. Hoy el PAN está mejor colocado que ayer para el 2018. Los siete estados ganados por el PAN suman una población de más de 26 millones, un padrón de 18.5 millones de electores y un presupuesto de 354 mil 336 millones de pesos cuyo gasto tiene pocos controles.
Quedan por último al menos una interrogante y una lección: ¿cómo leerá su derrota el PRI-gobierno y, sobre todo, cómo reaccionará? Los inesperados resultados pueden dar lugar a la apertura y a la lucha decidida contra la corrupción y el mal gobierno, pero también a la cerrazón y al cinismo producto del miedo o la frustración.

La lección: estamos frente a un marco legal inoperante, no porque el INE o los órganos locales sean incapaces de organizar elecciones sino porque dos de los elementos clave de una elección son una simulación: el dinero y la comunicación. Reformas al sistema de financiamiento público y al sistema de comunicación política son indispensables y urgentes.

Publicado por Excélsior 
08-06-2016