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Presunto y Schindler

“Aquel que salva una vida, salva el mundo entero”. Esta frase del Talmud aparece como epígrafe de la película de Steven Spielberg, La lista de Schindler, donde se narra el coraje y la humanidad del empresario alemán Oskar Schindler, quién salvó a más de mil judíos de morir en los campos de concentración nazi. Este proverbio hebreo sería una sentencia justa para resumir el espíritu del documental mexicano Presunto culpable.
Dos abogados con cámara, Roberto Hernández y Layda Negrete, salvaron a José Antonio Zúñiga de perder su vida dentro de las fauces del sistema judicial mexicano. Dentro de la profunda tragedia que narra Presunto culpable también ocurre el feliz contagio de una certidumbre: mientras haya mexicanos con ese creativo sentido de indignación, este país sí tiene remedio. Mientras haya jóvenes con la entereza y dignidad de José Antonio Zúñiga, no hay derecho a sentirnos derrotados. Ante la encabronada agudeza del penalista Rafael Heredia, nuestra agobiada República reabastece los arsenales de su esperanza.
El problema es que el desafío de transformar al país, y su sistema de justicia, es un reto monumental. En una escena de la película, la cámara recorre los interiores de un laberinto cuyas paredes están construidas con folios de papel. Cada legajo de documentos es un expediente judicial. Cada mamotreto de pergaminos es la vida rota de un presunto inocente. Por cada persona encarcelada injustamen- te hay un delincuente impune con incentivos obvios para continuar con su carrera criminal.
Presunto culpable busca demoler este laberinto de expedientes y promover la institución de juicios orales, donde toda la evidencia y los testimonios del caso deben ser presentados ante un juez. En el modelo actual, la justicia queda sepultada bajo toneladas de papel. En el expediente que buscaba incriminar a José Antonio Zúñiga no quedó registrado ni el retrato hablado del asesino, ni el testimonio del testigo principal que negó haber visto al acusado disparar el arma. Al expediente se le quitó toda la evidencia exculpatoria y se armó a modo para justificar una condena de 20 años de prisión. Un sólido sistema de juicios orales desmontaría el engranaje principal de esta fábrica de supuestos culpables. La oralidad no es una panacea, ni una varita mágica para transformarlo todo, pero nuestro status quo sí es un desastre. Un sistema de juicios orales crea incentivos para tener mejores policías y ministerios públicos más profesionales.
Los ladrones viejos (2007), otro magnífico documental mexicano, es la introducción perfecta para ver Presunto culpable. Esta película del director Everardo González narra la historia de una generación de amigos de lo ajeno que ganó notoriedad en la Ciudad de México, durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. En la película, un ladrón apodado El Carrizos narra los procedimientos judiciales de antaño: “Anteriormente la policía no necesitaba de órdenes de aprensión para detener a una persona. Ellos usaban su criterio, ellos trabajaban como les diera la gana para detener a cualquiera”. Un policía de la época adereza el argumento con su propio testimonio: “Cuando había eventos como la Semana Santa, el fin de año o el Mundial de futbol se les aplicaba a los delincuentes el quince y vuelta”. Esta estrategia de prevención de la delincuencia consistía en detener a individuos por 15 días y luego darles otros 15 adicionales de arresto, sin que hubiera un crimen o acusación de por medio. Al retirar de la calle a delincuentes potenciales se buscaba proteger la paz pública. El único crimen era la portación de una cara sospechosa. Este perfil de policías podía servir para detener a ladrones viejos y carteristas reumáticos, pero difícilmente para enfrentar a una organización criminal del México contemporáneo.
Nuestro país ha cambiado en algunas cosas y muy poco en otras. Los ladrones viejos