Artículo

Que cada quien diga lo que quiera

Quizá algo se pueda aprender de nuestros vecinos del norte. Ahora que con tanta atención seguimos las elecciones de Estados Unidos, he escuchado decir una y otra vez a amigos y colegas que el apoyo de Obama a Hillary Clinton ha sido y seguirá siendo crucial. Que fue fundamental en la Convención Demócrata y que será aún más importante en los 75 días de campaña que restan hasta el 8 de noviembre.
En el famoso y popular discurso de Obama en la Convención, el presidente en funciones presentó un recorrido de todo lo que hizo el Partido Demócrata en los últimos ocho años y  presumió los logros de su gobierno. Todo, para apuntalar a la candidata. También llenó de elogios a Hillary: su carácter, temple, inteligencia, buen juicio, determinación, disciplina,  compromiso, tenacidad, fortaleza y experiencia. Llegó al punto de decir que, de ser electa, Estados Unidos tendría a la persona más capacitada y preparada que jamás el país hubiese tenido en su historia.

No sólo alabó a su candidata. También hizo un feroz ataque al contrincante del partido opositor. De Trump apuntó: es un empresario que ha dejado en su camino a trabajadores sin paga y a muchas personas sintiéndose engañadas, que miente y explota el miedo. Pide a los electores que se unan a él, que se resistan al cinismo de Trump y rechacen el miedo que quiere infundir. Concluye diciendo: “Necesitamos salir y votar por el Partido Demócrata para todos los cargos y después hacerlos responsables hasta que hagan el trabajo prometido”. Que elijan a Hillary como la próxima presidenta de Estados Unidos. Terminando el discurso, los medios de comunicación difundieron el conmovedor abrazo con el que Obama distinguió a su candidata. Algo parecido ocurrió con el discurso de Michelle Obama en la misma Convención. Los ataques a Trump no han cesado. En otras ocasiones ha dicho que es un individuo temperamental e intelectualmente incapacitado para ocupar la Oficina Oval.

Entre los que favorecemos en México la candidatura de Clinton no he encontrado una sola crítica a la actuación de  Obama. Por el contrario, se ha visto con beneplácito la manera en que Hillary se disparó en las encuestas en parte gracias a Obama.

Regreso a México. ¿Se imaginan al presidente Peña Nieto hablando en favor de su partido, haciendo campaña en favor de su candidato o llamando a votar por el PRI? ¿Podría la primera dama apoyar a un contendiente? ¿Qué ocurriría si en campaña, por ahí de abril de 2018, Peña presumiera sus logros? ¿O si dijera que de llegar M. Zavala a la Presidencia, México se iría a la ruina, que AMLO sería un peligro para México o que un “independiente” sería una catástrofe?

La oposición protestaría sonoramente diciendo que es competencia desleal, la mayoría de los formadores de opinión se lo comería vivo, el INE lo amonestaría, el Tribunal tendría que anular la candidatura del PRI y quizá hasta quitarle el registro al partido. Habría quien se aventuraría a pedir juicio político al Presidente.

Puede decirse que Estados Unidos no es lo mismo que México. De acuerdo. No lo es y además son muchas las críticas que pueden hacerse al sistema electoral de ese país. Pero el apoyo de los gobernantes en turno a los candidatos de sus partidos es más bien una constante que una excepción en todas las democracias.

No sé si esté en puerta una reforma electoral, pero si es el caso, debería revisarse la anomalía mexicana de que los políticos en funciones no puedan hacer proselitismo electoral. Debe revisarse no sólo porque es absurdo que los funcionarios —electos o no— del partido en el poder estén impedidos de apoyar a sus candidatos, sino porque esa regla ilógica e insensata es pura simulación. Todos sabemos que el Presidente y su gabinete, los gobernadores y legisladores, los presidentes municipales y los delegados hacen proselitismo y apoyan a sus candidatos. La diferencia es que lo hacen de manera ilegal. Peor aún, lo hacen no a través de declaraciones en su favor, sino a través de la desviación de los recursos públicos que están a su disposición.

En lugar de mantener esta absurda regla que junto con la prohibición de las llamadas campañas negras es violatoria de la libertad de expresión, deberíamos enfilar las baterías a combatir el uso y mal uso de los recursos de procedencia ilícita (comenzando por el que por debajo de la mesa otorgan los gobernantes a sus candidatos) y dejar que cada quien diga lo que convenga a sus intereses.

Publicado por Excélsior
24-08-2016