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Quietos, todos

La semana pasada, transitaba sobre Romero de Terreros cuando vi una manta que habían colgado los locatarios de un mercado público. En ella exigen que el Gobierno de la ciudad prohíba la construcción de un supermercado de Walmart en la zona. Concluye la manta con un reclamo que es enternecedor por su candidez: Están indignados porque el supermercado los perjudicará económicamente. ¡Qué cosa más terrible! ¿Qué no saben las autoridades que su obligación es proteger a los locatarios de la competencia? ¿Cómo será posible que alguien ajeno se atreva a invadir su zona exclusiva de operación?
La manta es un ejemplo paradigmático de uno de los principales problemas que aqueja a nuestra economía. Muchísimos empresarios de todos los giros y niveles se sienten dueños exclusivos de algún mercado. Son mercantilistas puros.
Entiendo cómo llegaron a esta conclusión. Hasta la década de los ochenta, nuestra economía era una de las más cerradas del mundo. Los consumidores escogían de una lista de opciones bastante limitada, pagaban precios altos y tenían que conformarse con pocas presentaciones de productos. Salvo que el Gobierno interviniera con precios subsidiados, ni siquiera los artículos de la canasta básica eran baratos.
Esto empezó a cambiar con la entrada de México al GATT. Se eliminaron los permisos de importación y se redujeron los aranceles a tasas más bajas. Pero, aun así, las opciones para los consumidores eran relativamente limitadas y caras, debido a que la apertura de la economía fue gradual para dar tiempo a los productores domésticos a acoplarse al nuevo contexto operativo.
El ritmo de cambio se intensificó con la firma del TLC con Estados Unidos y Canadá. La gran mayoría de las mercancías que se producían en Norteamérica eran libres de entrar al País sin tener que solicitar permisos o pagar aranceles. La competencia se hizo mucho más intensa en los mercados de productos, pero a los pocos meses de la firma del Tratado entramos en una crisis económica que causó que el peso se depreciara catastróficamente. En la práctica pasamos de un régimen en el cual la protección comercial derivaba del régimen comercial a uno en el cual la protección provenía de la subvaluación del peso. Esta protección duraría poco tiempo, pero prolongó la protección que recibían los productores domésticos cuando menos hasta la segunda mitad del sexenio de Zedillo.
En los sectores de servicio, la situación competitiva siempre ha sido menos exigente, puesto que los servicios no estaban contemplados en el TLC. Por ello, las condiciones competitivas no cambiaron en varios sectores clave de la economía, como las telecomunicaciones, la generación y distribución eléctrica, la distribución de gasolina, la banca, los servicios profesionales y varios sectores más. Para los que participan en estos sectores, el TLC no hizo diferencia alguna. En la mayoría de los casos las empresas locales siguieron siendo dueñas de sus respectivos mercados.
La principal excepción a lo anterior fue el sector comercial. En el sector aparecieron competidores nuevos con ofertas y formatos de distribución altamente competitivos. Algunos de estos competidores han basado su estrategia comercial en la oferta de miles de productos a precios bajos. Otros han enfatizado formatos comerciales que priorizan la conveniencia del consumidor. Estos últimos han abierto miles de tiendas en zonas de fácil acceso para el consumidor. En ellas venden una gama más reducida de mercancías, de la que los consumidores compran todos los días. Estas tiendas funcionan puesto que resuelven muchas de las necesidades cotidianas de los consumidores y lo hacen en tiendas limpias, seguras y equipadas para mantener los productos frescos.
En el sector comercial ha habido ganadores y perdedores, pero lo que queda claro es que los que más han ganado son los consumidores. Quien tenga dudas al respecto no tiene que hacer más que ir a uno de los cientos de centros comerciales o supermercados del País para constatar que las circunstancias actuales agradan a los consumidores.
Entre las empresas también ha habido ganadores, especialmente entre las que han innovado formatos y extendido sus redes comerciales a todo el País. Algunas de estas empresas son multinacionales, como Walmart o Costco, pero no todas. Elektra y Soriana, por ejemplo, son dos ejemplos de empresas domésticas sumamente exitosas.
Pero también ha habido perdedores. Entre ellos están las misceláneas y probablemente los locatarios que protestan por la presencia de Walmart en su colonia. Lamento que no les vaya mejor, pero quizás en vez de pedir regresar a otros tiempos, deberían de ajustar su oferta para hacerla más competitiva.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.