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Reforma educativa

Este domingo apareció una columna de Jorge Ramos en REFORMA que trata el caso de Sonia Sotomayor, la jurista puertorriqueña que con base en su esfuerzo, orgullo y determinación logró escalar peldaños en el sistema judicial americano hasta ser nominada y confirmada para formar parte de la Suprema Corte de justicia de EU. Es la primera latinoamericana que logra llegar a ese nivel.

La historia personal de esta mujer es prototípica de la cultura del esfuerzo: Nació en el Bronx, hija de migrantes puertorriqueños sumamente pobres. Su padre era alcohólico; murió cuando ella tenía 9 años. Su madre se propuso sacar a su familia adelante y lo logró. Inculcó valores a sus hijos que les permitieron sobresalir. Sotomayor fue venciendo obstáculos hasta llegar a la cúspide del sistema judicial americano. El vehículo que le permitió escalar hasta la cumbre fue la educación.

Sotomayor cumplió la instrucción que su madre había dado a sus hijos: “Tienen que obtener una educación; es la única manera de salir adelante en el mundo”. Inició su desarrollo académico en escuelas católicas de los barrios de Nueva York. Uno de los rasgos distintivos de estas instituciones es que no se cansan de repetir la tesis de que el éxito personal depende del esfuerzo que se haga y los logros que se tengan en el camino. El sistema de educación básica donde estudió la convenció de que para lograr su máxima aspiración (quería ser como Perry Mason, el abogado defensor protagonista de las novelas y serie de televisión), académicamente tenía que esforzarse al máximo. Fue acumulando logros que le sirvieron para ser becaria en dos de las mejores universidades del mundo: Princeton y Yale. En esta última estudió Leyes.

Ahora bien, ¿se pueden imaginar a una niña mexicana siguiendo una trayectoria de éxito similar a la de Sotomayor? Yo sí. En México, cientos de miles de niños tienen el talento y la motivación necesaria para sobresalir. Lo que me preocupa no es eso, sino que historias como la arriba descrita sucedan con menor frecuencia que en otros países debido a la calidad tan pobre de las escuelas donde se preparan nuestros hijos. Para que un número mucho grande de niños logre un éxito como lo tuvo Sotomayor, es indispensable mejorar la calidad del sistema educativo.

Ofrecer una educación de buena calidad a todos los niños mexicanos es una obligación indeclinable del Estado. Para que la mayoría de los niños que estudian en el sistema de educación básica puedan aspirar a una mejor calidad de vida e ingresos más altos, es indispensable mejorar la calidad del sistema escolar, y esto depende sobre todo de que el Estado pueda garantizar la calidad de los maestros que los instruyen.

El corazón de la reforma educativa consta de una enmienda a la tercera fracción del Artículo 3 de la Constitución. La nueva redacción dispone que las personas que aspiren a ser empleadas (o promovidas) en las escuelas del Estado tendrán que presentarse a concursos de oposición. Líneas más abajo en el mismo párrafo se aclara que la Ley Reglamentaria fijará los términos para el ingreso, la promoción, el reconocimiento y la permanencia en estos empleos. En otra fracción se indica que para estos fines se establecerá un organismo autónomo que tendrá la responsabilidad de asegurar que esos términos se cumplan.p>

El impacto potencial de la reforma educativa es enorme: transforma radicalmente las reglas de operación del sistema de educación pública. El nuevo texto dispone el uso de estándares objetivos para seleccionar a quienes instruirán a los niños. De un plumazo crea las condiciones para corregir un sistema corrupto que da empleos a maestros que no están calificados para educar a nuestros hijos. La reforma establece que se utilice un proceso objetivo y confiable, basado en méritos, para seleccionar y evaluar a los profesores que se emplean en las escuelas del Estado. Si se instrumenta como está establecido, la reforma cambiará los incentivos dentro del sistema de educación y establecerá un proceso de selección meritocrático que inculcará mejores valores en todos los que participan en él. Es un cambio formidable.

Tengo ganas de celebrar: ¡Los cito a todos en el Ángel de la Independencia! Uno de los principales obstáculos que había para que en México haya muchos más casos como el de Sonia Sotomayor acaba de ser removido.

Pero no nos vayamos con la finta. La reforma en cuestión es un cambio necesario, pero no suficiente. Para que los índices de desempeño del sistema educativo mejoren, todavía falta una ardua tarea de instrumentación. Celebremos un rato, y después, todos a trabajar.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.