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Rol de capital privado

Está de moda denostar a las empresas que participan en el mercado de capital privado (prívate equity). La lista de sus opositores es larga y va desde personas como el economista Paul Krugman hasta el cineasta Oliver Stone (creador de Gordon Gekko, el inversionista despiadado que protagoniza dos de sus películas). Incluye a personalidades políticas como el nuevo Presidente francés y los inconformes que se manifiestan diariamente en Wall Street, The City de Londres y la Defense en París. La hostilidad hacia el capital privado es sorprendentemente intensa y está a la vista en la avalancha de críticas que se hacen a Mitt Romney por haber creado una fortuna personal a la cabeza de BainCapital. Personalmente, prefiero a Obama, pero descalificar a Romney por su rol en el sector se me hace peligrosamente ingenuo, es una actitud que borda en el populismo.

Pero mejor vamos por partes. Empecemos por explicar de qué hablamos cuando nos referimos al capital privado. El sector de capital privado está compuesto por un conjunto de empresas especializadas que hacen transacciones con activos de empresas que no están cotizadas en bolsa. Las empresas de capital privado crean valor económico dando liquidez a estos activos.

Esta contribución es más fácil de entender viendo un ejemplo. Supongan que una familia hereda las acciones del fundador de una empresa privada y que en la generación heredera no hay nadie que sea capaz o esté interesada en tomar las riendas. En estas circunstancias, lo normal es que acudan a un banquero de inversión para pedirle que busque un inversionista interesado en comprar la empresa. Si lo encuentra y se ponen de acuerdo en el precio y condiciones de venta, colorín colorado. La transacción se lleva a cabo, y se le paga al banquero de inversión una comisión por su papel en la venta. Pero así como se puede encontrar alguien interesado en la empresa, en muchos casos es difícil encontrar a la persona o personas que estén interesadas en adquirir la empresa como está.

Estas situaciones son oportunidades naturales para involucrar a inversionistas de capital privado, que estén dispuestos a adquirir la empresa como está e invertir los recursos (v.gr. capital, tecnología, dirección y talento) requeridos para mejorar su desempeño para posteriormente recuperar todo lo invertido más un premio, a la hora de vender la empresa. El juego de los inversionistas de capital privado es transitorio. No pretende quedarse permanentemente con la(s) empresa(s) que adquieren, sino mejorar su desempeño lo suficiente para posteriormente poder venderla(s) a su “dueño natural” a un precio que les permita recuperar todo lo que invirtieron más una prima.

Hay varios instrumentos financieros que son útiles en estas transacciones, pero su uso está subordinado al propósito primordial de ganar una utilidad al momento de vender. Salvo que la empresa pueda pagar dividendos, todo valor generado se captura al momento de la venta de la empresa. Consecuentemente, los inversionistas de capital privado asumen riesgos altos que sólo se pueden compensar si el precio de venta es alto.

El valor que aportan las empresas que participan en el capital privado es eminentemente “económico”. No estamos hablando de algo ilícito, ni ficticio, ni temporal, ni especulativo. Se trata de valor económico tangible, del tipo que es indispensable para que las empresas mejoren su desempeño y la economía crezca. Generan valor mejorando la productividad de los recursos empleados y aportando los recursos requeridos para que esto suceda.

Entonces, ¿qué es lo que no les gusta a Krugman y los demás críticos del capital privado? Su principal objeción es la evidencia empírica que apunta a que una elevada proporción del valor económico generado deriva de reducir el número de personas empleadas por las empresas en que invierten. En mi opinión, la crítica de Krugman es injusta. Equivale a pedir que los accionistas de las empresas subsidien niveles de empleo artificialmente altos con consecuencias funestas para su eficiencia y competitividad. Si todos los negocios se pudieran mejorar sin preocuparse por el tamaño de la plantilla, no tendríamos por qué preocuparnos por el hecho de que Pemex y CFE ocupen mucho más personal del que se requiere para manejar sus operaciones. Si lo que Krugman y los críticos de capital privado quieren es que crezca el gasto solidario a favor de los desempleados, mejor sería crear un seguro de desempleo. El capital privado crea valor económico porque crea incentivos para hacer un uso más eficiente de los recursos.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.