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Salinas y Peña

Carlos Salinas de Gortari y Enrique Peña Nieto son dos presidentes que tienen algunas cosas en común. Ambos pertenecen al mismo partido y llegaron al poder con una ambiciosa agenda de reformas. También tienen sus diferencias. A Salinas le tomó un sexenio impulsar los cambios y Peña lo logró apenas en su primer año de gestión. Uno sacó las reformas en una época en la que el PRI tenía el control del Congreso. El otro tuvo que forjar puentes y negociaciones con la oposición de derecha e izquierda. En el siglo XX, Salinas impulsó el TLCAN y en el siglo XXI Peña forjó la reforma energética. Ambos son los cambios más profundos que ha experimentado la economía mexicana en varias generaciones. Más allá de lo que suceda en los próximos 5 años, EPN querrá evitar el desprestigio que acompaña la memoria histórica de CSG. Una ruta corta para llegar a la sabiduría es escarmentar en el sexenio ajeno.

A pesar de transformaciones sustantivas en la economía y las finanzas de México, el recuerdo de Salinas está indisolublemente asociado a la corrupción. A pesar de que un juez absolvió de enriquecimiento ilícito al hermano incómodo del ex Presidente, la sentencia popular está más cercana al chiste que me contó un taxista: "Esos Salinas hasta le robaron todos los ceros que tenía el peso". Para facilitar las transacciones y la contabilidad financiera, en 1993 se le quitaron tres ceros a la moneda mexicana. Hasta las mejores decisiones de aquel sexenio quedaron manchadas por el desprestigio del apellido presidencial.

La piedra que hundió la reputación de Carlos Salinas puede ser la peor amenaza para el sexenio de Enrique Peña Nieto. Más que un cáncer, la corrupción es un cromosoma en los principales problemas del país. La corrupción es causa y origen de ese México que nos da miedo y vergüenza. Desde la crisis de inseguridad hasta los obstáculos para invertir en la economía están asociados a este uso y abuso del poder público. Hace unas décadas, toda la corrupción del país se asociaba con el PRI. En ese entonces, el partido tricolor era un espejo de cuerpo completo del sistema político mexicano. Hoy tenemos los moches legislativos del PAN, los bejaranos del PRD y una democrática distribución de la corrupción a lo largo del espectro político. Es muy elocuente que no haya un sólo partido en México que tenga como bandera electoral el combate de esta lacra nacional.

La corrupción es una alquimia perversa que transforma a las personas y las cosas: los policías municipales se convierten en halcones, los diputados se tornan en gestores y los maestros en aviadores. Los presupuestos públicos se transmutan en fortunas personales y las leyes se pervierten en privilegios. En casos extremos, esa forma de vida que llamamos civilización también sufre una metamorfosis que deriva en la barbarie.

Es imposible explicar el espiral del caos y la violencia que vive hoy Michoacán sin la corrupción de individuos e instituciones. Siempre que se atrapa a una figura encumbrada de un cártel criminal se habla del líder de los sicarios de los Zetas o del operador financiero del Chapo. Todavía no se atrapa a un operador político o representante legislativo de estos grupos. La guerra contra el crimen organizado no ha tocado a ningún miembro destacado de la clase política. Como si la fuerza del crimen se hubiera podido alcanzar sin la complicidad activa de la autoridad.

Si hay una piedra que puede descarrilar el rumbo de las reformas estructurales es la impune omnipresencia de la corrupción. Dejar este problema a la deriva puede hacer que los cambios del 2013 pierdan su potencial de transformar al país. La seguridad y la prosperidad de la República están en juego. ¿Cuánta inversión vamos a traer a la economía con fotos de camiones en llamas bloqueando las carreteras? Si Enrique Peña Nieto de veras quiere mover a México, debe aprender la moraleja que dejó la Presidencia y ex Presidencia de Carlos Salinas de Gortari.

Publicado por Reforma

19-01-2014