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Sector Financiero Internacional (2)

Cualquier reforma del sistema financiero internacional que se instrumente debe partir de un diagnóstico acertado de qué fue lo que condujo a la crisis financiera internacional. Ese también debe ser el punto de partida de esta columna.

En mi opinión, en la crisis hubo cinco protagonistas clave cuyas conductas se combinaron para crear las condiciones que condujeron a la crisis. Ninguno de ellos está exento de responsabilidad por lo que ocurrió, aunque tres de ellos deben cargar con la mayor parte de la culpa por lo que pasó.

La tormenta financiera tuvo sus orígenes en un conjunto de políticas públicas obviamente insostenibles, y por ello injustificables e inexplicables.
Empecemos por el papel de las autoridades de Estados Unidos, donde inició la crisis. La estabilidad y salud del sistema financiero de ese país son responsabilidades compartidas del congreso y el ejecutivo. El congreso pone las normas y políticas generales, mientras que corresponde al ejecutivo federal supervisar la salud de las instituciones que participan en el mercado. En la crisis reciente los dos poderes fallaron garrafalmente.

Las autoridades del sector financiero persiguieron objetivos inconsistentes entre sí. Evitaron intervenir en el funcionamiento del mercado financiero, buscando que fuera el mercado el que regulara, premiara y sancionara a las instituciones financieras involucradas. Pero toleraron y hasta auspiciaron la consolidación del sistema financiero internacional en torno a instituciones cuya escala las hacía demasiado grandes para quebrar por el riesgo sistémico asociado con tal circunstancia.

En estos casos la responsabilidad del estado era ineludible. De facto estaba obligado a garantizar la existencia de estas instituciones, pero no participaba en las decisiones que las ponían en riesgo. La asimetría de facultades y responsabilidades era un error de diseño muy grave, que persiste y se ha agravado.
La banca central de EUA (y varios otros países) también fue cómplice de la crisis. La Fed estaba convencida que su política monetaria era acertada puesto que centraba su toma de decisión en la conducta de los precios al consumidor.

Mientras estos no subieran no se sentía obligada a elevar las tasas de interés. Esta política era incorrecta puesto que hacía caso omiso del hecho que lo que evitaba que los precios subieran era la política cambiaria de China, la cual nulificaba el proceso de auto-corrección del mercado cambiario y falseaba las señales de inflación.

Fue tal la obsesión de la Fed con los precios del consumidor que totalmente ignoró las burbujas que se formaron en el sector vivienda de Estados Unidos. La Fed olvidó que las burbujas de bienes raíces también son fenómenos monetarios. Viendo hacia el futuro, esto debe cambiar.

Las instituciones financieras (y las calificadoras de riesgo) fueron irresponsables al momento de originar y bursatilizar préstamos hipotecarios. Se escudaban con el argumento de que los mercados son infalibles: mientras hubiera mercado para estos instrumentos, los riesgos que se estaban acumulando eran aceptables. Tal fue su obsesión por hacer crecer las carteras hipotecarias bursatilizadas que dejó de importarles la calidad intrínseca de préstamos que se hacían. Esto causó que instituciones como Citibank, WAMU y Northern Rock crecieran inconteniblemente hasta que el veneno acumulado en todo el sistema financiero causó su colapso. En la borrachera participaron cientos de instituciones, incluyendo algunas cuya supuesta razón de ser es objetivamente cuantificar riesgos para que la alarma suene oportunamente.

La burbuja no solo operó en la parte del sector financiero en que operan los bancos. Los intermediarios del mercado de capitales tampoco advirtieron los riesgos que se acumulaban. La falla en este caso fue de Inversionistas profesionales, supuestamente sofisticados (fondos de inversión, compañías de seguros y otros), cuya conducta fue parecida a la del ganado en una estampida financiera.

En estos casos influyeron los incentivos económicos. Estos estaban alineados para favorecer el crecimiento de los recursos administrados y no con la sostenibilidad de rendimientos a largo plazo.

Por último, los pequeños ahorradores e inversionistas también cargan con su dosis de culpa. Muchos (la mayoría) actuaron con pereza, sin ejercitar el sentido común ni informarse sobre la sostenibilidad de las burbujas en que participaban, tanto en el mercado de capitales como en negocios de bienes raíces.
Las conductas de los protagonistas fueron insostenibles y perversas. Pero no todos cargan con la misma responsabilidad. Correspondía a las autoridades del
ramo velar por el sano desarrollo y desempeño del sector. Las omisiones de juicio de los políticos y, de pericia técnica de los funcionarios encargados de regular al sistema y conducir a las instituciones financieras, fueron particularmente significativas.

En la columna de la siguiente semana escribiré sobre cómo se debe reestructurar el sistema financiero internacional.

Roberto Newell G. es Economista y Director General del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.