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Segunda vuelta y gobernabilidad

No es ni por mucho uno de los principales problemas a atender en un país que tiene que ocuparse de un bajo crecimiento, una desigualdad creciente, una corrupción e impunidad rampantes y niveles de violencia creciente como los que tiene México.

Aun así, ya suenan las campanas que anuncian una posible reforma electoral. Si los partidos la quieren, tienen que apresurarse. Tendría que estar promulgada a más tardar en julio del año entrante.
Los temas de reforma electoral que ya circulan van desde el cambio en el modelo de comunicación política hasta la disminución del gasto a partidos políticos, pasando por la reducción del Congreso y el tránsito de un sistema mixto de representación por uno de proporcionalidad pura en el que el porcentaje de votos obtenido por partido se corresponda exactamente con el porcentaje de asientos en la Cámara de Diputados.
El otro tema que ronda es el de la segunda vuelta. Sus ventajas han sido ponderadas por diversos analistas. Uno de sus mayores promotores ofrece los siguientes argumentos: “Un Presidente con mayoría de votos; negociaciones transparentes y explícitas entre 1ª y 2ª vueltas; oportunidad de votar por la preferencia pura en la 1ª vuelta y recurrir al voto útil en la 2ª; plantear las diferencias entre las opciones de manera más tajante”. (J. Castañeda, Milenio1/08/2016). A ellos añade que entraña un “mayor mandato” y que ayudaría a derrotar al bloque “antisistémico” que él juzga mayoritario hoy en México y al que en su opinión hay que oponerle un mayor bloque reformador y modernizador.
Ninguna reforma es neutra. Toda fuerza política que pueda incidir en su confección lo hará bajo la lógica de su conveniencia electoral. Los que se inclinan por una segunda vuelta calculan que no obtendrán la mayoría del voto en la primera ronda, pero que llegarían en segundo lugar y podrían allegarse el voto útil. Otros se oponen porque temen que la preferencia en una segunda ronda no los favorecería. No en balde ya se escucha que, de ocurrir, sería la reforma antiAMLO.
Aunque nunca he sido promotora ni creyente de las bondades de la segunda vuelta atiendo a los argumentos del cambio fundamental en el panorama político mexicano de hoy. De éste destaco dos aspectos. La creciente fragmentación del voto y el hecho de que todo pinta para que la elección de 2018 sea una en la que de un lado estén las fuerzas políticas prosistema (PRI, PAN, PRD) y del otro quien promete un cambio radical que podría incluir “mandar al diablo a las instituciones” y “echar atrás las reformas hechas por la mafia en el poder”.
Lo que hay que destacar es que mal harían los partidos en apoyar o rechazar la segunda vuelta por los cálculos que hoy arrojan las encuestas. Los indecisos son muchos, las preferencias se irán modificando de aquí al 18 por efecto de los candidatos y por eventos azarosos imposibles de predecir; el 18 traerá la novedad de un independiente que algunos votos se llevará; no hay nada que indique la desfragmentación del sistema de partidos y que ésta se expresará en el Congreso trayendo a México el octavo gobierno sin mayoría.
Sabemos por la experiencia internacional que la segunda vuelta es un volado. Sabemos también que llegar con 51% de los votos deja pocos dividendos, más allá del espejismo aritmético de tener una mayoría. Las facultades del Presidente son las mismas con 25% o con 80% de los votos. La oposición o apoyo en el Congreso no se alteran: serán aquellos que los votantes expresen en la boleta el día de la primera vuelta. Más importante aún, sabemos que la gobernabilidad en los países con segunda vuelta no es mejor ni mayor que la de los países que no la tienen. Sin contar al Caribe, América Latina tiene 18 países de los cuales 12 tienen prevista la segunda vuelta. ¿Realmente podemos decir que hay mayor gobernabilidad o que gozan de mayor mandato los presidentes de Brasil, Chile o Argentina porque llegaron con más del 50% de los votos a sus puestos? Difícilmente.
La verdadera ventaja de una segunda vuelta es que obliga a una alianza antes de regresar a las urnas. Una alianza más de jure que de facto, como ocurrió con el voto útil en contra de AMLO en las dos elecciones pasadas. Esto podría llevar a una reforma mas interesante: sin dejar de reconocer que el Ejecutivo es unipersonal, el presidente triunfante en segunda vuelta con 50% + 1 debería estar obligado a hacer un gobierno de coalición con el partido con quien decidió aliarse en las urnas.
No nos engañemos, la segunda vuelta no entraña un mayor mandato. El 51% del voto alcanza para surtir un efecto sicológico de mayor legitimidad, pero no mucho más. Además, un Presidente con el 51% del voto no estaría en mejor posición si no tiene un Congreso dispuesto a colaborar o a apoyar su agenda legislativa.
Así que, a la segunda vuelta por lo que puede dar. Una mayoría fabricada y en la que existe la posibilidad de que gane, como ocurrió en Perú en 2011, el candidato más rechazado por la población en las encuestas. La pregunta es si vale la pena embarcarse en esta reforma cuando hay tantas otras que sí pueden rendir dividendos políticos.
 Publicado por Excélsior
19-10-2016