Artículo

Soft Power EU

En la década de los noventa, Joseph Nye, un académico americano, puso de moda el concepto de soft-power de los países. A partir de entonces, se ha vuelto común que parte del debate geo-político gire en torno a este poder suave. Un país tiene soft-power cuando es capaz de influir un debate con base en la legitimidad de sus conductas e instituciones. Lo que confiere soft-power a una nación es la congruencia entre sus valores y conductas.

Un país puede tener una gran dotación de soft-power aun cuando su acervo de hard-power (fuerza militar y económica- los recursos que puede usar coercitivamente-) sea modesto. En América Latina un caso ejemplar es Costa Rica. Su influencia deriva del prestigio que le confiere su larga vida como democracia, pero hay varios otros ejemplos que conviene considerar: Chile ha ganado reconocimiento internacional durante las últimas dos décadas por sus reformas políticas y económicas. Actualmente, es uno de los líderes más respetados de la región y su liderazgo no deriva del ejercicio de un poder coercitivo, sino de la congruencia que hay entre los valores que profesa y las conductas que asume el Estado chileno.

Otros países como Noruega, Canadá, Singapur y Nueva Zelanda influyen los debates internacionales, no por el tamaño de sus ejércitos o economía, sino porque cuentan con instituciones de alta calidad y se conducen con rectitud en la economía mundial. Son países cuyo prestigio les da un peso relativo que no guarda proporción con el valor de lo que producen o el tamaño de sus fuerzas armadas.

A veces un país puede tener una gran dotación de hard- power y soft-power. Durante el siglo XIX, Reino Unido combinó las dos fuentes de poder y con base en ellas logró establecer su hegemonía a nivel mundial.

Las dos guerras mundiales acabaron con la hegemonía británica. Durante la segunda mitad del siglo XX, la Unión Soviética y Estados Unidos establecieron una gran rivalidad. Las dos potencias complementaron su poderío económico y militar con fuertes dosis de soft-power.

Estados Unidos aprovechó las dos formas de poder para contener a la Unión Soviética. A final de cuentas, Estados Unidos con su gran dotación de hard y soft-power venció a la Unión Soviética sin tener que recurrir a una confrontación armada. A partir de la caída del muro de Berlín Estados Unidos se convirtió en el parangón político y económico mundial.

Pero, la estancia de Estados Unidos en la cima ha resultado más complicada y potencialmente efímera de lo que nadie hubiera imaginado. Nuestro vecino ha consumido una fuerte dotación de su hard-power en las guerras de Iraq y Afganistán. La crisis económica global también ha debilitado a nuestros vecinos. Pero, quizá las pérdidas más significativas han sido al prestigio de nuestros vecinos. Estados Unidos ha dilapidado una parte importante de su soft-power:

La imagen de Estados Unidos como ejemplo político para el resto del mundo se vio debilitada por los escándalos políticos del periodo presidencial de Clinton y por la disputa electoral entre Bush y Gore.

El modelo ejemplar que proyectaba la economía norteamericana se vino para abajo durante la crisis económica. Esto se debe en parte a que el hard-power económico de Estados Unidos quedó lesionado por la crisis. Pero la pérdida de prestigio también tiene mucho que ver con el hecho que resulte tan difícil para el gobierno de Obama proveer liderazgo para salir de la crisis. Hoy, los gobiernos de varios países importantes (Alemania, Reino Unido, Japón) cuestionan si la receta del gobierno de Obama es mejor o peor que las que cada país está instrumentando. Por ello, convencer al gobierno Chino a abrir su economía está resultando casi imposible.

Estados Unidos también ha perdido prestigio en otras dimensiones clave. A saber, las violaciones de derechos humanos cometidas en Abu-Graev y en Guantánamo hace que sus críticas a las conductas de los gobiernos de China y Rusia se vean menos plausibles y sinceras

Todo esto nos debe preocupar. Nos guste o no, nuestro destino está estrechamente atado al de Estados Unidos. Nuestras economías están tan estrechamente ligadas que cualquier descalabro que afecta el funcionamiento de la economía vecina tiene un reflejo enorme en la nuestra, sino lo creen pregúntenle a cualquiera de los once o doce millones de mexicanos que viven y trabajan en el país vecino.

Pero los efectos no son exclusivamente económicos. Cualquier escándalo que quita prestigio a las instituciones políticas de Estados Unidos se refleja en México y debilita los argumentos a favor del modelo de sociedad liberal que se está construyendo aquí. Cada escándalo político que hay allá debilita el orden democrático liberal en México, y cada hecho de corrupción que se divulga allá, incrementa nuestra tolerancia por el asco.

Nuestra suerte está echada. A México conviene que se recupere el soft power americano.

Roberto Newell G. es Economista y Director General del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.