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Tasa interna de retorno político

Muchas personas se refieren a los primeros meses de un periodo presidencial como el de la “luna de miel”. Francamente, no creo que los dos periodos sean comparables, parten de premisas muy diferentes. Lo que busca una pareja recién casada es construir las bases de un acuerdo afectivo duradero. Para lograr este fin, comparten secretos y exploran los límites de su relación afectiva. Todo es una aventura; todo un nuevo descubrimiento. Aunque lleven años de tratarse, los novios apenas se están conociendo. Su relación todavía está fresca y su deseo compartido es que las cosas salgan bien. Un matrimonio nuevo opera como un juego de suma mayor que cero; lo que cada uno aporta se multiplica. Quizás años después las cosas se descompongan, pero los primeros meses de un matrimonio generalmente son un periodo fértil, lleno de esperanzas compartidas y deseos correspondidos. Así no funciona la política.

En la política los “contrayentes” son los supervivientes de un periodo de competencia feroz que se parece más a una guerra que a un noviazgo. Los ganadores asumen sus nuevos cargos agotados por el proceso en que participaron. Unos ganaron, otros perdieron. En el camino al poder se gastaron fortunas, arriesgaron patrimonios y apostaron prestigios. La contienda política en la cual participaron es un juego de suma cero: lo que unos ganaron, otros perdieron, y lo peor del caso es que nada garantiza que la recompensa final sea mayor al valor de lo que apostaron. En suma, los primeros meses de una nueva Administración son todo menos una luna de miel.

Una mejor analogía de cómo funcionan estos primeros meses es comparando este periodo con la asignación de un presupuesto de inversión limitado entre un portafolio amplísimo de oportunidades y necesidades. Ocasionalmente un equipo ganador llega al poder con un respaldo político amplio que pueden apostar en varios proyectos a la vez, incluyendo algunos que tienen un rendimiento político probable bastante bajo. Se pueden dar este lujo porque saben que si no les salen algunas de sus apuestas tienen suficiente capital político para seguir jugando. Pero cuando un equipo llega al poder con relativamente poco capital político, tiene que ser mucho más cuidadoso, apostando su capital en proyectos cuyo rendimiento político sea significativamente más alto que el costo de los recursos empleados.

Esta analogía sirve para explicar cómo debe razonar el Presidente electo del País cuando decida dónde apostar su capital político. Algunos analistas creen que debe apostar sus fichas en reformas que sirvan para recuperar la “legitimidad” que perdió en los comicios, o se inclinan a favor de invertir su capital político en las largamente pospuestas reformas económicas. En mi opinión, la decisión es sencilla. Debe apostar todo en las reformas económicas.

Tratar de satisfacer las exigencias y expectativas de AMLO y sus seguidores es una mala apuesta. No hay capital político que alcance para satisfacer los reclamos de los seguidores más radicales del político de Tabasco. Cualquier monto que se apueste para tranquilizar a AMLO y sus colegas tendría un valor esperado negativo. El único resultado que aceptarían las tribus que siguen a AMLO es verlo encumbrado en Los Pinos.

El Presidente electo estaría dilapidando su capital político si decide usarlo haciendo reformas al IFE y las leyes que rigen los procesos electorales. Esto error ya lo cometieron Fox y Calderón con resultados que están a la vista de quien quiera examinarlos.

En cambio, hay un conjunto de apuestas que el Presidente electo puede hacer que pueden tener un rendimiento político bastante alto. Las dos más importantes: fortalecer el funcionamiento del mercado laboral y modernizar las operaciones de Pemex y el sector energético pueden conducir a buenos resultados. Me explico: las dos reformas en cuestión, bien manejadas, son capaces de detonar un periodo prolongado de crecimiento económico. En el corto plazo, el principal motor de crecimiento serían las inversiones que las dos reformas detonarían; en el largo plazo, el impulso derivaría de una productividad más alta. Los principales efectos de la reforma laboral se manifestarían en los sectores de servicios y manufacturas, mientras que en el caso del sector petrolero el impulso llegaría vía un ritmo de exploración más alto y, eventualmente, de mayores rentas del petróleo.

En suma, no creo que las decisiones que el Presidente electo debe tomar sean demasiado complicadas. El chiste está en plantear el problema como si fuera un ejercicio cuyo objetivo es maximizar el rendimiento de un portafolio de inversiones políticas.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.

Las opiniones en esta columna son personales.